XII – Norfolk: Y el tiempo no para (III)

Altiviades asintió con la cabeza, y presuroso, abandonó la edificación. Norfolk continuó hablando; en esta ocasión fue el rostro derecho, el mas viejo y arrugado de los tres, el que retomó la palabra.

-Mucho tiempo atrás –dijo-, cuando ustedes los humanos ni siquiera eran un sueño, los dragones elementales despertamos en este Universo, obedeciendo los designios de una fuerza omnipotente. Existimos de la misma manera en que existen las estrellas, y fuimos forjados cuando los hermanos fundamentales aún estaban tomando forma, tibios, humeantes, inexplicablemente muertos y llenos de fuerza a la vez. Fuimos testigos del comienzo de la vida; en la forma de una semilla latente… las criaturas pequeñas… como gusanos dentro de otros gusanos… y otras semillas que volvieron verde la tierra que era negra… En lo firme todo se volvió semillas de vida, y aquellos gusanos se volvieron más grandes, y nadaron, y el agua los cambió. Uno de ellos salió del agua y en el lodo cayó para volverse bestia… las bestias aumentaron de tamaño y se durmieron para volver a crecer. Las masas de tierra, los mares, el clima… todo cambió. Todo lo vimos.

Los niños no se habrían animado a interrumpir aquel maravilloso relato por nada del mundo. Norfolk hizo una pausa y un nuevo resplandor los encegueció. Cuando al fin pudieron recuperar la vista, el escenario había sido modificado. Por alguna razón, la catedral había cedido su sitio a lo que parecía ser una pradera completamente desierta. Podían vislumbrarse unas montañas a lo lejos, pero nada más que eso. Guido tuvo la sensación de estar formando parte de uno de esos paisajes de fotografía frecuentemente inmortalizados en los rompecabezas de mil piezas. Tanto el susto como la impresión inicial que lo habían sacudido al entrar al Edén se habían esfumado, y lo mismo podía decirse de los temores de Sebastián y César. Sir Maurice de Valvia lucía algo desorientado, pero mantenía su postura marcial junto a los niños.

-Los dragones elementales éramos poderosos e inteligentes -murmuró Norfolk-. Nuestras capacidades eran distintas a las de cualquier criatura existente por aquel entonces, y lo sabíamos. El más fuerte y sabio de nosotros fue el encargado de conservar el equilibrio, y el responsable de que nos convirtiésemos en Guardianes. Ese fue nuestro gran líder: Silverado, el Dragón Astral.

-¿Dragón Astral? -preguntó Sebastián-. ¿Y cómo es eso?

Lo que podría haber sido confundido con una bomba de luz estalló entonces frente a sus ojos, haciéndole perder el equilibrio. Una alegre carcajada resonó entonces a espaldas de Guido, que giró su cabeza extrañado y pudo comprobar que Altiviades estaba de regreso, esta vez acompañado de Royd, Fargo, y el temible lobo gigante que los había ayudado a salir con vida de la batalla en Isla Xinu. Sebastián clavó su mirada sobre el viejo sabio y le soltó un insulto por lo bajo pero éste pareció no escucharlo, para alivio de sus amigos. Fargo, por otro lado, no tomó asiento hasta después de haber realizado toda una serie de reverencias y emotivos saludos.

-Altiviades –murmuró el lobo aún de pie y con una sombría expresión de desconfianza-. Esta criatura parece ser uno de los dragones elementales…

Royd, mientras tanto, no podía dejar de observar a Norfolk.

-¡Es increíble! –exclamó excitado-. Pero, este no es ninguno de los dragones conocidos.

Guido volvió a preguntarse a si mismo si todo aquello no sería un sueño y se sorprendió al darse cuenta de que su temor mas grande consistía en la posibilidad de que despertase antes de conocer el resto de la historia.
-Por favor –los interrumpió tímidamente-. Hagan silencio.

El Tortuguita y Sebastián lo apoyaron en su intención asintiendo con la cabeza. Norfolk finalmente retomó la palabra y dijo:

-Las cosas podrían haber resultado muy diferentes si en el futuro de La Tierra misma no hubiese estado escrita su ineluctable destrucción.

Se quedó en silencio durante varios segundos, para seguidamente, vociferar:

-¡Esto no es sueño, especulación o profecía! ¡Esto es historia!

XII – Norfolk: Y el tiempo no para (II)

El caos reinaba en la cabeza de los niños, e incluso Sir Maurice parecía desconcertado. Guido reflexionó acerca de todas las cosas raras e inexplicables que habían estado sucediéndole en los últimos días y trató de hacerse a la idea de que tenía que echar un poco más de luz en todo el misterio. Abrió la boca con intenciones de formular una pregunta, pero la cabeza central, con voz firme, se le adelantó.

-El lugar dónde creas que estás no importa, criatura. Ni el colegio, ni la catedral son reales. Todo es una ilusión. Una ilusión sostenida mediante mi voluntad. Aún estamos en el Edén, y su estado original es el vacío. Sólo estoy adaptando el lugar para que ustedes puedan existir en él.

Guido no supo como responderle, y se limitó a observarlo.

-El dragón leyó mis pensamientos –se dijo a si mismo-. Adivinó lo que iba a preguntarle.
-La confusión es grande -continuó la cabeza central de Norfolk-. No puedo leer tus pensamientos pero puedo saber todo lo que harás. El tiempo no existe para mí, ni para ninguno de ustedes en este lugar.

Guido se quedó pensativo unos instantes. Era obvio que Norfolk había sido el responsable de que se hubiese repetido aquel miércoles durante tres días. El dragón siguió hablando.

-Yo fui quién despertó el pasado –dijo la cabeza de la derecha.
-El presente es mi momento –continuó la cabeza central.
-Velaré por el futuro –finalizó la cabeza de la izquierda.

Sebastián miró su reloj y vio con sorpresa que el mismo se había detenido. Presionó varios botones y lo sacudió repetidas veces, sin conseguir alterar la situación. Era lo suficientemente inteligente como para percatarse de que el desperfecto no se debía a una simple falta de baterías. Sonrió e hizo señas con una mano al descubrir que las tres cabezas de Norfolk eran el mismo rostro en tres diferentes momentos de su existencia: la cabeza del pasado hablaba lentamente y estaba vieja y arrugada. Por el contrario, la cabeza central no parecía ser tan vieja pero poseía un tamaño definitivamente mayor al de la cabeza del futuro, cuyo cuerno apenas se asomaba. Guido también se había dado cuenta de ello y con una mirada cómplice le indicó a su amigo que sabía lo que estaba pensando.

-Mi poder aquí en el Edén es grande, Criaturas –dijo la cabeza central con un gesto melancólico-. Pero en el mundo real es poca mi influencia sobre los elementos.
-Abrir el portal en La Tierra y alterar sus sueños fue todo lo que pude hacer –agregó la cabeza del pasado.
-A los shojins les tocará hacer el resto –dijo finalmente la cabeza del futuro.

Guido respiró hondo y preguntó:

-¿Por qué nosotros? ¿Qué tenemos que hacer con los magos, con Vatel, o con este lugar?

Las tres cabezas del dragón se miraron entre sí. Se escuchó un trueno y a través de los increíbles vitrales todos pudieron ver que la lluvia comenzaba a caer copiosamente.

-Altiviades –bramó lentamente la cabeza central-. Ve a buscar a Fargo y a los híbridos. Estos niños deben conocerlo todo. Su verdadero origen. Desde el comienzo.

Luego, volteándose hacia Guido y los demás, agregó:
–Esto va a ser largo, Criaturas, pero deben escuchar.

XII – Norfolk: Y el tiempo no para

Procurando extremar las precauciones, Guido cruzó el portal con los ojos cerrados. Para su desgracia, lo que vio al abrirlos lo llenó de un sentimiento no muy distante a la desesperación. No logró hallar algo a lo que pudiese llamar suelo, paredes o techo, pero al igual que Altiviades y el resto del grupo, se hallaba firmemente parado sobre sus pies, en el interior de lo que parecía ser una habitación vacía e infinita frente a una muy luminosa, arrugada, magna e impresionante cabeza similar a la de un lagarto. Dio varios pasos hacia atrás, pero no pudo alejarse ni un centímetro de aquel rostro enorme y finalmente tropezó. A su lado, César parecía una estatua de cera y no realizaba el menor movimiento. No tuvo valor siquiera para emitir el más ligero sonido, a diferencia de Sebastián, quién soltó una maldición entre gritos que retumbaron en el vacío produciendo un eco sobrecogedor. Maurice saltó hacia la cabezota con ánimos de caerle a golpes, pero no logró tocarla ni acercársele. A sus espaldas, dos nuevas cabezas aparecieron de la nada y se alinearon con la primera formando un triángulo. En un abrir y cerrar de ojos, el grupo de viajeros se encontró ubicado en el centro de aquella bizarra formación. A excepción de Altiviades, que conservaba la calma como siempre, nadie pudo evitar sentirse perturbado cuando el dragón comenzó a hablar con voz cavernosa y gentil.

-No deben temer, criaturas…

Las cabezas desaparecieron y el resplandor propio de una cámara fotográfica estalló frente a los niños, cegándolos. Lo próximo que éstos pudieron ver fue un lugar de sobra conocido: la entrada de la escuela. El Tortuguita se inclinó hacia adelante y posó sus manos sobre las oscuras baldosas hexagonales que formaban cada uno de los escalones del vestíbulo.

-¿Qué es esto? –preguntó confundido-. ¿Dónde estamos? ¿Esto es real?
Por primera vez en mucho rato, Sebastián estaba feliz.
-¡Estamos en casa! –exclamó mirando a su alrededor-. ¡Volvimos!
Hizo una breve pausa para luego añadir:
-Pero, ¿Por qué? ¿Hicimos algo mal?

Guido trató de no emitir juicios apresurados y guardó silencio. Sus ojos le decían que ese era el colegio al cual había estado acudiendo durante buena parte de su corta vida, pero de a poco había aprendido a desconfiar de ellos. Inspiró una profunda bocanada de aire y llenó sus pulmones con el aroma de la tierra húmeda, cubierta de césped.

-No, chicos –murmuró pensativo-. Éste no es el colegio, ¿No lo ven? No se escucha un solo ruido y la calle está desierta. Esto está vacío.

Altiviades hizo un gesto afirmativo con la cabeza y abrió la puerta, complacido. Acompañados de Maurice, los niños ingresaron al edificio únicamente para llevarse una nueva y desconcertante sorpresa: el patio principal había sido reemplazado por una locación que pudieron reconocer al instante.

-¡Esta es la catedral de la pelea! -exclamó Guido observando la enorme cúpula-. ¡Es lo que soñamos!

Luego fijó toda su atención sobre el dragón que se encontraba de pie frente a él y susurró:
-Y él debe ser Norfolk.

El dragón era enorme, pero ninguno de los presentes sintió miedo alguno ante su presencia. Guido lo observó con detenimiento, al tiempo que la criatura hizo lo mismo con él. Las tres cabezas que tanto lo habían atemorizado en un principio ahora se hallaban unidas a un mismo cuerpo mediante tres cuellos de sólida apariencia y eran muy parecidas entre sí, sin llegar a ser idénticas. Cada una poseía también algo que debía ser una cresta o un cuerno tirado hacia atrás. El animal se hallaba parado sobre sus patas traseras, e inclinado ligeramente hacia adelante. Su pecho y abdomen también eran inmaculadamente blancos y el resto de su cuerpo ostentaba un color azul muy oscuro. No poseía alas y sus garras no eran largas y afiladas como las de aquellos dragones de los cuentos, sino que parecían ser tan inofensivas como los dientes en su hocico. Debía medir unos diez metros de alto, cuando menos. Antes de que Guido pudiese pronunciar palabra, la cabeza central de la criatura dirigió una mansa mirada a hacia las otras dos y exclamó:

-Si. Soy Norfolk. Uno de los diez guardianes elementales: El Guardián del Tiempo.
Hizo una pausa y añadió:
-Guido, Sebastián, César, Maurice, sean bienvenidos al Edén.