XVI – Responsabilidad Astral (V)

Altiviades condujo a Guido, Sebastián y Maurice por unos escabrosos senderos de la montaña, hasta llegar a un lugar plano muy similar al que César y Fargo estaban utilizando en su entrenamiento. Mientras tanto y a lo lejos, Royd y Bugen meditaban en silencio sobre las ramas de unos árboles peligrosamente quebradizos, haciendo gala de un equilibrio que dejó a los niños sumidos en un estado de estupefacción casi insuperable. El Shojin del Tiempo, sin inmutarse, depositó los espantapájaros sobre unos arbustos y elevando su mano izquierda, exclamó:

-¡Vivaldi Statio Vividarium!

Como surgida de los árboles o del viento mismo, una simpática y misteriosa melodía de violines y flautas se hizo presente. Entonces, los maniquíes hechos de madera y paja se pusieron de pie, bailando graciosamente alrededor de los viajeros, despeinándoles el cabello y pellizcándolos por detrás en lo que parecía ser el prolegómeno de la más elaborada coreografía. Maurice presenció aquel espectáculo sin hacer movimiento ninguno, pero Sebastián sacó su bastón y se dispuso a usarlo. No había alcanzado a frotar una de sus gemas cuando Altiviades se lo quitó de un manotazo, para ofrecerle a cambio una resinosa rama de dimensiones similares.
-Lo mejor será empezar sin Tiriviad -le dijo-. Usando esta vara de madera deberás tocar unas diez o doce veces a cada uno de mis “amigos”, y ellos se detendrán. Sólo en ese momento te devolveré el bastón.

Sebastián recibió la vara de madera fingiendo cierta indiferencia. Ahora, los maniquíes sólo lo fastidiaban a él, y parecían haberse olvidado de Guido y del resto.
-¡Les voy a enseñar a quedarse quietos! -exclamó arremangando su camiseta hasta los codos-. ¡Van a aprender a respetarme!

Su suerte no podría haber sido mejor: uno de los espantapájaros recibió un soberbio azote en la cabeza y cayó al suelo, herido de muerte.

-No es tan difícil –exclamó el niño en tono triunfal-. No van a aguantar ni diez minutos.
Como aceptando el desafío, el maniquí se levantó y tiró fuertemente de la oreja del niño, quién esta vez erró el golpe. La música aumentó levemente su velocidad, y así también la agilidad de movimientos de los muñecos.

-Concéntrate –dijo Altiviades-. Cada vez que falles ellos incrementarán un poco sus técnicas, complicando tu labor.

Sebastián se cruzó de brazos
-¿Y si no quiero? –replicó

Uno de los muñecos le bajó los pantalones hasta las rodillas y el otro lo empujó haciéndolo caer de bruces. Ambos dejaron escapar un chillido similar a un risoteo y siguieron bailando al compás de la música.
-Tarde o temprano querrás que esos muñecos se detengan –respondió el shojin-. Se volverán un verdadero fastidio.
Después, y alejándose del lugar, agregó:
-Además, no volverás a probar bocado hasta que cumplas con la primera parte de tu entrenamiento.


Muy pronto, Guido y Altiviades dejaron atrás a Sebastián, mientras que éste insultaba y se arrojaba contra los maniquíes en un intento por darles caza, y por qué no, su merecido. Maurice se quedó muy cerca suyo, sentado sobre el tronco del que alguna vez había sido un frondoso árbol, observando la curiosa escena.

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XVI – Responsabilidad Astral (IV)

A un costado de la montaña más cercana a la colina sobre la cual se erguía la modesta cabaña de Altiviades, Guido pudo divisar la figura de Royd, que venía acompañado de su maestro. El lobo, al encontrarse con los niños luciendo sus nuevos atuendos y listos para pelear, echó una terrible mirada sobre Royd, pero éste trató de no darse cuenta de ello. Disgustado, emitió un gruñido.
-Sabes muy bien que te ayudaré a reunir a los Guardianes -dijo entre dientes-. Pero si quieres que entrene junto a estos novatos estas equivocado, muchacho.
-Por favor, Maestro –respondió Royd-. No confío en nadie más que usted para que nos ayude: dos de los shojins elegidos por Guardianes Elementales están de nuestro lado, pero uno de ellos ni siquiera sabe como sentirse al respecto…

El colosal lobo desvió sus pasos hacia un costado y comenzó a olisquear el nuevo aspecto de los niños. Sebastián, en total estado de alerta, lo miraba de reojo con algo más que desconfianza, debido a que Napo, el perro ovejero que tenía en su casa, lo había mordido cuando era muy pequeño. Para peor, el tamaño de Bugen era quizás cinco o seis veces superior al de su mascota, y eso ya era mucho decir. Intentó disimular los nervios que le causaba su presencia y dijo con voz fuerte:
-No se te ocurra morderme, porque te doy una patada que… te vas a morir de hambre en el aire.

Bugen simuló no escucharlo, y se dirigió hacia Maurice, que se encontraba sentado sobre el césped. Luego, se paró frente a Altiviades, quien llevaba ahora su cabello atado en una trenza, y se mostraba muy relajado, anudándose prolijamente las ataduras de un viejo uniforme negro similar al de Guido y el resto. Sebastián pensó que aquel nuevo peinado le daba al sabio cierta apariencia femenina, pero se reservó la opinión.

-Puedo oler el peligro y la aventura en tu respiración, Altiviades –dijo el lobo gruñendo de lado-. Veremos si esa gema te sirve de algo.
El shojin estrechó entre sus delicadas manos una de las patas delanteras del híbrido, a modo de saludo respetuoso.
-Gracias a ella sigo tan joven como siempre -respondió bromeando-. Lamento ver que no tienes la misma suerte: tus dientes se parecen a los de Fargo.
-Realizó una interrupción, tras la cual añadió:
-Sabía que nos acompañarías. Eso me da tranquilidad.
-Siempre creí que tu eterna apariencia juvenil la habías obtenido sacrificando parte de la sangre de ese pegaso –replicó el lobo-. No habrías sido el primero.
-¿Me crees capaz de tanto? -respondió riendo el anciano con apariencia de muchacho-. ¿Qué clase de vecino eres si aún no me conoces?

Detrás de ellos, Fargo había ido acomodando los maniquíes de madera y paja, junto a otros elementos, y traía un libro bajo el brazo. Lancelot, ajeno a todo, correteó alegremente durante un rato hasta que finalmente terminó por perderse entre unos arbustos, llevando sobre su cabeza aquel pajarraco con el que parecía llevarse tan bien.

-¡César! –exclamó Altiviades-. Tú debes protegerte de los ataques de Fargo con tu escudo, aunque tampoco estaría mal que los esquivases, ¿Entendido?
-Entendido -respondió el Tortuguita sujetando su escudo con mucho cuidado-. Estoy preparado para cualquier cosa.
Altiviades sonrió desafiante e hizo un gesto de despedida con la mano.
-Eso lo veremos –dijo entonces Fargo-, ¡Gravet Accea!
Inmediatamente, varios adoquines del tamaño de una pelota de rugby se elevaron, quedando luego suspendidos en el aire cual si fuesen globos.
Heret! -exclamó el viejo mago.

Uno de los proyectiles voló contra el rostro del Tortuguita, que en un inesperado movimiento subió su escudo y logró desviar el ataque. La roca impactó entonces tan fuertemente contra un árbol, que lo derribó sobre el césped. Guido y Sebastián corrieron en dirección a su amigo creyendo que el mismo se había desmayado a causa del impacto, pero éste se puso de pie en un santiamén, sonriente y entusiasmado.

-¡Es como jugar al fútbol con ladrillos! –dijo sonriente-. ¡Tengo el brazo dormido!

Guido y Sebastián aplaudieron festejando el movimiento de su amigo, y seguidamente alejaron del lugar al gigantesco Maurice, que perturbado parecía no comprender la escasísima gravedad de la situación.

-Los pequeños dragones de Aurora conforman una raza de animales veloces e increíblemente resistentes –exclamó Altiviades-. Los hechiceros solían cruzar el campo de batalla montados sobre ellos durante los enfrentamientos con los vehículos armados de la Alianza. Cuando el dragón resultaba muerto, sus restos eran utilizados para crear un escudo como ese.
César sacudió su brazo, intrigado.
-Cuando nos atacaron los déndridos –agregó-, se volvió grande y pesado, pero ahora no siento nada de eso.
-Los déndridos no poseen una gran fuerza física, pero atacan utilizando herramientas mágicas –intervino Fargo-. Tu escudo proviene de un animal luminoso, y como tal, sólo reacciona negativamente ante la magia oscura, que estos ladrillos no tienen.
Sebastián echó mano del bastón que llevaba en su cintura y lo sacudió en todas direcciones. Una vez más, nada sucedió.

-¿Qué pasa? -preguntó al tiempo que arrojaba el objeto hacia Altiviades-. ¿Está roto? ¿Qué clase de magia de porquería es ésta?
Altiviades cerró sus ojos y suspiró, víctima de un profundo pesar.

-Tiriviad no es un plumero ni un garrote, niño ignorante –respondió-. Ese legendario bastón posee mucho más poder del que podrías controlar: sólo debes frotar una de sus gemas.
El shojin posó uno de los extremos del bastón sobre el árbol que había sido derribado por el ladrillazo. El mismo ardió furiosamente desde su delgado tronco hasta las ramas más verdes, esfumándose sin dejar rastro. El sabio luego repitió la operación con uno de los rocosos proyectiles que se hallaban aún flotando, y para asombro de los niños, obtuvo idéntico resultado.

-Esas incrustaciones le permiten incendiarlo todo –murmuró-. Incluso una roca. Honestamente, no sé que hace Tiriviad en tus manos…
-¡Guau! -exclamó Sebastián recuperando el aliento y el dominio de su rústico bastón-. ¡Es mío! ¡Esto es mejor que ese escudo de porquería, César!

El Tortuguita asintió con la cabeza sin siquiera prestar atención a las palabras de su amigo. Altiviades, por otra parte, extendió su brazo derecho en dirección al viejo mérlido, quien se había alejado unos metros del lugar.

Heret! -gritó Fargo-. ¡Moret, Sylphet, Rajkird!

Guido temió por la seguridad de su amigo cuando una lluvia de piedras comenzó su ataque, obligándolo a defenderse de mejor manera posible. Cuando el Tortuguita parecía haber desviado todos los ataques, Fargo le lanzaba uno nuevo. Sebastián, absolutamente confiado de las destrezas de ambos participantes, observaba la escena y vitoreaba cada esfuerzo. Finalmente, el mérlido hizo silencio y el apedreamiento se detuvo.
-Nada mal –dijo Altiviades-. Pero con eso no podremos hacer mucho. ¿Cómo piensas atacar si te la pasas debajo del escudo? Ahora quiero que avances a medida que bloqueas los golpes. Debes llegar hasta la cabaña.
El Tortuguita se rascó la cabeza, preocupado.
-¡Fargo! -exclamó el shojin-. ¡Arrójale más piedras y atácalo por la espalda! ¡Aumenta la velocidad y apunta a sus piernas, que puedo sanarlas si se rompen!

Luego, señalando a Guido y Sebastián, agregó:

-Ustedes, no se distraigan. Tomen esos maniquíes que están tirados en el piso y vengan conmigo. Hoy será un día de diversión para todos en Xinu.

XVI – Responsabilidad Astral (III)

Sebastián observó su reloj y vio que recién era mediodía. Todo lo experimentado en el Edén apenas sí les había quitado diez minutos de tiempo real.

-Norfolk debe haber utilizado todas sus fuerzas para lograrlo –murmuró Altiviades fríamente-. Ahora es nuestro turno. Ya todos sabemos lo que tenemos que hacer: debemos despertar los poderes del Shojin Astral y convertir en guerreros a estos niños.

Hizo una pausa y continuó diciendo:

-Royd, Bugen, ustedes deben tener asuntos de los cuales ocuparse antes de que emprendamos la búsqueda de los Guardianes.

Los híbridos asintieron con semblante preocupado.

-Acompáñalos, Fargo –exclamó entonces Altiviades-. Llévate a Lancelot y a este caballero andante. Quiero que te ocupes además de lo que podamos necesitar para el camino. Los niños y yo haremos nuestro regreso a pie, y así abriremos el apetito.

Sebastián halló en esas palabras un chiste deliberadamente ofensivo, considerando la anterior promesa de no repetir la caminata. Se puso en cuclillas con el objeto de poder acariciar la cabeza de una de las pequeñas alimañas peludas que lo rodeaban, y protestó:
-Pensé que habías dicho que nosotros íbamos a usar el caballo la próxima vez. ¿Nos vas a seguir mintiendo durante todo el viaje?

Altiviades soltó otra de sus joviales carcajadas y comenzó a caminar, acompañado de los niños. En pocos unos segundos el bosque quedó atrás y los cuatro se hallaron frente al camino que conducía a la cabaña. Guido estaba boquiabierto.
-¡No puede ser! -exclamó el Tortuguita sin dejar de frotar sus ojos-. ¿Ya llegamos?
Apartando los cabellos que cubrían su rostro, Altiviades respondió:
-Solo puedes entrar en un bosque hasta la mitad del camino. Una vez allí, comienzas a salir, ¿No lo sabes, Guido?
-No entiendo -le replicó éste-. No dimos ni veinte pasos.
-La ilusión en el Bosque de Medoh fue ideada por Norfolk –continuó Altiviades-. Xinu es considerado por muchos como un lugar hechizado, maldito. Para llegar a la entrada del Edén es necesario caminar durante mucho tiempo y siguiendo una dirección en particular, pero abandonar la espesura resulta simple. Ante el temor de perderse, pocos son los curiosos que se aventuran a venir por aquí, y cuando lo hacen no encuentran otra cosa que no sean ramas secas y gillites rosados.






La comida proporcionada por Fargo tuvo una gran acogida. Cuando ésta hubo terminado, Altiviades abandonó la cabaña sin decir una sola palabra. Los niños presenciaron ese alejamiento desde la alfombra, al tiempo que el mérlido se encargaba de retirar los delicados platos de madera usados recientemente.

-Altiviades es muy extraño -murmuró César-. ¿No lo creen?
-Está un poco loco –respondió Sebastián-. Pero eso es natural: hace miles de años que está en este planeta.
-Miles de años –repitió Guido-. ¿Cuántas cosas habrá visto durante todo ese tiempo?
-Millones de millones –replicó Sebastián-. Lo envidio.
-¿Te gustaría ser inmortal? -preguntó Guido-. ¿Te gustaría poder vivir por siempre y sin envejecer?
Sebastián no se hizo esperar con su respuesta.
-¡Por supuesto, Guido! –vociferó-. ¿A quién no le gustaría?
El Tortuguita meditó durante unos instantes y dijo:
-No lo sé. Podría ser peor de lo que parece. ¿Les gustaría tener que seguir viviendo cuando todos sus amigos y su familia ya no estén con ustedes?
Los niños permanecieron en silencio, sumidos cada uno dentro de su propio mar de pensamientos.
-Debe ser muy feo quedarse solo en el mundo –murmuró Guido para sus adentros-. ¿Qué habrá pasado con la familia de Altiviades?
La áspera voz de Fargo los quitó de sus reflexiones.
-Esto es para ustedes, niños –les dijo-. Espero haber calculado bien sus medidas.

Guido examinó las prendas adquiridas para ellos en Isla Kabal. Recordaba haber visto vestiduras semejantes entre los birbuits, pero por alguna razón daban la impresión de ser uniformes de diferentes colores, como los utilizados para practicar artes marciales. Marrón y verde para Sebastián, celeste y blanco para César, y amarillo y gris para Guido. A cada niño le correspondía un holgado pantalón largo, un par de calcetines ajustados, una suerte de camiseta de mangas largas, un ancho y largo cinturón de tela, y un abrigo sin mangas similar a un delantal de cocinero, aparentemente confeccionado para cubrir el pecho, la espalda, y el comienzo de los muslos. Los zapatos pertenecientes al atuendo escolar serían reemplazados por unas ligeras zapatillas de tela elástica.
-Estas ropas son muy cómodas –exclamó Guido al tiempo que depositaba la gema Astral en un bolsillo interior-. ¿Están hechas de seda?

Fargo, que se encontraba ayudándolo a ajustar el lazo en su cintura, asintió afirmativamente con la cabeza.

-Géneros especiales extraídos de las fibras de diferentes insectos –respondió-. Son muy resistentes y flexibles a la vez.
-Hizo un gesto con la mano y agregó:
-Sus uniformes escolares no serían los más indicados en este momento, pero no se preocupen, los guardaré en un lugar seguro.
-Me siento un idiota –intervino Sebastián calzándose las zapatillas-. Y ustedes deberían decir lo mismo.
-Parecemos superhéroes –exclamo el Tortuguita-. Esto es espectacular.
-Bailarinas –lo corrigió Sebastián-. Parecemos bailarinas…
A lo lejos, la voz de Altiviades pudo escucharse.
-¡Guido y los demás, tenemos mucho que hacer! ¡Fargo, trae sus cosas aquí afuera! ¡Royd y Bugen han regresado y debemos comenzar con el entrenamiento!
-¿Entrenamiento? –preguntó César.

Sus amigos no supieron responder a la pregunta, pero no fue necesario que lo hicieran. El hechicero les hizo señas para que lo acompañasen, mientras llevaba bajo sus brazos un par de enormes muñecos hechos de paja, similares a espantapájaros. Sebastián cruzó la puerta y observando el horizonte exclamó:

-Ya no sé que esperar de todo esto. No va a ser la primera vez que tenga que pelear, pero…
-La fuerza necesaria para vencer no debe surgir de tus músculos, tus huesos, tu armadura o ese bastón que llevas –lo interrumpió Fargo-. Pero si tu mismo no crees en lo que eres capaz de hacer, ¿Quién lo hará por ti?

XVI – Responsabilidad Astral (II)

-Mis energías me están abandonando –bramó el dragón-. Se acerca el momento. Sólo los shojins y los Guardianes podrán evitar que se acabe con cualquier tipo de existencia. Debes aprender a controlar el poder que te ha sido otorgado, Guido.

Un nuevo cambio de locación aconteció cuando la Torre de Tragantipia desapareció llevándose consigo a todos y cada uno de sus testimoniales grabados. En un abrir y cerrar de ojos, tanto los niños como resto de los viajeros se hallaron flotando a través del cosmos. A ninguno de ellos le costó trabajo alguno divisar la esplendorosa silueta de La Tierra, pese a que la misma se hallaba envuelta por una fina capa de polvo dorado.

-La misión de Silverado era proteger a los habitantes de los hermanos fundamentales –bramó el dragón-. Su fuerza fue tanta, que aún hoy, millones de años después de su muerte, ha encontrado la forma de continuarla.

El corazón de Guido golpeó con fuerza en un intento por escaparse del pecho que lo aprisionaba mientras que el niño, incapaz de hacer otra cosa, observaba como las partículas plomizas y doradas que flotaban sobre el Tercer Planeta se condensaban lentamente, formando un remolino. En el centro del mismo, la extraña piedra que tanto revuelo había causado al salir flotando desde el interior de una simple caja de cartón, comenzó a tomar forma.

-El espíritu de la criatura más poderosa que haya conocido este Universo ruge dentro de esa gema -dijo Norfolk-. Y te ha elegido a ti, para que continúes su misión.

El polvo dorado se esfumó tímidamente, como el humo de un cigarro. Brillando con la intensidad de mil soles, la gema Astral se presentó ante Guido, una vez más. Éste la tomó lleno de firmeza y supo que ya todo estaba claro. El miedo que sentía era mucho e innegable, pero la sangre corría rabiosamente por sus venas y hervía en su puño, inyectándole un coraje nunca antes percibido.

Altiviades y Fargo se miraron aliviados, con una expresión de absoluta comprensión en sus rostros.
-El último shojin –murmuró el anciano hechicero, sonriente y emocionado-. El último shojin ha nacido.

El cuerpo del Guardián del Tiempo desapareció en un estallido luminoso y el Edén recuperó su verdadero, vacío y oscuro aspecto, quedando pobremente iluminado por las colosales cabezas del dragón.
-La fantasía está fuera de control –murmuraron las tres a coro-. El Edén no es el lugar para ustedes, pero cuando salgan de aquí, lo harán para no regresar jamás.
El dragón hizo una pausa y agregó:
-Debes reunir a los Guardianes Elementales, Guido. El camino correcto será largo y peligroso, pero ellos te apoyarán cuando descubran que eres el Shojin Astral.
Luego, dirigiéndose al resto de los viajeros, las cabezas exclamaron:
-Cada uno de ustedes deberá encontrar por sí mismo las razones culpables de que se encuentren junto a los shojins en este momento. No han venido hasta aquí en vano: el mañana será lo que sus destinos decidan al cruzarse…

Una última frase fue dedicada a Altiviades.

-No me equivoqué contigo, Criatura…

Altiviades no consiguió responder a tiempo, y en un instante el suelo bajo sus pies se volvió líquido. Lo próximo que él y sus acompañantes pudieron ver fue el ramaje perteneciente a los árboles propios del bosque que originariamente los había visto partir hacia el Edén. Lancelot se hallaba merodeando el lugar y apenas hubo presenciado aquel aterrizaje dio un relincho, arrojándose sobre Fargo y expresando de alguna manera la alegría que le causaba dicho regreso. El insoportable pajarraco resucitado por Royd se había sujetado firmemente de las crines del animal utilizando su pico, y terminaba de conformar un muy estrafalario comité de bienvenida.

-Eso fue muy raro –murmuró César aturdido.
-Fue mucho más que eso –replicó Guido poniéndose de pie velozmente.
-Estamos de vuelta en el Bosque de Medoh -exclamó Royd-. ¿Qué sucedió?

Sin pronunciar palabra, Altiviades echó un vistazo sobre la gema que Norfolk le había otorgado.
-El Guardián se hallaba muy débil –dijo- No podemos saber que ha sucedido con él o con el Edén. Quizás…
-¿Habrá muerto? –lo interrumpió Sebastián.

Todos permanecieron en silencio durante unos instantes, aguardando una respuesta que nunca llegó. A diferencia del resto, Fargo sabía que Altiviades era el único capaz de sentir la presencia de aquel poderoso dragón estando fuera del Edén.

XVI – Responsabilidad Astral

Bugen se acercó a Altiviades, olisqueando el aire a su alrededor.

-Tú llevabas una de estas piedras contigo –le rugió severamente-. Oculta bajo tu camisa. Su aroma y esencia son casi imperceptibles, pero me bastan para saber que son las mismas que despide el Guardián. ¡Maldición! Eres un shojin…

Norfolk cerró sus ojos y un millar de pequeños arcos azules comenzó a manar de su blanco pecho. Del mismo lugar y modo también brotó la gema azul mencionada por el híbrido.
-No todos los espíritus elementales cayeron en control de los Odones –dijo-. Cuando Momenta fue absorbida por la puerta, la energía liberada no pudo desvanecerse y mi cuerpo se fue concentrando hasta tomar la forma de esta gema. Lo único que pude hacer fue empujar esta roca hasta expulsarla del vacío, para utilizar su fuerza y abrir una puerta entre Momenta y el Edén. Altiviades fue el elegido, y ha llevado valientemente sobre sus hombros esa inmensa responsabilidad desde hace muchos años, preparándose para este momento.

Guido, totalmente extraviado en un mar de presunciones y pensamientos, abrió la boca con intenciones de hacer una pregunta. Se detuvo al darse cuenta de que la respuesta a la misma había llegado días atrás y sin hacer el menor ruido.

-Los Guardianes Elementales eligieron su destino –murmuró Norfolk-. Dejaron de ser soldados divinos para convertirse en socorristas de los mérlidos.
Hizo una pausa y continuó diciendo:
-Cuando Yildiray fue el amo del Guardián de la Muerte, el Guardián de la Vida eligió a un poderoso hechicero para que fuese su amo. Éste fue Tudor, un sacerdote que al igual que siete de sus compañeros tuvo en sus manos más poder del que nunca hubiese imaginado.
-Los mérlidos –añadió Altiviades-, carentes de estrategias militares o un nutrido ejército, pasaron a ser la potencia más fulminante que jamás hubiese existido hasta entonces, gracias a las gemas elementales.
-¿Y cómo fue que se empezó la guerra? -interrumpió César-. ¿Los Siete Reinos se enfrentaron a los Guardianes?
-El Guardián de la Vida eligió con sabiduría –intervino Fargo-. Tudor fue un justo y pacífico líder entre los mérlidos. A pesar de que su sueño siempre había sido recuperar las tierras sagradas de los mérlidos, mantuvo su palabra y desistió de la idea de una batalla hasta el último segundo. Los Odones no comenzaron la primer Gran Guerra, fueron los Reinos Aliados quienes lo hicieron, incrédulos del poder de los Dragones Elementales.

Por un instante, Norfolk se quedó en silencio, dando muestras de estar realmente agotado. Altiviades retomó entonces el discurso, diciendo:

-Algunos mérlidos decidieron responder a las devastadoras ofensivas valiéndose de sus dragones: Yildiray y Tarbo fueron acompañados por Osiris y Orbis, bajo las órdenes de sus amos Achiel y Reika. Desgraciadamente, la era de las Grandes Guerras había comenzado. Sigmar, Atalanta y Siam fueron los últimos en unirse a las batallas, y lo hicieron cuando parte del primer grupo quedó imposibilitado de seguir combatiendo.

Una nueva sucesión de imágenes grabadas sobre las paredes comenzó a iluminarse, y los niños pudieron ser testigos, de alguna manera, de aquellos inimaginables choques entre los Reinos Aliados y los mérlidos. Pese a reconocer la gravedad de aquellos enfrentamientos, las miles de muertes acontecidas y todo el sufrimiento padecido por ambos bandos, Guido no pudo evitar sentirse atraído y hasta encantado por la idea de presenciar una refriega entre dragones, magos y artillerías de ensueño. Creyó que teniendo en cuenta su situación, tampoco podría culpársele por ello. Vio que Norfolk lo observaba cuidadosamente con sus tres cabezas e inmediatamente supo cuales eran las palabras que éste tenía para decirle.