VI – No todo lo que brilla es oro

El rostro del Director Giménez no reflejaba otra cosa que no fuese una increíble tranquilidad.

-Por favor, Guido –dijo sonriendo-, cierra la puerta o se escapará el calor de la habitación.
Luego, dirigiéndose al resto de los niños agregó:
-Siéntanse cómodos de tomar asiento.
Un cartucho de dinamita podría haber explotado frente a Guido sin que éste lo oyese. Así de inmerso se hallaba en sus propios pensamientos.
-El Tortuguita también soñó con la pelea -se repetía para sus adentros una y otra vez mientras Giménez paseaba su mirada sobre sus amigos–. Ahora somos tres.
El Director clavó la mirada sobre César.

-No irán a decirme que han hecho enojar a la Señorita Lourdes… –dijo sonriendo levemente.
-¡Prometa que no va a citar a mi papá para una reunión! –argumentó el Tortuguita-. ¡No quise quedarme dormido! ¡Lo juro!

Giménez soltó una risotada. Guido no entendió muy bien lo que esa reacción representaba, pero de todas maneras respiró aliviado ante el buen humor mostrado por el regente. Reflexionó un poco y armándose de valor, dijo:
-Esto fue lo que pasó: Ayer, Sebastián revisó la carpeta de la Señorita…

Giménez apoyó el dedo índice de su mano derecha sobre sus labios y obligó a Guido a detener su confesión.
-Hace tan sólo unos instantes recibí una llamada telefónica que me llenó de gusto –dijo al tiempo que agitaba un pequeño cuaderno repleto de hojas amarillentas-. Se confirmó la visita del Museo de Ciencias Naturales e Historia Antigua a nuestra escuela. Necesitaré que algunos estudiantes “responsables” me ayuden a desempacar algunas de las cosas que los empleados del Museo descargarán hoy por la tarde en el viejo depósito.
Realizó una interrupción que duró varios segundos y terminó diciendo:
-Si puedo contar con ustedes para realizar dicha tarea, me olvidaré de cualquier cosa que hayan hecho y no habrá castigo para nadie. ¿Qué tal les suena eso? ¿Tenemos un trato?

Guido no tuvo que pensar demasiado para emitir una respuesta afirmativa, y lo mismo sucedió con Sebastián. Ambos sabían que la tarea sería un castigo sólo si se enfrentaban a ella desde esa perspectiva. César, por otro lado, habría sido capaz de trasladar el museo hacia cualquier parte del mundo con tal de no perderse el partido de fútbol que se jugaría el sábado por la mañana.

-Muy bien –dijo Giménez mostrando sincera complacencia-. Pondré sus nombres en esta autorización y todo estará resuelto. Por lo pronto, avisaré a sus familias para que no se preocupen durante su ausencia y luego le explicaré la situación a la Señorita Lourdes. Ahora deben retornar a clase.
La puerta se cerró y los niños se encontraron una vez más en el patio cubierto.

-Tuvimos mucha suerte –murmuró César.
-¡El museo nos salvó la vida! –exclamó Sebastián aferrando su cabeza con ambas manos-. Ni siquiera tuvimos que contarle lo de estas hojas en el calzoncillo…

Una de las hojas de papel cayó al suelo y el Tortuguita la recogió. Se sorprendió al encontrarse con parte de la tarea del día completamente resuelta. Sabía que su rechoncho amigo no era el mejor de los alumnos, pero aún así se negó a creer que el mismo hubiese sido capaz de arriesgarse a copiar directamente desde la carpeta de la Señorita Lourdes. Eso habría sido una tontería. Al fin y al cabo, aquellos ejercicios de matemática no eran ni más ni menos complicados que los que habían estado haciendo desde siempre.

-Sebastián –dijo pensativo-, ¿Qué es todo esto?

Dando un manotazo, Sebastián se apoderó de la portada del diario que Guido llevaba en el interior de la camisa sin que éste pudiese evitarlo. Luego, señalando insistentemente la fecha impresa, se lo entregó al Tortuguita.
-Esto no es una broma –dijo Guido-. Es el diario de ayer. Ayer fue miércoles.
Con los ojos abiertos como platos, César trató de entender lo que sus amigos intentaban decir. Soltó una risita nerviosa, pero la misma desapareció al enfrentarse con el severo rostro de Guido.

-¡Y no estamos locos! –agregó Sebastián-. Guido y yo también soñamos con Vatel. Y con la pelea en la catedral.

Guido guardó la hoja de diario nuevamente en el interior de su camisa. Estaba tan nervioso como el Tortuguita, pero intentó disimularlo. La visita del museo haría que el día tomase un rumbo ligeramente distinto, y eso despertaba su curiosidad. Presintió que de alguna u otra manera el asunto del chocolate iba a resolverse por si mismo. Y pronto. Ahora ya eran tres los involucrados.

-No entiendo de que están hablando –murmuró el Tortuguita.
-Nosotros tampoco –replicó Guido-. Y hasta que no lo entendamos no podemos decírselo a nadie.
-¿Entendiste? –preguntó Sebastián elevando su puño regordete con actitud amenazante.
-A… a nadie. Lo prometo. Ni… ni una palabra.

Durante el resto de la mañana Guido, César y Sebastián apenas si prestaron atención a las palabras de la Señorita Lourdes. Algunos alumnos rieron cuando la maestra habló acerca de la tarea encomendada a los tres niños castigados, pero los mismos ni siquiera se percataron de ello.

Anuncios

V – Llueve sobre mojado (II)

Una vez que sus alumnos se encontraron sentados dentro del aula, la maestra se dispuso a comenzar la clase. Como no podía ser de otra manera, exclamó:
-Como ustedes saben, los centauros son criaturas mitológicas…

Guido se sorprendió al percatarse de que en esta ocasión recordaba absolutamente todo lo visto en la clase pasada. Abrió su carpeta esperando encontrar los apuntes correspondientes, pero no pudo hallarlos. Cada vez mas extrañado, tomó su lapicera y comenzó a copiar lo que la Señorita Lourdes dictaba.

-Esto ya se esta poniendo aburrido –pensó-. Pero mamá va a revisar las carpetas y los cuadernos. Tengo que copiarlo todo.
Sebastián dejó escapar una risita maliciosa lo suficientemente sonora como para que Guido la escuchase. A continuación, y sin levantarse de su lugar, introdujo una mano dentro de sus pantalones. Comenzó a extraer varios papeles arrugados que Guido pudo identificar como hojas de carpeta.

-Mirá, Guido –dijo en tono triunfal-, ¡No desaparecieron! Esto es todo lo que la Señorita Lourdes dictó ayer.
Luego, frotando sus manos añadió:
-Y este es solo el comienzo. ¡Tengo muchas ideas y planes!
-Pero, ¡Sebastián! ¡Si alguien te llega a ver con estas hojas estamos fritos! -dijo Guido en un intento imposible de susurrar y gritar al mismo tiempo.

Sebastián hizo caso omiso a las advertencias de su amigo. Colocó las hojas en la carpeta, y volvió a meter la mano en sus pantalones, o mejor dicho, en sus calzoncillos.

-Hice una copia para vos también -susurró al tiempo que extraía un puñado de papeles similares a los anteriores-. Podemos quedarnos sin hacer nada y esperar hasta el recreo mientras los demás se matan escribiendo.

Guido no supo como reaccionar ante la situación, y se limitó a observar a su amigo. Éste se hallaba dedicado a la tarea de aplastar las hojas de papel contra su silla para plancharlas un poco. Recordó lo que alguna vez le había dicho su padre:
-“Fijate que tu amigo Sebastián es bueno, pero medio animalito”

La voz de la Señorita Lourdes los paralizó.
-¡Guido y Sebastián! ¿Se están pasando mensajes en clase? Déjenme ver que es lo que tienen ahí.

Los niños nada pudieron hacer cuando la maestra comenzó a leer los papeles en voz alta.
-¿Y ahora que hago? –pensó Guido
La expresión en el rostro de la educadora cambió cuando ésta vio resueltos en unas de aquellas hojas los ejercicios de matemática que planeaba explicar más tarde ese día. Aquello sólo podía significar una cosa: alguien había estado revisando a escondidas su carpeta, el día anterior.

-¿Puede alguno de ustedes dos explicarme lo que esta sucediendo? –exclamó tratando de no perder la calma.
El rostro de Sebastián estaba tan colorado como un tomate maduro.
-Yo… eeeh… Guido… –balbuceó torpemente-. El chocolate…
-Fue todo culpa mía –lo interrumpió Guido-. Ayer, Sebastián me llamó por teléfono para contarme que había conseguido los ejercicios de Matemática, y yo le pedí una copia.
Esa explicación les costaría caro. No obstante, recibir un castigo del Director era preferible a pasar los próximos cincuenta años encerrado en una habitación de paredes acolchadas.

-Debería darles vergüenza –dijo la maestra decepcionada-. Vayan a la oficina del Director y cuéntenle lo que hicieron. Se quedarán castigados hasta que termine el día.
Los niños abandonaron la clase en silencio. Cabizbajos, recorrieron los pasillos del colegio rogando que al Director Giménez no se le ocurriese llamar a sus padres para acordar una reunión con ellos. Eso seria lo correcto desde el punto de vista disciplinario y lógico desde cualquier punto de vista, sí… pero terrible.

-Me parece que estamos metidos en un lío serio -dijo Sebastián suspirando.
Guido no respondió. El hecho de encontrarse congelado en el mismo día del año se le hacía mucho mas grave que cualquier castigo que pudiese imponerle su madre.
-Cuando tu papá descubra que estuviste revisando la carpeta de la señorita –dijo finalmente-, te va a meter preso.
Sebastián sonrió a pesar de los nervios. Detuvo la marcha y se cruzó de brazos.
-Y eso si está de buen humor –replicó-, porque de lo contrario…

La oficina del Director resultaba pequeña en relación al hombre que se desempeñaba allí dentro. Giménez era un hombre de piel oscura, tan alto y recio como una pared. Vestía siempre de traje gris, y su entrecano cabello corto habitualmente se mostraba peinado hacia la derecha. Su imagen era la de un gigante prófugo de algún libro de cuentos, y resultaba atemorizante para los alumnos mas pequeños. Guido y Sebastián, por otra parte, ya no le temían tanto como lo habían hecho alguna vez. Sabían que era noble, justo e inofensivo como un ratón, y que detestaba castigar a cualquiera de sus estudiantes.

Guido levanto el puño derecho para llamar a la puerta, pero Sebastián lo detuvo tomándolo por el brazo.
-Mira quien viene -dijo-. Es el Tortuguita. La Señorita Lourdes debe estar arrepentida de castigarnos.

El Tortuguita se dirigió hacia ellos llevando una sonrisa en los labios. Luego bostezó abriendo su boca tanto como le fue posible.
-¿Venís a rescatarnos del Director? –preguntó Sebastián con un brillo de esperanza en los ojos.
-No -dijo Cesar en tono triste. –Todo lo contrario. Vengo a…
No pudo terminar la frase porque se vio interrumpido por otro bostezo. Restregó sus ojos con ambas manos y se aplastó un poco el cabello. No pudo evitar sonrojarse al darse cuenta de que se estaba quedando dormido, pese a estar de pie y frente a sus amigos.
-Vengo a acompañarlos –dijo finalmente-. La maestra me castigó por quedarme dormido mientras ella dictaba.
Hizo una pausa y agregó:
-La… la interrumpí con los ronquidos.
Los tres niños se miraron los unos a los otros, y rieron resignados. Entonces Sebastián golpeó tres veces la puerta de la oficina.

-No fue mi culpa –dijo César en su defensa-. No pude dormir en toda la noche. Tuve un sueño extrañísimo. Nosotros peleábamos en una iglesia, y un rey… no me acuerdo su nombre. Vetal… Vatel, no importa.

Sebastián y Guido se quedaron atónitos, como lo habían estado haciendo a lo largo de las últimas horas. Se mantuvieron en silencio durante varios segundos, sin animarse siquiera a intentar comprender su situación.

La puerta de la oficina se abrió lentamente frente a ellos, y el Director los invitó a pasar.
-Pasen –les dijo-. Adelante.

V – Llueve sobre mojado

El despertador en la habitación de la madre de Guido sonó correctamente, y el niño se levantó dando un salto. Se sentía lleno de energía, como si hubiese dormido durante una semana entera. Se alegró de encontrarse vestido con el equipo de gimnasia, y sin una gota de pereza procedió a anudar los cordones de sus zapatillas.

-¡Hijo! -exclamó Alicia sorprendida-. Pensé que te iba a costar un poco volver a la escuela después de estos cuatro días de no hacer nada…
Observó al niño durante unos instantes y luego agregó:

-Hoy no tenés clase de deportes, ¿Que hacés vestido así?
-Miércoles veinticinco de Junio -pensó Guido-. Otra vez.
-Yo me voy a preparar el desayuno -dijo ella-. Cuando vuelva quiero encontrarte con el uniforme puesto.

El uniforme constaba de una camisa blanca, corbata y calcetines rojos, pantalones grises, zapatos marrones y un abrigo azul oscuro. Parado junto a la cama, sobre la alfombra, Guido se puso los anteojos y bajó la mirada hasta clavarla sobre sus pies. Se agachó ansioso de ver si su idea había dado resultado.

-Miércoles 25 de Junio -dijo leyendo en voz baja lo impreso en el margen superior de la portada del periódico-. Tengo que mostrarle esto a Sebastián.
Terminó de cambiarse y sacó el chocolate del bolsillo de los pantalones de gimnasia, para ponerlo en el bolsillo de los pantalones color gris oscuro, junto a la portada del diario. Mientras desayunaba, tuvo que escuchar las recomendaciones de su madre acerca de cómo prevenir futuros resfríos y gripes, pero no le prestó mucha atención al discurso.

El autobús llegó como siempre, sin demoras. Sebastián, desde su asiento, recibió a su amigo gesticulando desesperadamente con ambos brazos. La expresión de total desconcierto dibujada sobre su rostro fue todo lo que Guido necesitó para darse cuenta de que ya no estaba solo en aquella locura.
-Tenías razón –susurró Sebastián tratando de que tan sólo su amigo lo escuchase-. ¡Mi mamá me puso el uniforme!
–Mirá -replicó Guido mientras sacaba de su bolsillo la portada del periódico.

Sebastián leyó la fecha y sonrió, presa del nerviosismo. Seguidamente, arremangó la manga izquierda de su abrigo, dejando al descubierto su reloj. Ante la atenta mirada de Guido, presionó un pequeño botón en el costado del artefacto, haciendo que se escuchase lo siguiente:
-“Jueves veintiséis de Junio de…”

Ambos muchachitos se miraron, cómplices de una realidad que los tenía maravillados y confundidos en partes iguales. Fue entonces que una voz los sobresaltó.
-Ese reloj esta mal, hoy no es Jueves, chicos.
-Eeeh… Si, ya lo sabemos -dijo Guido con el corazón casi a punto de escapársele por la boca.

Era Sabrina, la de las trenzas de plastilina y el cuello largo de jirafa. Asomada por sobre el respaldo de su asiento, les había dado un buen susto. Esa chica malcriada y entrometida… ¿Habría escuchado toda la conversación? Por si acaso, sería necesario guardar silencio y hacer de cuenta de que nada ocurría, cuando menos por el momento.

IV – La verdad está allí afuera (III)

Cesar Pagnutti siempre había sido un buen amigo y un excelente alumno. Nunca había tenido problemas con sus compañeros y las maestras encontraban en él a un niño tan encantador como educado. Era también uno de esos habilidosos a quienes todos querían tener cerca y en su equipo cuando se realizaban las competencias deportivas. Y también todos, incluso los miembros de su familia, lo llamaban por su apodo: “El Tortuguita”. Dicho apelativo se lo había ganado gracias a que su vivienda, ubicada en la intersección de dos calles cercanas a la escuela, alojaba en su interior una pizzería llamada “La Tortuga”. Allí vivía junto a su padre “El Tortuga”, su abuela y sus tres hermanos mayores. Nunca llegó a conocer a su madre, que había muerto cuando él era apenas un bebé. Aún así, la extrañaba de vez en cuando. De ella había heredado su piel aceitunada, sus cristalinos ojos y su rizado cabello oscuro. De su padre, por otro lado, había obtenido la pasión que dedicaba a todas y cada una de sus actividades.

Mantener una pizzería funcionando era una labor dura, pero divertida. En la actualidad la mayor parte del trabajo quedaba en manos del Tortuga y del mayor de sus hijos, pero César sabía que su momento de meter las manos en la masa llegaría cuando sus hermanos iniciasen sus estudios universitarios, y lo esperaba de muy buena gana. No obstante, sabía también que su destino se hallaba mucho más ligado a una cancha de fútbol de lo que jamás lo estaría al viejo horno de barro. Durante el día, su vida giraba en torno al fútbol, y durante la noche, sus sueños también. En ellos se convertía en héroe al marcar el gol de la victoria, y recibía la copa del Mundo, la cual levantaba con ambos brazos mientras que sus compañeros de equipo lo sacaban en andas.

El Tortuguita no pudo dormir durante la noche del miércoles veinticinco de junio, y culpó de ello a sus pesadillas. Al llegar la mañana, solo recordó haber peleado una increíble batalla acompañado de sus amigos Guido y Sebastián, pero no supo como fue que lo había hecho. Camino a la escuela, sintió un ligero escalofrío al rememorar el rugido de aquella extraña bestia cuya respiración aún resonaba en sus oídos, con un sonido perturbador y demasiado real.

IV – La verdad está allí afuera (II)

Guido casi no saboreó el almuerzo. Finalmente había comprobado que por alguna razón, no todos los eventos ocurrirían de la misma manera en la que lo habían hecho anteriormente. Terminó por creer que allí se encontraba la respuesta a todo el misterio.
-¿Por qué el chocolate del sueño no volvió a aparecer como todas las otras cosas? –se preguntó a si mismo una y otra vez.
Siguiendo sus predicciones, observó pacientemente el reloj pulsera recibido en su onceavo y último cumpleaños, hasta que sonó el teléfono. Era Laura, obviamente. Guido mantuvo con ella la misma conversación del día anterior.

Tenía que entender lo que estaba sucediendo. A sabiendas de que dicha tarea necesitaría de toda su atención, optó por no distraerse con lo que pudiese ofrecerle la televisión. Acomodó su sillón hasta ubicarlo dentro de su habitación, frente al escritorio. Luego manoteó un cuaderno, y le arrancó un par de hojas. Lápiz en mano, se dispuso a resolver todo aquel asunto como si el mismo se tratase de un ejercicio práctico encomendado por la Señorita Lourdes.
Creyó que no sería mala idea llamar a Sebastián. A fin de cuentas, su amigo se hallaba mucho más inmerso de lo que él jamás lo estaría en las cuestiones del esoterismo. Se recostó en el sillón y levantó el auricular. El teléfono sonó varias veces antes de ser atendido.

-Hola…
-Hola Sebastián. Soy yo, Guido.
-Hola Guido. Estaba seguro de que eras vos el que llamaba –dijo Sebastián bostezando-. ¿Encontraste alguna explicación para el problema del chocolate?
-No. Por eso te llamé. Necesito que me ayudes a pensar, no quiero olvidarme de nada.
-Voy a hacer lo posible –dijo Sebastián-. Tengo que devolverte el favor.
-¿Qué favor?
Sebastián se quedó callado durante algunos segundos.
-Anoche soñé que me salvabas la vida –dijo finalmente.
-Eso fue un sueño –replicó Guido-. Pero el chocolate es de verdad.
-La bestia de mi sueño también era verdadera –dijo Sebastián-. Y el Alfil y la Catedral también eran verdaderos.

De no haber estado sentado, Guido seguramente se habría caído al suelo otra vez. Tenía la boca paralizada. Cuando recuperó el control de sus labios, creyó que sería conveniente que se tomase unos cuantos segundos para ordenar sus pensamientos. Eso llevó a Sebastián a preguntarse si todos los golpes sufridos por su teléfono inalámbrico habrían hecho mella en el mismo.

-Guiiidooo… ¿Estás ahí? Holaaa…
Guido respiró profundamente antes de responder.
-Si –dijo-. Pero, ¿Vos soñaste con una pelea en una catedral?
-Si –dijo Sebastián-. Pero no fue un sueño, fue una pesadilla. Un tipo llamado Vatel…
-Vatel era el dueño del Alfil. Nosotros teníamos que ir a buscarlo, pero no podíamos hacerlo porque estabamos ocupados peleando.

Esta vez fue Sebastián, y no Guido, quien pudo sentir toda su piel erizarse a causa del miedo. Un miedo que ni siquiera un ejército de fantasmas podría haber despertado.
-Me estas asustando, Guido –le dijo-. Hay mucha gente que adivina el futuro, pero…
-¡Pero nada! –respondió Guido poniéndose muy serio-. ¡No estoy adivinando! ¡Yo también soñé con una pelea en una catedral!
Hizo silencio durante unos instantes que a oídos de ambos parecieron interminables, y luego agregó:
-Pero lo soñé ayer, antes de que todas estas cosas raras comenzaran a suceder.
-¿Qué está pasando? –preguntó Sebastián consternado-. Vatel no es un personaje de la televisión, ¿No?
Guido dedicó varios segundos a analizar esa posibilidad.
-No, no puede ser –respondió pensativo-. Pero tengo el presentimiento de que este sueño tiene mucho que ver con el asunto del chocolate.

Sebastián comprendió lo que su amigo quería decir con esas palabras. Palideció ante la posibilidad de que aquella cruel pesadilla fuese en realidad, una señal de alerta. Un aviso de que se encontraba próximo a vivir el mismo día, por segunda ocasión.

-Tal vez –dijo-. Pero, ¿Qué podemos hacer para darnos cuenta?
Guido se tomó la cabeza con ambas manos, y la sacudió en busca de una respuesta a la pregunta hecha por su amigo. Luego tomó el pequeño chocolate que tantos dolores le había causado. Trató de descubrir las razones que habían permitido que aquella golosina lo acompañase a lo largo del Miércoles repetido, pero no tuvo éxito. Alguna particularidad tendría, o de lo contrario, se habría esfumado de la misma manera en que lo habían hecho los apuntes acerca de las criaturas mitológicas, y el dinero en la billetera de Raúl. Por un instante, y antes de confesar su estrategia, Guido sintió que un Dios Todopoderoso se hallaba jugando con su salud mental.

-Sabemos que hoy es miércoles –dijo-. Mañana vamos a tener clase de deporte. Antes de acostarme, voy a ponerme el uniforme de gimnasia, y voy a guardar el chocolate dentro del bolsillo de los pantalones.
-¡Tu mamá se va a volver loca cuando vaya a despertarte! –le replicó Sebastián con razón.
Y tras unos instantes de silencio agregó:
-¿Y yo no tengo que hacer nada?
-Si –respondió Guido-. Tenés que seguir guardando el secreto.
-Ah, eso es fácil. No quiero ir al manicomio.
A través del auricular, Guido pudo escuchar que la madre de su amigo murmuraba algo, en un tono casi imperceptible.
-Mi mamá quiere usar el teléfono, Guido –dijo Sebastián-. Voy a tener que colgar. Hasta mañana.
-Chau –dijo Guido-. Nos vemos en el autobús.

Y colgó. Ya no estaba asustado de haber vivido dos veces el mismo día. Por otro lado, también había encontrado un método infalible para comprobar si el día se repetía una vez más. Salió de su habitación y se dirigió a la cocina, donde su madre estaba preparando unas galletas.
-Mamá -le dijo-, ¿Compraste el diario de hoy? Lo necesito para terminar mi tarea de la escuela.
-Está sobre la mesita negra –le respondió ella–. No tuve tiempo de leerlo.

Guido cenó copiosamente y miró un poco de televisión antes de acostarse. Durante la noche no soñó con la pelea. Tampoco soñó con Vatel o el Alfil. Debería esperar para ver si desaparecía el chocolate, o si el día se repetía nuevamente. Mientras tanto, llevaba plegado dentro de uno de sus calcetines algo que definitivamente echaría luz sobre el asunto.

IV – La verdad está allí afuera

Guido se arrojó sobre Sebastián como si éste hubiese sido la última cantimplora de agua fresca en todo el desierto.

-Sebastián -dijo conteniendo la respiración-. Escuchá lo que tengo que contarte.
-Está bien –dijo su amigo limpiando su nariz con un pañuelo desechable-. Pero antes de hacer cualquier otra cosa voy a comprar algo para comer. ¿Querés que te traiga algo del quiosco?

Guido no respondió. Un escalofrío recorrió su cuerpo, comenzando en la punta de sus cabellos y terminando en el dedo meñique de su pie izquierdo. Sin hacer el menor ruido, y ante la atenta mirada de su amigo, metió la mano dentro del bolsillo derecho de sus pantalones sabiendo y temiendo, por alguna extraña razón, lo que iba a encontrar allí. Se puso pálido, y con voz temblorosa murmuró:

– El… el chocolate.
-¡Hey! ¡¿Qué te pasa?! -preguntó Sebastián, asustado al ver a su amigo desplomarse de rodillas.
-Nada –dijo Guido poniéndose de pie-. Por favor, te lo pido, no le digas nada de esto a nadie, y acompañame.
Sebastián seguía asustado.
-Pero –dijo tomando a su amigo por un brazo-, ¡Te caíste! ¡Creí que te habías desmayado o algo así! ¿Estás bien? ¿Querés que llame a la Señorita Lourdes? Tenemos que ir a la enfermería.
-Estoy bien –dijo Guido-. Esto no tiene nada que ver con la gripe, no te preocupes. Cuando escuches lo que estoy a punto de contarte, me vas a entender. ¿Puedo contar con vos?
Sebastián no necesitó pensarlo dos veces.
-¡Por supuesto, Guido! –exclamó-. Pero si te caes una vez mas, se lo voy a contar a la Señorita Lourdes, a tu mamá, a tu papá, al Director y al que se me cruce en el camino ¿Entendiste?

Se dirigieron entonces a un reparo del patio cubierto, donde aún se estaba desarmando el escenario sobre el cual se había celebrado el acto de Bienvenida al Invierno, siguiendo la iniciativa de los pequeñuelos de Jardín de Infantes. Se sentaron al costado de la escenografía y entonces Guido confesó todo lo referido al día vivido anteriormente. No dejó escapar el más mínimo detalle, e incluyó en su historia eventos aparentemente secundarios, como el desayuno compuesto por un sándwich, bocadillos y galletitas. Su amigo, mientras tanto, se frotaba la cabeza de costado, en un gesto que Guido había presenciado muchas veces cuando ambos tenían que estudiar para rendir un examen. Sebastián creía fervientemente en la existencia de adivinadores de futuros tanto ajenos como propios, como así también en los fantasmas, las casas embrujadas, la vida extraterrestre y todos los misterios no resueltos. Eso favorecía en algo a Guido, pero no quitaba la posibilidad de que Sebastián se lo tomase todo a broma, y se echase a reír.

-Creo que tuviste un sueño premonitorio –dijo Sebastián-. No se me ocurre nada más.
-Yo pensaba lo mismo, hasta que encontré el chocolate.
-¿Y si te volviste loco? Eso lo explicaría todo.
-No estoy loco –dijo Guido con rostro severo.
-Todos los locos dicen lo mismo –dijo Sebastián haciendo muecas con los labios-. Pero, ¿Estás seguro de que no tenías ese chocolate desde antes?
-Nunca estuve tan seguro de algo en toda mi vida.
-Estuviste muy enfermo, y la fiebre…
-¡Esto no tiene nada que ver con la fiebre!
-¡Está bien! No se porqué te enojás conmigo, si el que está loco sos vos…
-¡Por favor, Sebastián! ¡Esto no es una broma!
-Te creo, te juro que te creo. Pero no sé que pensar.
-Esto es un secreto entre nosotros dos –dijo Guido poniéndose muy serio-. No podés contárselo a nadie.
-¿Y quien me lo va a creer? –replicó Sebastián.
Luego, poniéndose de pie agregó:
-Quiero que te quedes acá sentado mientras voy al quiosco a buscar algo para comer. Si vuelvo y no te encuentro, grito. ¿Entendiste?

Guido exprimió su cabeza a más no poder, sin obtener resultados satisfactorios. Cualquier explicación medianamente razonable a todo el embrollo, se hacía pedazos cuando era enfrentada con aquel chocolate adquirido en el auto de su padre el día anterior. Necesitaba un plan. Lo único que podía hacer era esperar y ver si el resto del día transcurría de acuerdo a su memoria.
Sebastián regresó rápidamente, todo despeinado como casi siempre, con un envase de jugo en una mano y un sándwich de queso en la otra. Un segundo bocadillo venía atorado en su boca, y parecía dificultar su respiración. Guido echó una mirada a su alrededor, y sus ojos se cruzaron con los de César, que sentado sobre las escaleras que conducían al piso superior, le hizo señas para que se le acercase. Guido respondió a la demanda, y tratando de no modificar la dirección de los hechos, repitió la misma conversación del día anterior. Sebastián, por otra parte, se mantuvo fiel a su palabra. No hizo ningún comentario acerca de lo que Guido le había contado previamente, y tan sólo se dedicó a comerse las galletitas.
-César debe estar muriéndose de hambre –pensó Guido-. Es el segundo desayuno que le roban en veinticuatro horas.

Llegó el mediodía y junto con él, el fin de una jornada de estudio idéntica a la que Guido recordaba haber vivido horas atrás. De pie sobre el zaguán, el niño elevó la mirada deseoso por ver si su padre pasaba a recogerlo una vez mas por el colegio, y Raúl no lo decepcionó. El recorrido y el intercambio de palabras no variaron en lo más mínimo, pero el desenlace del viaje fue distinto gracias a un pequeño detalle que Guido había estado esperando con especial interés.
-Creí que tenía algún dinero para darte –murmuró Raúl extrañado mientras revisaba su billetera por dentro y por fuera-. Pero parece que lo gaste en otra cosa sin darme cuenta.
-No hay problema, papá, tengo bastante ahorrado- respondió el niño.

Sonriendo, estrechó a su padre en un fuerte abrazo. Luego se estiró hasta alcanzar los asientos traseros del automóvil, a la vez que sostenía una mano en su bolsillo. Tal y como se lo esperaba, sin importar cuanto buscó dentro de las bolsas de golosinas, no pudo encontrar aquel chocolate.

III – El chocolate

-¡Guido, nos quedamos dormidos y el autobús ya llegó! No se que le habrá pasado a este despertador de porquería -exclamó Alicia golpeando suavemente el artilugio contra su pierna-. ¿Estarán falladas las pilas? Acá tenés algo de plata para que puedas comprar algo en la escuela, pero ¡Rápido!

Guido se vistió con ayuda de su madre, medio a los tropezones, y a duras penas si llegó a guardar en su mochila los cuadernos que se hallaban desparramados sobre el escritorio. Se demoró un poco debido a que no quiso olvidarse de nada, pensando en aquellas ocasiones en las que había tenido que llamar a su padre para que le alcanzase los libros. Se preguntó cómo era posible que Sebastián aún fuese su compañero de curso, considerando que éste extraviaba la mitad de sus libros y casi todos sus útiles ni bien comenzado el periodo escolar.
-¡Ya va, Jorge! –gritó Alicia al escuchar el doble bocinazo que indicaba la inevitable partida del autobús-. ¡Esperá un minuto!
-¡No grites, mamá! -replicó Guido-. ¡Asustaste a Leoncio!
El gato respondió a lo dicho por su dueño abriendo sus fauces y soltando un agudo maullido.
-No seas escandaloso –murmuró Alicia dirigiéndose a la mascota-. Tampoco fue para tanto.

Gracias a la benevolencia del conductor, Guido consiguió abordar el autobús. Se ubicó en su asiento de costumbre y se quitó la bufanda.

-Otra vez las mismas caras de todos los días –pensó mientras se llevaba una mano a la boca en un intento por dominar un bostezo-. Todos sentados en los mismos lugares, del mismo autobús, vistiendo el mismo uniforme. El mismo uniforme…
La bufanda cayó al suelo, pero nadie se agachó a recogerla.
-¡¿El mismo uniforme?! –Exclamó Guido poniéndose de pie-. ¡No puede ser! ¡Hoy es Jueves! ¡Mamá se confundió y me vistió con el uniforme!

De manera casi instantánea sintió en el estómago un ligero codazo, que lo obligó sentarse y a voltear la cabeza hacia un costado.

-Hoy no es jueves, hoy es miércoles -susurró Sebastián-. Y más te vale que dejes de gritar, porque quiero dormir hasta que lleguemos al colegio. ¿Entendiste?

Guido vio nublada su razón cuando notó que Sebastián tampoco llevaba puesto su atuendo deportivo. Decidió despejar sus dudas, por lo que apoyándose sobre el borde del respaldo de los asientos, caminó cuidadosamente hasta ubicarse junto al padre de su amigo.

-Disculpame, Jorge ¿Sabés que día es hoy? -dijo restregándose los ojos con ambas manos, y mirando a través del parabrisas.
-Ya sabés que está prohibido pasearse por el interior del micro cuando estamos viajando, Guido. Podría ser peligroso -respondió el conductor severamente.
-¿Pero es Miércoles o Jueves? –insistió el niño.
–Parece que estos cuatro días de descanso te afectaron –le dijo Jorge entre risas-. Hoy es miércoles veinticinco de junio, y lo seguirá siendo hasta que den las doce de la noche.
-¿Estas seguro, Jorge?
-Absolutamente, Guido. Estoy muy seguro. Y si no regresas a tu asiento, voy a enojarme.
Sumido en el más absoluto silencio, Guido, volvió sobre sus pasos y se sentó una vez más junto a Sebastián, tras recoger su bufanda.
-¿Cómo es posible que Jorge me haya dicho eso? –pensó-. ¿No me vió ayer? ¿Estará borracho?

Las cosas cada vez tenían menos sentido.

-Sebastián, despertate –dijo-. ¿Qué te pasa? ¿Por que tenés tanto sueño?
Sebastián clavó sus ojos fijamente sobre su amigo, deseando que éste quedase mudo de allí en más y para siempre.
–No pude dormir bien –le respondió con voz ronca–. Me pasé toda la noche soñando estupideces.
Pese a que el desconcierto lo dominaba, Guido decidió no profundizar mas en el asunto. Se pellizcó el brazo para asegurarse de que estaba bien despierto, y el dolor se hizo presente.
-¿Todo lo que pasó ayer fue un sueño? –se preguntó una y otra vez-. ¿Hoy es miércoles?

Un sueño. Los medicamentos, la fiebre de los días anteriores y las palabras de Jorge y Sebastián reforzaban esta explicación, pero en lo más recóndito de su alma, Guido se hallaba convencido de que ayer había asistido a clases. El problema que se le presentaba era que no podía probárselo a si mismo.

La cantidad de detalles que se repitieron a la hora de formar filas perturbaron a Guido, y estuvieron a punto de ahogarlo en la locura, pero el hecho de que ninguno de sus compañeros de curso estuviese ataviado con ropas deportivas lo tranquilizó. Esa tranquilidad, no obstante duró demasiado poco, teniendo en cuenta lo valiosa que resultaba.
-Veo que ya estás mejor, y eso me pone muy contenta –exclamó la señorita Lourdes estrellando un beso sobre la mejilla derecha del niño-. Bienvenido.
Guido casi puso sentir el ruido que hicieron sus neuronas al colisionar entre sí.

-Eso no fue un sueño común y corriente –se dijo a si mismo tratando de no perder la calma mientras caminaba hasta alcanzar su lugar acostumbrado en el aula-. Yo sabía que ella me iba a besar, pero…
-Hey, Guido ¿Qué te pasa? -le preguntó Sebastián tratando de ganar su batalla contra somnolencia y los bostezos-. ¿Te sentís bien?
-Sebastián, si te cuento algo no me lo vas a creer ni en un millón de años –respondió Guido-. Tuve un sueño en…
-Guidooo -lo interrumpió la Señorita Lourdes elevando ligeramente el tono de su voz-. Lo que tengas que decirle a Sebastián puede esperar hasta que llegue el recreo, ¿No es así?
El niño quiso responder, pero nada salió de sus labios. Para su desgracia, la maestra interpretó aquel gesto como a una negativa.
-Está bien, podés hablar, pero hacelo en voz alta -le dijo-. Si lo que tenés para decir es tan importante, deberías compartirlo con todos nosotros.
Algunas risas se escucharon en el salón de clases.
-No, Señorita -dijo Guido finalmente-. No es nada.

Pero sí que era algo. Era algo grande, demasiado grande como para entenderlo a solas. Aunque trató por todos los medios de ser racional, no pudo evitar sentirse inmerso en algún extraño fenómeno paranormal tan inexplicable como cualquiera que hubiese visto por televisión. Nunca había creído en los fantasmas, profetas, ovnis, videntes o semejantes, pero ¿Y si algo de todo eso fuese cierto? Tal y como se lo había sugerido la Señorita Lourdes, optó por esperar hasta que llegase el primer recreo, decidido a contárselo todo a su amigo Sebastián, con lujo de detalles. Mientras tanto, tenía el pulso muy acelerado, y había comenzado a sudar.

Aterradoramente enterado de que debería tranquilizarse antes de desmayarse, recurrió a un viejo truco que había aprendido leyendo un libro que su prima le había prestado. Inspiró profundamente inflando su pecho y contuvo la respiración durante un par de segundos, tratando de no llamar la atención de los presentes. Luego cerró sus ojos, y poco a poco fue liberando el aire, hasta vaciar sus pulmones. Repitió la operación varias veces, y para su sorpresa, la artimaña rindió sus frutos. Un poco más calmado, abrió la carpeta. Los últimos apuntes copiados llevaban fecha del viernes de la semana anterior. No había nada del lunes, nada del martes, y absolutamente nada del miércoles. Guido supo inmediatamente que debería de haber copiado algo en aquel “sueño”, pero a diferencia de lo que ocurría con el resto de su memoria, los recuerdos referidos a esa tarea se hallaban convulsionados. Ya sin tanto miedo, y agobiado por la intriga, sacó la lapicera y se dispuso a copiar lo que entonces le dictarían.
-¿Alguno de ustedes puede decirme lo que sabe acerca de los dragones? –Exclamó la Señorita Lourdes paseando su mirada sobre sus alumnos-. Vamos, levanten sus manos…

Durante todo el rato que precedió al timbrazo de recreo, la maestra dictó numerosos artículos referidos a todo tipo de criaturas fantásticas y mitológicas. Guido se sintió tan cómodo como un pez en al agua y participó de la clase tan activamente como pudo, aunque la idea de haber tenido un sueño premonitorio tan detallado no se borró de su mente ni siquiera por un segundo.

II – No es difícil aburrirse

Guido disfrutaba mucho cuando Raúl, su padre, lo recogía a la salida del colegio. La idea de que algún día heredaría su calvicie le causaba escalofríos, ya que en las fotos de su padre cuando niño, Guido parecía encontrarse reflejado en un espejo, con su suave cabello castaño prolijamente peinado y sus calmos ojos de color avellana tan carentes de expresión ante las cámaras fotográficas. Raúl y Alicia se habían separado hacía ya varios años, y Guido no tenía muchos recuerdos al respecto, pero cada día que pasaba lo ayudaba a entender un poco más las razones que los habían llevado a hacerlo: lo que a uno le gustaba, al otro le desagradaba por completo. Cuando el niño intentó convencer por todos los medios a su madre para que ésta que le permitiese tener un gato, ella se rehusó, pero su padre le regalo un gato siamés. Alicia dormía solo cuatro o cinco horas por día y andaba siempre apurada y con cara de guerra mundial termonuclear, pero a Raúl le gustaba dormir cada vez que le era posible, y nunca parecía estar alterado. Quizá en lo único en que no mostraban diferencia era en el amor incondicional que ambos sentían por su hijo, junto con el hecho de que ambos lo malcriaban bastante.

Padre e hijo discutieron un poco acerca de todo, hasta que finalmente llegaron a casa. El automóvil se detuvo provocando un suave ronroneo del motor, y Guido se bajó del vehiculo, no sin antes despedirse con un beso. Recibió a cambio una palmada cariñosa en la espalda, además de algún dinero que no tardó en deslizarse hacia el interior del bolsillo derecho de sus pantalones.

–No lo gastes en cualquier cosa, sería buena idea que comiences a ahorrar un poco –dijo Raúl.

Guido llevaba ya bastante tiempo ahorrando para comprar una máquina de videojuegos, pero había procurado mantenerlo en secreto: en pocos meses cumpliría años y sus abuelos y tías eran verdaderos especialistas cuando llegaba la hora de hacerle muy buenos regalos. Manoteó un chocolate que había en unas bolsas provenientes del quiosco, en el asiento trasero del auto, y descendió del vehículo. Cuando cruzaba el umbral de la puerta pudo escuchar a su padre, que con el automóvil ya en movimiento le decía:
-Vas a enojar a tu mamá! ¡Escondé eso o vamos a tener problemas!

Guido guardó el chocolate en el bolsillo derecho, junto al dinero. Con la nariz colorada y entumecida a causa del frío, apenas si pudo sentir el atrapante aroma proveniente de la cocina. Se puso a pensar en que la vida seria mucho mas linda si no existiese el invierno, pero luego rechazó la idea. A fin de cuentas, tampoco era fanático de la primavera que despertaba sus alergias, ni del verano con esos calores sofocantes. Se rió a solas, creyendo que estaba volviéndose tan fastidioso como Sebastián. Tantos años de amistad y acostumbramiento debían de haber tenido su efecto.
Recordó entonces aquellos primeros momentos de niñez compartidos con su amigo. A pesar de que no le costaba demasiado relacionarse con el resto de sus compañeros, no era de andar de amigo con todos ellos.

-Guido, sacate el uniforme antes de sentarte a comer -dijo su madre interrumpiéndole los pensamientos-. No tengo una varita mágica para quitar las manchas de salsa.

Una vez terminado el almuerzo, Guido se desplomó sobre su sillón. Mirar un poco de televisión en compañía de su gato era cosa de todos los días, pero aquella tarde no pudo encontrar una película, serie de dibujos animados o video musical que le gustase. No se cruzó siquiera con un mísero documental sobre alguna tribu desconocida, nada. Muy frustrado, apagó la televisión, y fue entonces que sonó el teléfono.
-Hola –dijo Guido.
-¡Hola, primo! -respondió una voz-. Soy yo, Laura. No te vi hoy en los recreos, pero los chicos me dijeron que volviste después de la gripe.

Guido y su prima Laura no se veían muy a menudo fuera del colegio, pero dentro del mismo era común que se frecuentasen. Ambos gustaban de la lectura, quizás debido a que sus respectivas madres se habían dedicado a regalarles libros desde el momento mismo de sus nacimientos. Laura prefería los cuentos de terror, mientras que Guido inclinaba sus preferencias en dirección a los libros de aventuras e historias de ciencia-ficción.

-Hola, Laura -le respondió-. Si, hoy volví al colegio, pero sigo un poco resfriado ¿Cómo esta el tio Orlando?
-Bien, como siempre, y te manda saludos. Pero el motivo de mi llamada no tiene nada que ver con eso…

Laura se quedó en silencio, y un murmullo proveniente de otras voces femeninas llamó la atención de Guido, que no tuvo que pensar mucho para darse cuenta de que su prima se hallaba acompañada por alguna de sus amigas.

-¿Puedo ayudarte en algo? –le preguntó-. ¿Querés hablar con mi mamá?
Un nuevo silencio se produjo, impacientando al niño.
-¿Podés venir a casa el próximo domingo? –dijo abruptamente Laura-. Las chicas del equipo de voley vamos a festejar que aprobamos todos los exámenes.
-Siempre y cuando yo no tenga que bailar. Ya me conocés.
-¡No seas aburrido! –replicó la jovencita abriéndose camino entre el murmullo que la rodeaba-. No importa, voy a esperarte igual. Podés traer a tus amigos, si querés…

Guido no era tan ingenuo.

-¿Me vas a esperar a mí, o a César? –preguntó.
El murmullo femenino se transformó un conjunto de risas nerviosas que no pudieron ser contenidas.
-¡No seas tonto! -explotó ella al percatarse de que sus verdaderas intenciones habían sido descubiertas-. Vamos a preparar mucha comida, y algunos juegos también.
Guido no pudo argumentar mucho más, y aceptó la invitación pese a no estar del todo convencido. La conversación no se prolongó, pero ese llamado de Laura fue lo único que le sucedió durante toda la tarde. La estufa le proveía a la casa la más agradable de las temperaturas, y justo cuando el niño se estaba adormilando frente al televisor apagado, la voz de su madre resonó por toda la habitación.

-Hijo, te estas quedando dormido –le dijo sonriendo-. Tengo que salir a comprar algunas cosas, pero cuando vuelva no quiero encontrarte tirado en el sillón mientras que el gato llena la cama de pelos, ¿Me entendiste?

El niño asintió con la cabeza y su madre abandonó la casa, abrigada hasta en los pensamientos. Ella era una mujer de carácter fuerte y de muy buen corazón. Tenerla contenta no demandaba un gran esfuerzo: bastaba con estudiar mucho, comer bien y comportarse respetando los buenos modales. Buenos modales que seguramente no aparecían establecidos en el diccionario de aquel caprichoso felino.
-Lo siento mucho, Leoncio –pensó Guido-. Órdenes son órdenes…

Pese a no sentir muchas ganas de irse a dormir, se levantó del sillón y caminó hacia su cuarto. Aún era temprano y no había cenado, pero a decir verdad no tenia hambre. En los instantes que precedieron a que cayese profundamente dormido, echó una mirada sobre el desorden que reinaba en su habitación. Se dio cuenta de que había olvidado pedir la tarea de los días anteriores, y al ver los pantalones de gimnasia colgando de la silla, recordó que el siguiente sería un día duro, como todos los Jueves. La clase de Deporte se hallaba a la vuelta de la esquina, dispuesta a sacudirlo muy temprano en la mañana, pero ¿Dónde habría quedado aquel certificado medico que acreditaba su estado convaleciente? Todos los recursos serían válidos con tal de zafarse de la tortura…

I – Guido (II)

El timbre de entrada sonó, y todos se dispusieron a formar filas. Según creía Sebastián, era preferible ir al final de la fila porque así era posible pasar mas tiempo fuera del aula, entrando algunos segundos después que el resto.

-Me alegra tenerte de regreso, Guido –susurró Lourdes, saludando al niño con un beso en la mejilla–. Espero que la gripe no te haya hecho olvidar todo lo que aprendimos hasta ahora.

Lejos de querer intimidar a los alumnos, la señorita Lourdes era muy amigable y rebalsaba paciencia, explicando una y mil veces cada una de las tareas a realizar, cuando alguno de sus alumnos se lo solicitaba. Pese a ello, podía enojarse bastante cuando lo creía necesario. Sus ojos claros, su brilloso cabello rojizo y su cuidada silueta eran atributos por todos conocidos en la escuela. Tan conocidos como lo era su esposo, el profesor de Educación Física, una temperamental masa de músculos con la cual nadie se hubiera atrevido siquiera a discutir acerca del clima.

Finalmente, floreció el primer recreo. El mas esperado por todos, obviamente. Guido metió la mano izquierda en el bolsillo y saco el dinero que su madre había introducido en él. No tenía pensado gastarlo todo en un solo recreo, pero tenia hambre. Se unió a la fila. El sandwich de jamón y queso se veía particularmente encantador esa mañana: humeante y recién salido del horno, parecía reírse del frío y del invierno. Sebastián mientras tanto ya se había abalanzado hacia los primeros lugares de la fila a fuerza de empujones, para regresar sonriente y victorioso trayendo dos bocadillos en sus manos. Guido estaba seguro de que los mismos serian solo el comienzo. Si se daba el caso de que a aquel demonio de Tasmania con pantalones no le bastase con su dinero para saciarse, ya se toparía con algún compañero de clases llevando un paquete de galletitas dulces, y no se demoraría en encontrar la manera de que éste le convidase algunas.

-¡César! –exclamó el troglodita.

Y pobre de César. Fue él, y no otro, quien se convirtió en un inesperado proveedor de galletitas. Sentado en la escalera responsable de conducir hacia el primer piso a los alumnos de los grados superiores, le hizo señas a Guido para que le acompañase en el desayuno. El recreo terminó en el preciso instante en que Guido disfrutaba del último bocado de su sandwich, a la vez que el aspirante a conductor de autobuses se regocijaba saboreando el relleno de la última galletita. A paso lento, todos volvieron a clase, y la mañana transcurrió según lo previsto: tareas, mas tareas, y el recordatorio de que la evaluación de Historia estaba próxima. El día escolar llegó a su fin, para alivio de todos. Incluso la señorita Lourdes daba signos de querer volver a casa. Los niños conversaron sobre la nueva serie de dibujos animados que se estrenaría en unos días, y acordaron encontrarse durante el fin de semana en casa de Guido para pasar un buen rato mirando alguna película y comiendo pizza. Sebastián se subió al micro a los empujones y desapareció haciéndole reafirmar la promesa de la pizza al pobre Cesar. Éste, como era usual, tuvo que esperar durante unos minutos a su hermano mayor, para que lo acompañase hasta su casa. Guido, por otra parte, no alcanzó a dar dos pasos en dirección al autobús escolar, cuando escuchó el bocinazo característico del automóvil de su padre.

***

-No puedo creerlo Fargo… ¡Lo logramos!
-¡Baja la voz, muchacho! Es… es realmente increíble… ¿Estas herido?
-No… no lo creo, estoy algo mareado, pero eso es todo…
-Tranquilízate, eso es natural. Aquí el flujo es casi imperceptible. La diferencia es superior a la esperada… ¿Lo sientes?
-Un poco, pero no tanto como debes sentirlo tú. No han quedado rastros del portal, ni siquiera su aroma… eso quiere decir que todo sucedió a la perfección, ¿No es cierto?
-Así parece… pero bajo estas condiciones, nos resultará muy difícil regresar. Afortunadamente, tenemos un par de días para acostumbrarnos.
-¡Esto es increíble! ¡Lo que hemos hecho no tiene sentido!
-¡En nombre de los dioses! ¡Cálmate y guarda silencio o despertarás a todos aquí! ¡Nuestra misión no debe ser perturbada!
-De acuerdo, de acuerdo. ¿Y ahora? ¿Hacia dónde vamos? Aún es de noche…
-Allí está la escuela de la cual te hablé, allí lo encontraremos. Las instrucciones que recibimos fueron claras ¿Las recuerdas?
-¡Por supuesto! Pero…
-¿Qué sucede, Royd?
-¿Cómo haremos para reconocerlo?
-Se supone que lo sabremos cuando lo veamos…
-¿Y qué haremos mientras tanto?
-Tú quédate callado y sígueme, yo me ocuparé de disimular nuestra apariencia… y trata de serenarte un poco, por favor.
-¿Y qué nos harán si nos descubren?
-No te preocupes, muchacho, no nos descubrirán. Confía en mí.

I – Guido

-¡¡Guidooooooo!! ¡¡Se esta yendo el micro!! ¡Llevate algo de plata y comprate algo en el colegio, apurate! Y no te olvides de pedir la tarea de los días que faltaste…
-Si, mamá…
-Tratá de pedírsela a César, ya sabes como es Sebastián.
-Si, mamá, chau -respondió un niño mas dormido que despierto.

Guido no llegó a escuchar las ultimas palabras que su madre le dijo antes de casi depositarlo en el autobús escolar, y al subir el segundo escalón del vehículo, tropezó. Alicia inmediatamente suspiró consternada ante la idea de que la falta del desayuno podría haber comenzado a causar efecto sobre el organismo de su mas adorada fuente de orgullo, pero no era realmente eso lo que estaba distrayendo al niño. Sus pensamientos estaban dirigidos en otra dirección: había soñado algo realmente raro durante esa noche. Las miles de horas transcurridas delante del televisor habían hecho verdaderas aventuras tanto de sus sueños cotidianos como de sus pesadillas, pero aquello había sido diferente, de alguna forma.

-Bueno, a veces los sueños son así –pensó para sus adentros.
Llevó su mano derecha hacia su cabeza y se tocó la frente. No tenía fiebre, por lo que la posibilidad de que estuviese delirando quedó descartada.
-Es obvio que no tengo fiebre –murmuró hablándose a si mismo y en voz baja mientras sacudía el polvo de sus pantalones–. Si la tuviese, mamá no me habría dejado levantarme…
No obstante, aquel sueño estuvo rondando por su cabeza durante toda la mañana. O al menos, durante el rato que el autobús demoró en llegar hasta la escuela.

Era miércoles, y su descanso, si es que así podía llamársele al tiempo de reposo, había durado cuatro días. A decir verdad, se había vuelto una costumbre el hecho de que cada año, al comenzar el invierno, una buena gripe lo dejase de cama durante un par de días. Era cuestión obligada soportar la fiebre y los medicamentos, pero según su juicio, valía la pena sufrir un poco con tal de no ir a la escuela. Y no es que a Guido no le gustase ir al colegio, pero le costaba muchísimo tener que levantarse tan temprano todos los días. Podría haber asistido a clases durante la tarde, eso era cierto, pero según palabras de su madre, el día le resultaría mucho mas largo y entretenido teniendo las tardes libres. Y cuando una madre tiene razón, pues bien, tiene razón.

Una vez más, el niño se vio inmerso en la rutina que representaba ir al colegio y ver las mismas cosas todos los días: El mismo chofer que siempre saludaba con el mismo gesto, luciendo el mismo bigote, la misma sonrisa, usando el mismo tono de voz y la misma camisa color canela. Los mismos compañeros del mismo autobús de todos los años, sentados en los mismos asientos… Algunos incluso habían conservado a través del tiempo el mismo corte de cabello, volviéndose inconfundibles. Allí estaba el gordo Sebastián, incapaz de ocultar esa pelambre dorada que lo hacia parecerse a un bombero con su casco amarillo, junto al asiento vacío que el mismo Guido ocuparía esa mañana, no muy lejos de Gustavo, ese presumido que se paseaba siempre con el pelo bien peinado hacia atrás, todo engominado y prolijito, sentado detrás de Sabrina, la niña dueña de dos trenzas que podrían haber sido hechas en arcilla.

Nadie hablaba mucho durante el viaje al colegio y menos aun en invierno, pero Sebastián se las arreglaba para quejarse del frío, de los estornudos de los demás, del precio de las revistas de historietas, de los maullidos del gato de su vecino, de su abuela y de su radio que se prendía a todo volumen a las cinco de la mañana, de las tareas de matemática que seguro le darían para este fin de semana y de todo, todo lo demás. Una verdadera máquina de hablar capaz de mantener despiertos a todos los presentes durante los casi treinta minutos que duraba el viaje hasta el colegio. Bueno, treinta minutos para él, considerando que el suyo era un caso especial al ser Jorge, su padre, el chofer del autobús escolar. Sebastián era un loro parlanchín, evidentemente, pero no por ello mal amigo. Toda su familia venia de una tradición de transportistas: su abuelo era chófer de autobús, su padre y su tío también lo eran, y su padrino manejaba el autobús escolar cuando se enfermaba Jorge. Siempre se prometía a si mismo que alguna vez seria conductor de autobús, y cuando eso sucediese, dejaría subir gratis a todas las chicas rubias. Con el paso del tiempo esa forma de pensar fue cambiando, y el niño finalmente decidió que dejaría subir gratis a las rubias, a las morochas, a las coloradas y en el caso de que las hubiese, también a las peladas. No era muy dedicado, pero tampoco sufría demasiado con sus estudios y era propietario de un ingenio mal aplicado pero de inagotable filo, por lo que resultaba entretenido pasar los ratos con él. Guido le había tomado estima sin saber porqué, pero tampoco se lo había preguntado. Al fin y al cabo, los amigos no se eligen tanto, simplemente aparecen y ya.
Se conocían desde el primer día de clases y aunque no eran muy unidos debido a ciertas diferencias de carácter, cuando surgía algún problema, se mostraban inseparables.

Lo primero que hizo Guido apenas cruzó la puerta fue limpiarse los anteojos, todos empañados debido al maravilloso funcionamiento de los sistemas calefactores adquiridos el mes pasado. En segundo lugar, desabotonó su abrigo, y dedicó algunos pensamientos a comprender las razones que lo obligaban a llevar aquel terrible atuendo de batalla conformado por la bufanda, el abrigo de invierno, el sobretodo escolar y la mochila. Le resultaba imposible no sentirse prisionero dentro toda esa maraña de ropa, teniendo que llevar además las carpetas, cuadernos y lápices de todos los días, a los cuales deberían agregársele las maquetas y proyectos de ciencias, el papel brillante de colores, un envase de pegamento mal cerrado y mil cosas más.
-Me habría gustado seguir enfermo un par de días más –murmuró en tono de broma.

Sebastián pareció no escucharlo, y al tiempo que observaba de reojo un pequeño frasco llevado por uno de sus compañeros, refunfuñó entre dientes:
-Quiero ver como es que me va a ayudar el aparato reproductor del grillo cuando sea chofer…

« Older entries