III – El chocolate

-¡Guido, nos quedamos dormidos y el autobús ya llegó! No se que le habrá pasado a este despertador de porquería -exclamó Alicia golpeando suavemente el artilugio contra su pierna-. ¿Estarán falladas las pilas? Acá tenés algo de plata para que puedas comprar algo en la escuela, pero ¡Rápido!

Guido se vistió con ayuda de su madre, medio a los tropezones, y a duras penas si llegó a guardar en su mochila los cuadernos que se hallaban desparramados sobre el escritorio. Se demoró un poco debido a que no quiso olvidarse de nada, pensando en aquellas ocasiones en las que había tenido que llamar a su padre para que le alcanzase los libros. Se preguntó cómo era posible que Sebastián aún fuese su compañero de curso, considerando que éste extraviaba la mitad de sus libros y casi todos sus útiles ni bien comenzado el periodo escolar.
-¡Ya va, Jorge! –gritó Alicia al escuchar el doble bocinazo que indicaba la inevitable partida del autobús-. ¡Esperá un minuto!
-¡No grites, mamá! -replicó Guido-. ¡Asustaste a Leoncio!
El gato respondió a lo dicho por su dueño abriendo sus fauces y soltando un agudo maullido.
-No seas escandaloso –murmuró Alicia dirigiéndose a la mascota-. Tampoco fue para tanto.

Gracias a la benevolencia del conductor, Guido consiguió abordar el autobús. Se ubicó en su asiento de costumbre y se quitó la bufanda.

-Otra vez las mismas caras de todos los días –pensó mientras se llevaba una mano a la boca en un intento por dominar un bostezo-. Todos sentados en los mismos lugares, del mismo autobús, vistiendo el mismo uniforme. El mismo uniforme…
La bufanda cayó al suelo, pero nadie se agachó a recogerla.
-¡¿El mismo uniforme?! –Exclamó Guido poniéndose de pie-. ¡No puede ser! ¡Hoy es Jueves! ¡Mamá se confundió y me vistió con el uniforme!

De manera casi instantánea sintió en el estómago un ligero codazo, que lo obligó sentarse y a voltear la cabeza hacia un costado.

-Hoy no es jueves, hoy es miércoles -susurró Sebastián-. Y más te vale que dejes de gritar, porque quiero dormir hasta que lleguemos al colegio. ¿Entendiste?

Guido vio nublada su razón cuando notó que Sebastián tampoco llevaba puesto su atuendo deportivo. Decidió despejar sus dudas, por lo que apoyándose sobre el borde del respaldo de los asientos, caminó cuidadosamente hasta ubicarse junto al padre de su amigo.

-Disculpame, Jorge ¿Sabés que día es hoy? -dijo restregándose los ojos con ambas manos, y mirando a través del parabrisas.
-Ya sabés que está prohibido pasearse por el interior del micro cuando estamos viajando, Guido. Podría ser peligroso -respondió el conductor severamente.
-¿Pero es Miércoles o Jueves? –insistió el niño.
–Parece que estos cuatro días de descanso te afectaron –le dijo Jorge entre risas-. Hoy es miércoles veinticinco de junio, y lo seguirá siendo hasta que den las doce de la noche.
-¿Estas seguro, Jorge?
-Absolutamente, Guido. Estoy muy seguro. Y si no regresas a tu asiento, voy a enojarme.
Sumido en el más absoluto silencio, Guido, volvió sobre sus pasos y se sentó una vez más junto a Sebastián, tras recoger su bufanda.
-¿Cómo es posible que Jorge me haya dicho eso? –pensó-. ¿No me vió ayer? ¿Estará borracho?

Las cosas cada vez tenían menos sentido.

-Sebastián, despertate –dijo-. ¿Qué te pasa? ¿Por que tenés tanto sueño?
Sebastián clavó sus ojos fijamente sobre su amigo, deseando que éste quedase mudo de allí en más y para siempre.
–No pude dormir bien –le respondió con voz ronca–. Me pasé toda la noche soñando estupideces.
Pese a que el desconcierto lo dominaba, Guido decidió no profundizar mas en el asunto. Se pellizcó el brazo para asegurarse de que estaba bien despierto, y el dolor se hizo presente.
-¿Todo lo que pasó ayer fue un sueño? –se preguntó una y otra vez-. ¿Hoy es miércoles?

Un sueño. Los medicamentos, la fiebre de los días anteriores y las palabras de Jorge y Sebastián reforzaban esta explicación, pero en lo más recóndito de su alma, Guido se hallaba convencido de que ayer había asistido a clases. El problema que se le presentaba era que no podía probárselo a si mismo.

La cantidad de detalles que se repitieron a la hora de formar filas perturbaron a Guido, y estuvieron a punto de ahogarlo en la locura, pero el hecho de que ninguno de sus compañeros de curso estuviese ataviado con ropas deportivas lo tranquilizó. Esa tranquilidad, no obstante duró demasiado poco, teniendo en cuenta lo valiosa que resultaba.
-Veo que ya estás mejor, y eso me pone muy contenta –exclamó la señorita Lourdes estrellando un beso sobre la mejilla derecha del niño-. Bienvenido.
Guido casi puso sentir el ruido que hicieron sus neuronas al colisionar entre sí.

-Eso no fue un sueño común y corriente –se dijo a si mismo tratando de no perder la calma mientras caminaba hasta alcanzar su lugar acostumbrado en el aula-. Yo sabía que ella me iba a besar, pero…
-Hey, Guido ¿Qué te pasa? -le preguntó Sebastián tratando de ganar su batalla contra somnolencia y los bostezos-. ¿Te sentís bien?
-Sebastián, si te cuento algo no me lo vas a creer ni en un millón de años –respondió Guido-. Tuve un sueño en…
-Guidooo -lo interrumpió la Señorita Lourdes elevando ligeramente el tono de su voz-. Lo que tengas que decirle a Sebastián puede esperar hasta que llegue el recreo, ¿No es así?
El niño quiso responder, pero nada salió de sus labios. Para su desgracia, la maestra interpretó aquel gesto como a una negativa.
-Está bien, podés hablar, pero hacelo en voz alta -le dijo-. Si lo que tenés para decir es tan importante, deberías compartirlo con todos nosotros.
Algunas risas se escucharon en el salón de clases.
-No, Señorita -dijo Guido finalmente-. No es nada.

Pero sí que era algo. Era algo grande, demasiado grande como para entenderlo a solas. Aunque trató por todos los medios de ser racional, no pudo evitar sentirse inmerso en algún extraño fenómeno paranormal tan inexplicable como cualquiera que hubiese visto por televisión. Nunca había creído en los fantasmas, profetas, ovnis, videntes o semejantes, pero ¿Y si algo de todo eso fuese cierto? Tal y como se lo había sugerido la Señorita Lourdes, optó por esperar hasta que llegase el primer recreo, decidido a contárselo todo a su amigo Sebastián, con lujo de detalles. Mientras tanto, tenía el pulso muy acelerado, y había comenzado a sudar.

Aterradoramente enterado de que debería tranquilizarse antes de desmayarse, recurrió a un viejo truco que había aprendido leyendo un libro que su prima le había prestado. Inspiró profundamente inflando su pecho y contuvo la respiración durante un par de segundos, tratando de no llamar la atención de los presentes. Luego cerró sus ojos, y poco a poco fue liberando el aire, hasta vaciar sus pulmones. Repitió la operación varias veces, y para su sorpresa, la artimaña rindió sus frutos. Un poco más calmado, abrió la carpeta. Los últimos apuntes copiados llevaban fecha del viernes de la semana anterior. No había nada del lunes, nada del martes, y absolutamente nada del miércoles. Guido supo inmediatamente que debería de haber copiado algo en aquel “sueño”, pero a diferencia de lo que ocurría con el resto de su memoria, los recuerdos referidos a esa tarea se hallaban convulsionados. Ya sin tanto miedo, y agobiado por la intriga, sacó la lapicera y se dispuso a copiar lo que entonces le dictarían.
-¿Alguno de ustedes puede decirme lo que sabe acerca de los dragones? –Exclamó la Señorita Lourdes paseando su mirada sobre sus alumnos-. Vamos, levanten sus manos…

Durante todo el rato que precedió al timbrazo de recreo, la maestra dictó numerosos artículos referidos a todo tipo de criaturas fantásticas y mitológicas. Guido se sintió tan cómodo como un pez en al agua y participó de la clase tan activamente como pudo, aunque la idea de haber tenido un sueño premonitorio tan detallado no se borró de su mente ni siquiera por un segundo.

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