VIII – De casta le viene al perro (III)

-¡Pero él era un hombre, no un perro! –dijo Sebastián gesticulando histéricamente con las manos.

-Si, pero mi madre no era un perro común y silvestre –respondió Royd-. Mi madre pertenecía a una raza diferente. Al igual que otros fue adiestrada desde su nacimiento aquí, en Kabal; poseía la capacidad de hacer muchas cosas, y una de ellas era hablar y entenderse con las personas como cualquiera de ustedes. Se sentó al lado de mi padre, dejando cierta distancia física entre ellos, y comenzó a conversar con él. Primeros fueron algunos minutos, pero luego llegaron a un punto en el que pasaban casi todo el día hablando. Mi padre le contaba hermosas historias acerca de sus vivencias, y ella las escuchaba con admiración, tratando de alimentar sus esperanzas futuras. Como mi padre no podía ver y apenas se movía, creía que estaba hablando con una mujer común, tal vez alguna hechicera ayudante en el hospital. Un buen día, mi padre le contó a mi madre que ya se encontraba lo suficientemente fuerte como para resistir un proceso mediante el cual recuperaría el don de la vista, para luego regresar a su hogar a terminar de sanar sus brazos y su pierna. Temiendo que mi padre la abandonase, mi madre le suplico al joven mago que la convirtiese en una persona, en un ser humano, para poder cuidar de su amado por siempre. El joven mago no pudo negarse ante el pedido de su fiel compañera, y así fue como mi madre, ya transformada en una hermosa mujer, conoció a mi padre. Él ya se había enamorado de ella. Mi madre no tenia en sus planes contarle su “pasado animal” y así vivieron muy felices durante un tiempo en Valeron, pero en una cálida mañana de un día cualquiera nací yo, y se imaginarán el revuelo que se armó. Aquel joven mago era un dujik, un mago sanador que no poseía los conocimientos requeridos para realizar el hechizo a la perfección.

Imaginando aquella situación, Guido sintió un estremecimiento en todo su cuerpo. El híbrido volteó su mirada y se percató de que los niños habían detenido la marcha para dedicarse a observarlo fijamente y en silencio. Los únicos que parecían no alterarse ante aquella historia eran Maurice y el avechucho a medias desplumado.

-Mi padre se puso furioso y estuvo a punto de marcharse –prosiguió Royd-, pero llegado el momento, entendió a mi madre. Todo se arregló cuando nos trasladamos a Nubillette para instalarnos allí definitivamente. Es una enorme isla ubicada al sur de este lugar.
Sebastián, aún incrédulo, sacudió su cabeza hacia ambos lados, cerrando sus ojos. Royd esbozó una sonrisa y continuó hablando:

-No soy un hombre, pero tampoco soy un perro. Soy una mezcla entre los dos: un híbrido. En mi caso eso se nota a simple vista, pero no siempre es así. Hay muchos núbilos de aspecto completamente humano, y otros tantos híbridos de apariencia completamente animal. Espero que eso no sea ningún problema para ustedes, ya que deberemos seguir juntos por un tiempo. Muchas personas detestan a los híbridos y muy especialmente a los núbilos por ser el resultado de la dilución de la raza humana. Creen que somos impuros, ya que los primeros seres de nuestra clase aparecieron cuando los hechiceros se dedicaron a desarrollar nuevas especies y criaturas en Nubillette, adquiriendo lo mejor de las diferentes razas y combinando esas características con prisioneros y rebeldes, para evitar algunas enfermedades y similares, creando nuevas tropas para las guerras.

Guido escuchó atentamente cada palabra pronunciada por Royd. Su cerebro estaba recibiendo demasiada información desordenada a una gran velocidad, y tuvo que esforzarse para no perder detalle.

-No hay ningún problema Royd, nosotros no discriminamos a nadie –dijo el Tortuguita tratando de encontrar sentido en lo que acababa de oír.

Sebastián se alegró de que la criatura hubiese sabido responder a su pregunta sin sentirse herido. Sonrió al darse cuenta de que la repulsión que la misma le causaba había sido reemplazada por una innegable simpatía.

-No te preocupes –agregó en tono amable mientras daba una palmada sobre la armadura-. Maurice es más raro que vos y desconfiamos de él lo mismo.

Sir Maurice de Valvia giró la cabeza y clavó su mirada sobre el niño, que se quedó en silencio. La vela ardía con fuerza en el interior del yelmo. Royd comenzó a creer que Maurice entendía a la perfección todo lo que se decía en su presencia.

Guido echó una mirada al cielo. Ya no faltaba mucho para que los invadiese la oscuridad, y no tenia muchas ganas de pasar la noche a la intemperie en la ladera de una montaña. Casi por accidente, notó que había dejado pasar un detalle llamativo en aquel firmamento.

-Royd –dijo extrañado-, ¿Se puede ver la…?
Se quedó mudo. Y maravillado ante lo que estaba viendo.
-¿Las lunas? –exclamó volteándose-. ¿Hay dos lunas?

El guía híbrido sonrió, y elevó su mirada al cielo a la vez que decía:
-Es curioso. A mí me pareció increíble que ustedes tuviesen sólo una.

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VIII – De casta le viene al perro (II)

Los birbuits no conformaban una raza específica, sino más bien una religión. Una forma de vida dedicada, generación tras generación, a romper con cualquier tipo de barrera o división entre las especies. Creían fervientemente en la reencarnación, y defendían la idea de que los espíritus viajaban de cuerpo en cuerpo atravesando las formas tanto animales como vegetales, viviendo sucesivamente como todas y cada una de las obras de la creación hasta encontrar una forma física que sería la elegida para repetirse eternamente. Eran especialistas en la crianza de animales y habían desarrollado razas de nuevos especimenes a través de los años, respetando a medias las reglas de la naturaleza y siempre con las mejores intenciones. Los encargados de cuidar de aquellas criaturas lo hacían con un esmero similar al que una madre tendría por su hijo recién nacido.

En el camino que los dirigiría hacia las afueras de la isla, los niños pudieron ver loros parlanchines que charlaban con sus dueños, una mujer que le enseñaba a su pequeña nieta a domar un simpático bonedú, animal parecido a un venado rosa, un grupo de boxeadores practicando con un oso que mediante señas y gruñidos les recriminaba cierta falta de técnica, y cosas así. Las tiendas ofrecían gran cantidad y variedad de pequeños bicharracos como a curiosidades para los no nativos, y no faltaban las mascotas dotadas de un entrenamiento superior. Los animales que sabían hablar y entendían el lenguaje de los humanos eran la mayoría, pero también estaban los seres dueños de naturalezas no tan complejas, como los jumions: graciosos reptiles que mantenían siempre limpia el agua de las piscinas, los simpáticos y peludos cachorros de gillite o las freyas: una extraña mezcla de ave e insecto que funcionaba de la misma manera en que lo haría una paloma mensajera, aunque con ciertas ventajas logísticas que eran aprovechadas por los adolescentes enamorados.

-Aún no han visto nada –argumentó Royd-. El camino que nos condujo a la zona poblada de esta región es apenas una pequeña parte de la reserva.
-Es increíble –dijo Sebastián refregando sus ojos-. Al lado de estos, los animales de la tierra son todos tarados.

Sus compañeros asintieron con la cabeza y siguieron admirando el paisaje, hasta que transcurrido un buen rato de caminata se encontraron con la sorpresa de que Isla Kabal se había terminado. Tanto la aldea como la ciudad habían ido convirtiéndose poco a poco en un manojo de lucecitas lejanas. El terreno se había tornado áspero y los zapatos pesaban cada vez más a causa del cansancio y la dificultad del camino. Ante ellos, un grueso y caudaloso río se presentaba como un problema. Royd extendió una de sus garras en dirección a un gigantesco puente de madera que se vislumbraba dificultosamente a medio kilómetro de distancia.

-Tomaremos ese puente abandonado –dijo-, y cruzaremos al otro lado. Los birbuits no suelen utilizar estos caminos, ya que conducen a las ruinas de Isla Xinu. El lugar solo es visitado de a ratos por algunos buscadores de aventuras y los ciudadanos de Isla Kabal no tienen ninguna necesidad de alejarse tanto de la seguridad de sus hogares. A una hora de caminata estaremos en una posada. La comida allí es deliciosa.

Los niños no pudieron evitar alegrarse ante semejante anuncio. Sebastián estuvo a punto de dar un brinco de alegría al escuchar las palabras “comida” y “deliciosa” en una misma frase, pero se encontraba demasiado cansado como para saltar. Guido entonces recordó que aquel no era un viaje de vacaciones. Debía estar atento, ya que faltaba poco para descubrir la razón de ese misterioso sueño que había estado enloqueciéndolo desde hacía ya mucho rato. Si todo sucedía tal y como Royd lo planeaba, con los estómagos satisfechos y la curiosidad intacta, pronto conocerían a ese tal Altivíades, que prácticamente había organizado su secuestro. Ya no sentía siquiera una pizca de miedo, y la intriga era la única encargada de tomar cualquier tipo de determinación.

-¿Sos un hombre-lobo, Royd? –dijo entonces Sebastián abruptamente-. Tenés cabeza de perro, y sos un poco monstruoso, pero no quiero ofenderte.

Guido creyó que Sebastián acababa de convertirse en el rey de las apreciaciones desubicadas. Sin embargo, decidió escuchar detenidamente lo que el hibrido tuviese para responder. Éste se quitó la capucha dejando al descubierto su canina testa. A continuación suspiró profundamente y preguntó:
-¿No se van a burlar de mi?

Los niños negaron con la cabeza. Las increíbles situaciones que acababan de ver en Isla Kabal parecían haber destruido en ellos la capacidad de asombro.

-Por favor -añadió Cesar-. De donde venimos nosotros, estas cosas parecen brujería.

-Todo comenzó hace unos veinticinco años, más o menos. Por aquel entonces mi padre era un artista, un escritor nacido en Creta Bhali, una provincia neutral en el Continente Central. Cuando se desató la Segunda Guerra Grande, fue llamado a realizar el trabajo de un periodista para documentar todo lo que sucediese en el campo de batalla. Una poderosa bomba de impacto gélido cayó cerca de su campamento, hiriéndolo en ambos brazos, una pierna y en los ojos. Más muerto que vivo, fue capturado y alojado en uno de los fuertes que los mérlidos utilizaban como hospitales y allí pasó todo el año siguiente recuperándose de sus heridas. Había salvado su vida casi milagrosamente, pero al encontrarse ciego e incapacitado de seguir escribiendo, se deprimió mucho y perdió el deseo de vivir. Fue entonces que conoció a mi madre.
-¿Vas a decirnos que tu mamá es una perra? – interrumpió Sebastián.

Guido y el Tortuguita tuvieron que morderse los labios para no reírse.

-Mi madre era un híbrido nacido en Nubillette, asistente de un joven mago enfermero que ayudaba a curar a los heridos a causa de la magia, en el hospital.

Royd hizo un alto en el relato y reflexionó acerca de cual sería la forma más adecuada de explicar el resto de la historia. De no haber sido porque los niños venían de otro planeta, todo habría resultado muy fácil de contar.

-Mi padre pasaba largas horas sentado en el patio del hospital, renegando de su suerte –dijo finalmente-, y allí fue donde mi madre lo vio por primera vez. Ella no supo como, pero se enamoró del joven escritor.

VIII – De casta le viene al perro

Durante las primeras horas de la caminata, acompañados por Maurice y aquel mágico pajarraco que se rehusaba a abandonarlos, los niños arrojaron una incontable cantidad de preguntas sobre Royd, acerca de aquellos misteriosos birbuits de los cuales éste les había hablado. Cuando el camino finalmente los alejó de las colinas y los introdujo en uno de los accesos principales a la ciudad, el interrogatorio se respondió por si mismo. Guido comprendió lo que Royd había querido significar diciendo que Momenta era el “hermano” de la Tierra.

Ambos planetas compartían el aire, la luz, el agua; parecían ser iguales siempre y cuando se ignorasen algunas de las rarezas que transitaban por la Tierra Interior. Y Kabal no escatimaba en rarezas. Por un lado se hallaba la metrópoli, con sus edificios imponentes y sus calles transitadas por mujeres, niños, aparentes hombres de negocios y vehículos muy similares a los automóviles, pero que eran tirados por unos curiosos animales que resultaron ser hammanes, una raza de paquidermos muy utilizada en las tareas rurales debido a su docilidad y longevidad. Por el otro, asomaban unos hermosos prados con establos y corrales que encerraban algunos animales; perros y gatos de enorme tamaño que, según Royd, estaban siendo adiestrados e instruidos en varios idiomas. De haber continuado caminando en dirección al oeste, los niños habrían dado con las inmensas y espectaculares zonas vírgenes otorgadas a los animales salvajes en las Islas Mutton y Kotton, pero el paso les habría sido impedido por los protectores ambientalistas antes de pudiesen poner un pie dentro de las mismas.

-¿No podemos hacer algo para conseguir algún medio de transporte que nos acerque aunque sea un poco a la casa de ese sabio? –preguntó Sebastián algo cansado.

Royd negó con la cabeza.

-Lo siento –dijo-, tendremos que caminar. No hay medios de transporte que lleguen hasta Isla Xinu. El pasaje de Feer es un sendero de montaña, y lo único que podría llevarnos por él sería una de esas carretas como la que viste, pero nos demoraríamos demasiado. Fueron pensadas únicamente para pasear a los turistas.

-¿Como puede ser que no haya nada que se parezca a un auto, o a un avión? –preguntó César.

-Isla Kabal es algo así como un zoológico. Un refugio para las diferentes criaturas inferiores que existen en Momenta –respondió Royd-. Aquí están prohibidos los vehículos artificiales que con sus desechos puedan alterar las condiciones del aire, la tierra y el agua.

Guardó silencio durante algunos instantes y terminó diciendo:

-Pero Momenta pose medios y edificaciones mucho más evolucionados que cualquier cosa que yo haya visto en tu planeta, eso tenlo por seguro.

VII – Momenta (III)

Mientras Royd se dedicaba a recomponer la figura del caballero medieval, los niños decidieron echar a suertes el destino, o mejor dicho, el propietario de los objetos adquiridos. Guido se quedó con la bolsita repleta de esferas metálicas, y utilizando un delgado cordel de seda perdido entre los restos de la exposición, se la echó al cuello. Sebastián se adueñó del bastón que llevaba algunos cristales empotrados, y realizó una mueca de desagrado cuando Royd le explicó que desconocía su funcionamiento. César, por último, se alegró de que el escudo de hueso quedase a su cuidado. El mismo era liviano y se adaptaba cómodamente a su brazo.

-¿Para que necesitamos todas estas cosas? –preguntó César-. ¿Estamos preparándonos para una pelea?

Guido contuvo la respiración durante un instante. Aquel sueño que habían tenido y que ahora le resultaba tan borroso y difícil de recordar en detalle, incluía una batalla en un extraño lugar, pero ¿Cuál sería la relación entre este sueño y la realidad que ahora le tocaba vivir? Si para desentrañar el misterio debía visitar la casa de ese tal Altiviades o como se llamase en cualquier otro planeta, se encontraba más dispuesto que nunca a hacerlo. Se sumergió en los ojos de César y Sebastián y se percató de que sus amigos sin decir una palabra y en una suerte de silencioso pacto secreto, estaban pensando exactamente lo mismo.

-No se preocupen niños, Isla Kabal no es un lugar peligroso si sabemos tomar los caminos, y yo me encargaré de eso –respondió Royd.

Luego, apuntando con una de aquellas mágicas velas hacia la gigantesca armadura ahora perfectamente ensamblada exclamó:
-¿Creen que funcionará?
Si alguien le hubiese realizado la misma pregunta una semana atrás, Guido no habría respondido de la misma manera.
-Creo que si, pero, ¿qué pasa si se apaga?

Royd corrió unos pasos hasta alcanzar al pajarraco, y cuando por fin pudo capturarlo, sopló enérgicamente hacia la llama varias veces. La misma se sacudió, pero no se apagó.

-Ni el agua ni el viento podrán apagar esta llama. Solo el tiempo o algún hechizo serian capaces de dar cuenta de ella –respondió Royd–. Cuando la cera se consuma, el espíritu deberá irse aunque no quiera hacerlo. Creo que funciona de esa manera.
Leyó para sus adentros las escrituras talladas sobre la superficie de la vela y la depositó prolijamente sobre una placa ubicada dentro del yelmo de la armadura. Tras envolver el resto de las velas dentro de su envoltorio original y cerrar el yelmo, exclamó:
-¡Janckar Surg Spiritut!

El chispazo se repitió, pero en esta oportunidad el hocico de Royd se hallaba a una buena distancia. Con un aterrador crujir metálico, la armadura dio un paso hacia adelante y levantó sus brazos sobre su cabeza, en un movimiento que acentuó aún más su aspecto de gigante. Arrojó un terrible golpe con su espada y se detuvo a tan solo un centímetro de la nariz de Sebastián, que tartamudeando sólo pudo decir:
-Ho… hola.

César y Guido, caminando en círculos, observaron extasiados la armadura. La misma había recuperado su apariencia de estatua y la llama de la vela resplandecía vigorosamente a través de las ranuras del yelmo.
-¿Entenderá si le hablamos? –preguntó Guido.
La armadura no emitió sonido alguno, pero la llama proveniente de la vela pareció explotar.
–Si va a venir con nosotros deberíamos ponerle un nombre –dijo César.
Sebastián, ya recuperado del susto, murmuró:
-Tiene que ser un nombre de caballero… ¿Qué les parece “Arturo”?
La armadura echó una mirada de costado y pareció congelarse frente al niño.
-Creo que Arturo no va a ser –dijo Sebastián tragando saliva.
Luego, observando los objetos a su alrededor, agregó:
-¡Ya lo tengo!

Con gran entusiasmo comenzó a revisar los restos de la frustrada exposición del museo. Guido y César adivinaron las intenciones de su amigo y lo ayudaron separando los carteles identificadores del resto de la basura.

-¡Este debe ser! –exclamó Sebastián extrayendo un rectángulo de papel prolijamente encuadrado-. Réplica de la armadura perteneciente al periodo… blah, blah, blah… ¡Sir Maurice de Valvia!
La armadura crujió nuevamente al recuperar su posición marcial, y tras envainar la brillante espada cruzó su brazo derecho sobre su pecho.

-Parece que le gusta, o al menos reconoció el nombre –dijo Royd–. Lo llamaremos Maurice. Y pongámonos en marcha, porque sería bueno llegar a casa de Altiviades lo antes posible y para ello deberemos movernos con ligereza. Las afueras de Isla Kabal pueden convertirse en un lugar inadecuado para los viajeros cuando cae la noche.

-¿Quién se va a atrever a hacernos daño con semejante guardaespaldas? -preguntó César señalando a Maurice.

-Esperemos no tener que necesitar de su protección -respondió Royd echando a andar-. Isla Kabal siempre ha funcionado como un gigantesco centro de atracción debido a sus peculiares habitantes y actividades, y es continuamente visitada por personas provenientes de diferentes ciudades y reinos. Eso despertó la atención de algunos delincuentes que salen a aprovecharse de quien sea. Si no logramos llegar a destino antes de que anochezca, desviaremos un poco nuestro camino hasta alcanzar una posada birbuit, y allí pasaremos la noche-
-¿Birbuit? ¿Qué es eso? -preguntó Guido tratando de no disminuir el paso.
-Los birbuits son los adoradores de la serpiente blanca, los creyentes en la teoría del Espíritu Viajero –respondió Royd desconcertando a los niños con toda calma-. La población predominante en Isla Kabal. En su mayoría son núbilos, humanos y mérlidos. Han desarrollado la capacidad de entenderse con casi cualquier criatura viviente.

Sebastián echó una mirada sobre el Tortuguita, y luego sobre Guido.
-Cosa de locos –dijo tomando su cabeza con ambas manos-. Cosa de locos.

VII – Momenta (II)

-¿La casa de Altiviades? –preguntó César.

Royd recogió su túnica y volvió a cubrirse con ella. Luego se puso sus guantes y sus botas. Había recuperado aquel aspecto siniestro que tanto había asustado a Sebastián.

-La casa de Altiviades está ubicada en Xinu, el lugar donde deberíamos haber aparecido -respondió-, pero Fargo debe haber tenido algunos problemas para conducir el portal y eso hizo que aterrizásemos aquí en Kabal, una de las Islas pertenecientes al archipiélago de los Cinco Sentidos. Pero eso no es problema, yo crecí en estas tierras. Podremos orientarnos sin ninguna dificultad, solo debemos ubicar el pasaje de Feer.
Hizo una pausa y agregó:
-¿Podrían ayudarme a buscar un envoltorio de color rojo? Tiene que estar por aquí.

Guido guardó la gema en su bolsillo, junto al chocolate. Asintió con la cabeza y con cierto disimulo, hizo señas a sus amigos para que se le acercasen.

-¿Y ahora que hacemos? -preguntó Sebastián en voz baja-. ¿Salimos corriendo? No va a poder agarrarnos a los tres. Uno de nosotros tiene que sacrificarse… ¿Quién se ofrece como voluntario?
El Tortuguita se opuso a dicha idea.
-No –dijo rotundamente-. Tenemos que pensar en otra cosa. ¿A dónde vamos a ir si no tenemos idea de dónde estamos?
-Yo creo que deberíamos ir con él a la casa de Altiviades –murmuró Guido-. No se ve como un asesino ni nada de eso.
-¿Estás hablando en serio? –preguntó Sebastián-. ¡Ese perro es la cosa más rara que vi en mi vida!
-¡Eso no importa! –replicó Guido tratando de convencer a sus amigos-. No podemos hacer otra cosa. Al menos, por ahora.
-Tenés razón –dijo César muy convencido-. Vamos a seguirle la corriente.

En caso de que aún fuese a realizarse, la exposición del museo sería un verdadero fracaso. Casi todos sus componentes habían sido absorbidos por el remolino, viajando junto con Royd y los niños. Debajo de una colosal máscara indígena, Sebastián halló lo que la criatura estaba buscando. Parecía ser un extraño paquete de paño color bermellón sujetado con cordones de cuero.

-¡Tuvimos suerte! –exclamó Royd al recibirlo-. Parece que está intacto. Vamos a ver lo que Fargo preparó para nosotros.

Una vez cortadas las ataduras y desplegado el lienzo, los niños pudieron observar diferentes objetos: un curioso bastón con unas pocas gemas incrustadas, algunas rústicas velas confeccionadas con cera de colores, una pequeña bolsita de tela conteniendo esferas metálicas y por último, un diminuto escudo de hueso del tamaño de un plato.

-Fargo debe creer que soy un mérlido -exclamó Royd con una expresión de desconcierto en su rostro-. ¡No recuerdo como se usaban todas estas cosas!

Guido tomó una de las velas y la examinó cuidadosamente, con cuidado de no romperla. Daba la impresión de ser muy vieja y frágil, y llevaba sobre su superficie ciertas inscripciones que los niños no pudieron descifrar.

-¿Entendés lo que dice? –preguntó Guido al tiempo que le entregaba la vela a Royd.
–Pueden ser las instrucciones –exclamó Sebastián.
-Está escrito en mérlido, el idioma de los hechiceros -respondió Royd sujetando la vela por su base y acercándola a escasos centímetros de su rostro-. No lo entiendo, pero creo que puedo leerlo.

Los niños mientras tanto se dedicaron a revisar los diferentes elementos con el fin de encontrarles una utilidad.
-Si no me equivoco, aquí dice: Recalium – murmuró Royd-. Sí, así es. Recalium Surg Spiritut
Inmediatamente, una llama se encendió y lo quemó en la nariz. La vela cayó sobre el césped y allí se mantuvo, chisporroteando indiferente a lo que sucedía a su alrededor.
-¡Magia! -exclamó César-. ¿Vieron eso?

Los niños se acercaron a la vela, y Guido la recogió con cuidado de no quemarse. A su lado, Royd frotaba su hocico suavemente y maldecía en voz baja.
-¿Y esta vela para que sirve? –preguntó Guido.
-Soy un imbécil –respondió Royd-. Esa vela lleva encerrado en su interior un espíritu que ha sido capturado por un sacerdote mérlido.

El previsible silencio que obtuvo como respuesta lo obligó a extender su explicación.
-En ocasiones –dijo-, cuando algo o alguien muere, el espíritu se rehúsa a abandonar este mundo y puede adoptar distintas formas para quedarse. Esta es una de ellas. Necesitan de algo que les permita volver a vivir, de alguna manera. Miren esto…

Royd tomó el pájaro embalsamado al cual ahora le faltaban algunas plumas, y dejó caer unas gotas de cera caliente sobre el mismo a fin de poder adherirle la vela. El avechucho pareció despertar de un antiguo sueño dando un estridente graznido similar al de un pato. A continuación, intentó echar a volar un par de veces, pero carente de plumas, debió contentarse con tan sólo un revoloteo entre los niños que no salían de su asombro. Desanimado, se dedicó a picotear la hierba bajo sus patas.

-¿Es algo así como un fantasma embotellado? –preguntó Sebastián observando la vela.
Aquel comentario provocó pequeñas risas nerviosas entre sus amigos.

-Creo que deberías verlo como magia embotellada –respondió Royd–. Los mérlidos y el resto de los seres mágicos son los únicos que pueden realizar hechizos verdaderos cuando se conectan con la energía que proviene de Momenta.
-¿Un mérlido? –preguntó Guido.
-Fargo –continuó diciendo Royd-, aquel anciano de barba que se encargó de conducir la abertura para nuestro viaje entre dimensiones, allí en la Tierra, es un mérlido. Y uno bastante poderoso.

VII – Momenta

Cuando Guido abrió sus ojos, la realidad se le presentó de una manera muy diferente a la que lo tenía acostumbrado. En su cabeza aún convulsionada a causa de vaya a saber uno que extraño proceso, las ideas se abofeteaban las unas a las otras sin dejar nada en claro. Su puño todavía encerraba aquella gema misteriosa a la vez que lucía algunos raspones causados por los fragmentos de vidrio. A su lado y en iguales condiciones yacían Sebastián, César y el encapuchado que los había arrojado dentro de aquel estruendoso y pegajoso remolino. Innumerables objetos originariamente destinados a formar parte de la exhibición se hallaban esparcidos alrededor y, por qué no, sobre ellos.

Tosiendo, el Tortuguita quitó de su boca algunas de las plumas que se habían desprendido de un ave embalsamada. Arrojó ésta hacia a un costado y echó una mirada al cielo. Se sorprendió al ver que el mismo se hallaba completamente despejado y teñido de un muy agradable color turquesa. Sebastián por otro lado tuvo que forcejear un poco para quitarse de encima la pierna derecha de la armadura. Seguidamente llenó sus pulmones con una buena cantidad de aire tratando de controlar las náuseas que lo acosaban, y dio gracias de estar vivo. Acostados sobre lo que parecía ser una verde loma en lo alto de un camino abandonado, aquellos niños podrían haberle formulado un millón de preguntas distintas a su misterioso acompañante.

Guido se puso de pie con cuidado de no apoyarse por accidente sobre los afilados trozos de cristal que lo circundaban.
Todo aquello había sucedido realmente…
-¿Dónde estamos? –dijo mientras se acomodaba sus anteojos-. ¿Qué fue lo que pasó?

El encapuchado no respondió inmediatamente, sino que primero alzó su cabeza y observó los alrededores durante varios segundos. Debió de haber visto algo que le causó mucho agrado porque de lo contrario no habría dado semejante grito de inconfundible júbilo. Mediante una prodigiosa cabriola se deshizo ágilmente de sus guantes, sus botas y la túnica que lo cubrían, dejando al descubierto su legítima apariencia. Visiblemente emocionado, propinó una buena serie de puñetazos y patadas al aire.

-¡No puedo creerlo! –gritó-. ¡Otra vez en casa! ¡Lo logramos, Fargo! ¡El portal se…!
Hizo una pausa y agregó extrañado:
-¡¿Dónde estás, Fargo?!

El aturdimiento fue el único responsable de que Sebastián, Guido y César no echasen a correr cuando la túnica cayó al piso. Si alguien los hubiese obligado a describir la criatura que tenían frente a sus ojos, los habría puesto en un aprieto. Estuvieron tácitamente de acuerdo en que la misma era algo así como un hombre-lobo, aunque definitivamente mucho mas agradable que los que habían visto en más de una película de terror. Su cabeza era la de un perro esquimal o un coyote, y sus ojos eran celestes y calmos. Su contextura física era la de una criatura atlética, de buena estatura y musculatura poderosa. Llevaba un par de gruesos brazaletes finamente decorados y estaba vestido con unos pantalones anchos como los usados por los deportistas. Los mismos se encontraban repletos de bordados e inscripciones extrañas. El pecho estaba desnudo, y sobre el blanco pelaje más leyendas habían sido tatuadas o marcadas. Sus manos no eran precisamente manos como las de cualquier persona y parecían ser más bien garras bestiales. Tenían sólo cuatro dedos, y se encontraban cubiertas por un fino pelo blanco que contrastaba deliciosamente con el renegrido pelaje de sus espaldas.

-¿Fargo?

Antes de que Guido pudiese hacer cualquier cosa, la criatura se paró frente a él. Parecía estar en cierta forma avergonzada de su propio comportamiento.
-Siento mucho haber tenido que traerlos hasta aquí sin su consentimiento –murmuró realizando una pequeña reverencia-. Mi nombre es Royd Garmur.

Los niños se miraron entre sí. Guido hizo entonces lo primero que se vino a la mente y tras guardar la gema misteriosa en un bolsillo, extendió gentilmente su mano derecha hacia adelante con ánimos de estrechar la garra de la criatura.

-Yo soy Guido –dijo-. Ellos son César y Sebastián.
Éste último alargó su brazo hasta tomar el de Guido y lo sacudió con fuerza, sin quitar los ojos de encima de la criatura.
-Es un perro –susurró-. Es un perro…
-¿Dónde estamos? -insistió el Tortuguita-. ¿Qué pasó con el Director?

Royd estudió el semblante de los niños con rostro impasible. Era obvio que no tenía pensado hacerles ningún daño o de lo contrario ya podría haberlo hecho.
-Los dueños de las apariencias que pedimos prestadas están a salvo –dijo-. Despertarán en poco tiempo y no recordarán nada de lo sucedido.
Realizó una pausa y señalando el horizonte agregó:
-Ya no estamos en la Tierra. Hemos llegado a Momenta.
Sebastián se vio sacudido por una oleada de temor.
-Tiene que ser otro sueño –dijo dejándose caer de espaldas sobre el verde césped-. ¿Eso quiere decir que ya no estamos en la Tierra? Primero Vatel y ahora esto…

Royd hizo una mueca de sorpresa que cambió por completo la expresión en su rostro. Algo inquieto, continuó hablando.
-Momenta no es un sueño –dijo-. Es la Tierra Interior, el planeta hermano de la Tierra que ustedes conocen. Y Vatel tampoco es un sueño. Es el rey de Elvoréntis. ¿Cómo es posible que sepan acerca de su existencia?

Guido reflexionó durante unos instantes ante aquellas palabras pero no logró comprender su significado. La primera impresión de Sebastián había sido la correcta: el vórtice no había sido otra cosa más que una puerta a otra dimensión. En su pecho, la curiosidad comenzó a latir más fuertemente que el miedo.
-El sueño…

Sebastián, lejos de incomodarse por el hecho de ser indiscreto, exclamó:
-¿Un hombre con cabeza de perro? ¿Un mutante? Pero esas garras… ¿Quién sos? ¿Qué sos?

La criatura realizó una mueca que a ojos de los niños se vio como una sonrisa. Pero que podría haber sido cualquier otra cosa también…
-¿Por que estamos aquí? -preguntó Guido-.¿Qué hicimos nosotros para que nos obligues a hacer este viaje?
Royd se le acercó lentamente al niño y se detuvo frente a él.

-Deben ser pacientes y creer en mí –dijo pensativo-. Mi misión era la de ayudar a Fargo a traerlos aquí. Nada más. Cuando lleguemos a casa de Altiviades, él les dará todas las respuestas que están buscando.

VI – No todo lo que brilla es oro (IV)

-La abertura no resistirá mucho más, muchacho –exclamó el Director echando un vistazo sobre el remolino-. Se está volviendo inestable. Es ahora o nunca…

Giménez se achicharró de la misma manera en que lo había hecho el conserje. Su lugar fue ocupado por un anciano de frondosa barba y bigotes blancos que vestía una especie de holgadísimo camisón blanco y verde. Llevaba también un turbante blanco en su cabeza, muchísimos collares en su cuello, incontables pulseras en sus brazos y una buena cantidad de sortijas en sus dedos. Su aspecto era el del más chiflado vendedor ambulante de joyería.

-¡Quimero Moret Accéa! -exclamó.

Los niños parecían haber renunciado a cualquier intento de entender la situación y se disponían a huir cuando el encapuchado se plantó frente a ellos. César no pudo evitar ser echado dentro de aquel remolino que lo absorbió de manera inmediata. Guido y Sebastián dieron entonces un grito de espanto, pero el mismo casi no llegó a oírse debido a que fue ahogado por los truenos emergentes desde el vórtice.

-¡¿Qué le hiciste al Tortuguita, monstruo?! -exclamó Guido sin soltar la caja que llevaba abrazada contra su pecho-. ¡¿Donde está?!

Sebastián se alejó de su amigo para poder aferrarse con fuerza a la armadura ubicada en el centro de la sala. Los aparadores y aquella pesada obra de arte alguna vez usada para la guerra parecían ser lo único que no estaba siendo lentamente absorbido por el remolino.

-¡No tienen porqué preocuparse! -dijo el encapuchado-. ¡Él estará a salvo! ¡Y nosotros iremos con él! ¡Fargo!

El anciano realizó un gesto afirmativo con la cabeza. Luego elevó sus brazos hacia el remolino y cerró sus ojos. Guido mientras tanto contuvo la respiración pensando en las cosas que habían estado ocurriendo en su vida últimamente. Abrió la caja con cuidado de no perder el equilibrio y observó aquel maravilloso pedrusco que había sabido brillar ante su presencia. Lo sostuvo en su mano y desechó su envase. Por un momento pensó en saltar dentro de aquel remolino, y fue entonces que una increíble sensación de certeza lo abrumó. Sintió que aquella palpitante gema había hablado directamente a su corazón en un idioma que le resultaba a medias entendible.

-¡No se porqué, pero tenemos que hacer lo que ellos dicen! –vociferó Guido dirigiéndose a Sebastián-. ¡Tenemos que ir con el Tortuguita!!
Sebastián clavó las uñas sobre la empuñadura de la espada portada por el caballero andante y negó varias veces con la cabeza.
-¡¿No te das cuenta?! –gritó al tiempo que señalaba al encapuchado-. ¡Es la Muerte! ¡El Tortuguita debe estar en el otro mundo!
Esta vez fue Guido el que negó con la cabeza.
-¡No podemos dejarlo solo! –respondió tratando de darse coraje-. ¡Yo voy a saltar!
-¡No lo hagas, Guido! –exclamó entonces Sebastián-. ¡O me vas a dejar solo a mí! ¡Porque yo no voy a saltar, lo juro!

El vidrio que daba forma a los aparadores estalló súbitamente cuando la fuerza centrífuga aumentó de golpe hasta duplicarse. El encapuchado se vio obligado a sujetarse de la armadura para no ser absorbido, pero la misma cayó de costado llevándose a Sebastián consigo. Éste rodó y se deslizó hasta casi entrar al remolino, pero el encapuchado logró sujetarlo por una pierna en el último instante. El niño rompió a llorar, y lejos de manifestar cualquier tipo de agradecimiento, soltó una lluvia de insultos.

-¡Tienes que confiar en mí! –dijo el enigmático personaje-. ¡Yo estoy tan asustado como lo estás tú!

Su mano se abrió, y Sebastián se perdió dentro del vórtice dando un grito. Guido lo presenció todo sabiendo que aquella sería la única oportunidad que tendría de explicarse el asunto de Vatel y el chocolate. Por otro lado también se percató de que no podría salirse de esa situación aunque quisiese hacerlo. Aprisionó la gema en su puño y saltó detrás de su amigo como quien brinca desde un avión llevando un paracaídas.

El anciano introdujo una mano en sus vestiduras. De allí sacó un paquete de tela roja que arrojó hacia el encapuchado a la vez que decía:
-¡Espero que recuerdes cómo usarlo!

El remolino comenzó a sacudirse hacia los lados sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo. El encapuchado no obstante se mantuvo inmóvil y sin pronunciar palabra alguna al tiempo que observaba el envoltorio adquirido.
-¡Vete ya, insensato! -exclamó el anciano-. ¡Debes proteger a los niños!

Obedeciendo las órdenes de su interlocutor, el encapuchado se adentró en el remolino y el mismo redujo sus dimensiones hasta casi desaparecer. El anciano cayó de rodillas mientras realizaba una serie de bruscos e hipnotizantes movimientos con sus brazos.
-Aún no –dijo arrastrándose-. Es demasiado pronto… ¡Jubei Leveret!

Repentinamente, la abertura aumentó de tamaño hasta tragárselo junto con la armadura y luego se cerró para nunca más abrirse. Al instante siguiente la paz y la quietud propias de cualquier noche de invierno reinaron nuevamente en la escuela y esa sala de exposiciones, que ahora, se mostraba en ruinas.

VI – No todo lo que brilla es oro (III)

La caja resplandeció. Fue como si una linterna hubiese sido encendida en su interior. Un haz de luz dorada hizo que los niños diesen un paso hacia atrás, y Guido dejó caer la caja sobre la mesa. La pecera cayó al suelo haciéndose mil pedazos y desperdigando los presuntos tesoros previamente alojados en ella. Totalmente perturbados, los niños se mantuvieron durante varios segundos en el más absoluto de los silencios.

-¡¿Qué fue eso?! –preguntó César finalmente-.¿Ustedes vieron lo que yo vi?
-Esa caja esconde algo –respondió Sebastián mientras frotaba sus ojos repetidas veces-. ¡Hay algo ahí adentro!

Guido pudo sentir que tanto la impresión inicial como los deseos de salir corriendo lo abandonaban. Se halló a si mismo relativamente libre de temores y totalmente desbordado por la curiosidad. El encontrarse acompañado por sus amigos le ofreció cierta seguridad y lo condujo a tomar una nueva decisión con respecto al destino de la caja.

-Pásenme el cuchillo –dijo extendiendo su mano derecha-. Tenemos que abrirla antes de que vuelva el Director.

El resplandor se repitió, pero esta vez el niño no soltó la caja. De su interior emergió un pedrusco pequeño y brillante que comenzó a flotar en el aire, rotando sobre su propio eje imaginario y paseándose frente a los atónitos niños a la vez que despedía un extraño fulgor cálido.

-¿Qué es esto? –preguntó el Tortuguita.
-¡Es un fantasma! –exclamó Sebastián ocultándose detrás de Guido-. ¡Los fantasmas pueden tomar cualquier forma para aparecer entre nosotros!

Guido estiró su mano hasta casi tocar la gema. Por alguna extraña razón que escapaba a su entendimiento, aquella roca no le parecía en absoluto amenazadora. Muy por el contrario, sentía que podía actuar libremente frente a ella.

-¡No la toques! –dijo Sebastián sujetando el brazo de su amigo y alejándolo bruscamente de aquel extraño objeto-. ¡Podría ser un visitante del espacio! ¡Su tecnología es mucho más avanzada que la nuestra!

César resbaló a causa de un fuerte tirón dado por su amigo y cayó al suelo. Inmediatamente se percató de que sus espaldas habían impactado contra las piernas de alguien. Ese alguien era Alberto, el portero, quien observaba la escena con innegable fascinación.
-¡Tiene que ser uno de ustedes! –dijo-. ¿Pero quién? ¡Cómo diablos voy a saberlo!

Los niños se miraron entre sí, sin saber como o qué contestar. Mediante un rápido movimiento, Guido encerró la gema luminosa dentro de la caja que la había contenido originalmente.
-¡El portero está hablando con el fantasma! –exclamó Sebastián-. ¡Corramos!

El conserje reaccionó velozmente al escuchar aquellas palabras. Murmuró algo que los niños no pudieron entender, y su cuerpo se estiró varios centímetros hacia arriba convirtiéndolo en un hombre un poco más alto y más delgado. Seguidamente, comenzó a arder en llamas incinerando su apariencia cual si fuese una cubierta de papel. Fueron necesarios unos segundos para que Guido perdiese de vista a aquel pequeño hombre calvo y excedido de peso que alguna vez había sido su conserje. En reemplazo del mismo ahora se encontraba un individuo difícilmente descriptible considerando que se mostraba completamente cubierto de pies a cabeza por una túnica marrón muy oscura. Bajo una capucha, su rostro no podía siquiera vislumbrarse. Sus manos estaban protegidas por guantes de cuero negro, y unas botas del mismo material resguardaban sus pies.

-¿Qué pasó con el portero? –preguntó César

Guido no pudo responder a la pregunta de su amigo. Ni siquiera la escuchó. Por aquel entonces, toda su atención se hallaba puesta en lo que aparentaba ser un enorme remolino negro que comenzaba a formarse unos metros por encima de sus cabezas. Su aspecto era en cierta manera líquido, y pequeños relámpagos salían despedidos a intervalos desde el mismo.

-¡Es un agujero negro! –exclamó Sebastián al percibir ligeramente que una extraña fuerza lo atraía hacia el mismo-. ¡Una puerta a otra dimensión!

El impulso de atracción generado por el remolino comenzó a acentuarse cada vez más y llegó un momento en el los niños tuvieron que sujetarse firmemente entre ellos para no resbalar. El encapuchado pareció sorprenderse ante aquel suceso y se llevó las manos a la cabeza, en un gesto que todos interpretaron como la quintaesencia de la preocupación. Algunos pequeños objetos pertenecientes a la exposición del museo fueron absorbidos por el remolino y desaparecieron en él como gotas de lluvia en un estanque.

-¡No hay suficiente tiempo! -exclamó el encapuchado-. ¡Deberán venir todos!
Dicho esto, sujetó a Sebastián por un brazo e intentó arrojarlo contra el remolino.
-¡Yo no voy a ningún lado! –gritó el niño tratando de zafarse-. ¡Socorro! ¡Nos están secuestrando!

Instintivamente, Guido y César empujaron al encapuchado y Sebastián lo mordió en el brazo con todas sus fuerzas. En aquel momento, Giménez reapareció.

VI – No todo lo que brilla es oro (II)

El Museo daba muestras de haber realizado un esfuerzo considerable. Una montaña de artículos envueltos en papel color madera hizo que Guido se detuviese unos momentos a pensar si no hubiese sido mejor idea soportar el regaño de su madre. Visitar los museos durante un par de horas para luego volver a casa era divertido, pero ser ayudante en lo que casi se había transformado en una mudanza no lo era tanto.

El profesor de Ciencias Naturales no había podido presentarse aquella tarde, debido a que se encontraba acompañando a su esposa. Ella estaba internada en una lujosa clínica del Centro de la ciudad, a punto de dar a luz. Sebastián pensó que como excusa, aquella era una de las mejores. La profesora de Historia, por otro lado, era una mujer muy anciana que a duras penas si podía cargar la ropa que llevaba puesta. Pedirle su asistencia en la tarea de cargar cualquier objeto allí presente habría sido casi una travesura.

-Tengan mucho cuidado con esas cajas –dijo el Director al tiempo que descargaba un paquete tan alto como él, con la ayuda de cuatro empleados del museo–. Estos elementos son irreemplazables. No podemos permitirnos el lujo de dañarlos.
-Agradecemos mucho su ayuda -dijo un hombre vestido con un viejo uniforme color marrón dirigiéndose a los niños-, pero estaremos mucho más tranquilos si nos encargamos personalmente de los artículos más delicados.
Se limpió las manos con un lienzo que llevaba sujeto a su cintura y añadió:
-Ustedes pueden llevar todo lo que queda en aquel camión que viene detrás.
Los niños obedecieron y se dirigieron al vehículo.
-¿Cuánto tiempo dijo el Director que va a durar la visita del Museo? –preguntó Sebastián.
-Una semana –respondió Guido.

Presa de la confusión, el Tortuguita no había pronunciado palabra desde hacía varias horas. Durante el almuerzo había recibido de parte de sus amigos una detallada reseña de los hechos sucedidos, pero aún así no podía dar crédito a sus sentidos.

-Estoy pensando, Guido –dijo Sebastián sin interrumpir la tarea ni voltearse-. ¿Creés que mañana tendremos que hacer todo esto de nuevo? Si el día se vuelve a repetir…
-No lo sé –replicó Guido-. Algunas cosas se repiten, pero otras no. Ayer no tuvimos que hacer todo este trabajo.
-No lo entiendo –murmuró el Tortuguita-. No puedo. Esto no puede ser verdad. ¿No lo ven? Soñamos las mismas cosas y ustedes…
La tenue voz de la profesora se hizo escuchar.
-Si siguen holgazaneando no lograrán descargar todas esas maravillas –dijo-. ¿No les parece que aquellas cajas están a punto de caerse? Podrían moverlas al otro extremo del depósito, junto a la biblioteca…
-Si, señora –respondieron los tres niños a coro.
-Dar órdenes es fácil… –murmuró Sebastián entre dientes.
La tarde parecía tan interminable como aquel miércoles, veinticinco de Junio.

Dieron las ocho en el reloj de Sebastián y los camiones marcharon de vuelta al museo. De no haber sido por la insistencia de Giménez, la exposición no habría sido tan completa y variada. La sala de exposiciones que antiguamente había sido destinada a transformarse en el gimnasio de la escuela, se mostraba irreconocible. Acostumbrada a exhibir diariamente los trofeos de los campeonatos interescolares y las diferentes expresiones artísticas de los alumnos, nunca se había visto tan radiante. Todos concordaron en que tanto trabajo había valido la pena. Las paredes estaban adornadas con ilustraciones de diversos animales, extrañas herramientas, prendas de vestir, utensilios y máscaras de exóticas tribus desaparecidas. Cuatro aves embalsamadas habían sido ubicadas en los rincones del sector dedicado a la zoología, y diferentes textos explicaban sus características mas destacadas. Una inmensa armadura, lo suficientemente grande como para albergar al Director Giménez en su interior, se hallaba dispuesta en el centro de la sala. Un rincón exclusivamente dedicado a las fotografías e imágenes de supuestos objetos voladores no identificados de seguro se convertiría en una de las secciones mas visitadas. No importaba el artículo donde uno intentase fijar la mirada, siempre habría uno más llamativo a su lado.

-Niños –dijo el Director-, hemos hecho un excelente trabajo. Muchas gracias por su ayuda.
Seguidamente, y volteándose hacia la profesora de historia, agregó:
-Señora Douglas, su colaboración a la hora de distribuir los elementos nos ha resultado indispensable.
-No tiene nada que agradecerme, señor Director –replicó la profesora mientras palmeaba cariñosamente la rubia cabeza de Sebastián-. Sabe usted que me apasiona poder participar en este tipo de emprendimientos que alejan a los jóvenes de la televisión.
Hizo una pausa y se despidió diciendo:
-Espero poder asistir a la inauguración durante la mañana.

En la sala de exposiciones solo quedaron el Director y los tres niños, que saludaron a la profesora mientras ésta se alejaba a paso lento y en compañía del portero. Las diferentes vías de acceso habían sido clausuradas momentáneamente para evitar el desorden que pudiese haber sido causado por los curiosos.

-Aguárdenme unos instantes aquí –dijo Giménez-. Debo ir a mi oficina. Cuando regrese tendrán el privilegio de ser los primeros en visitar el museo, y yo seré el guía.
Luego, dirigiéndose a Sebastián agregó:
-Tu padre se comprometió a recogerlos a todos, y llevarlos a casa.
Cuando el Director se hubo alejado lo suficiente, Sebastián comentó:
-Quiero irme, Guido. Tenés que inventar una excusa para que no tengamos que caminar ni un solo paso más, o me voy a desmayar.
Guido negó con la cabeza.
-No seas tonto –le respondió-. Tu papá va a tardar por lo menos media hora en llegar hasta la escuela.
-Yo no quiero volver a casa –dijo el Tortuguita muy convencido de sus palabras–. Tengo miedo de dormirme. Tengo miedo de que ustedes estén diciendo la verdad.

Las palabras pronunciadas por César sonaron con mucha fuerza en los oídos de Guido. El Tortuguita tenía derecho a estar asustado. ¿Existiría acaso la posibilidad de que tanto él cómo sus amigos se quedasen por siempre estancados en el tiempo? ¿Habría sido el sueño compartido el causante de todo aquel embrollo? Eso no tendría sentido ni en la más bizarra de sus pesadillas. A decir verdad, nada tenía sentido. Nada.

-Disculpen, niños -exclamó el portero a la vez que se acercaba lentamente a los niños-, los empleados del museo olvidaron desempacar esto.
Sebastián recibió de manos del conserje una caja muy liviana y casi tan grande como su cabeza. Por cuestiones de seguridad todas las cajas se veían iguales en su aspecto y se diferenciaban únicamente en el código numérico que llevaban impreso sobre una etiqueta autoadhesiva.

-Debe ser alguna estupidez de barro hecha por algún indio emplumado –dijo Sebastián-. Estoy seguro de eso.
-No debe ser muy valiosa –replicó Guido encogiéndose de hombros-, o no se la habrían olvidado.

El Tortuguita tomó la caja y la puso sobre el borde de una mesa, apartando hacia un lado una pecera que contenía pequeñas muestras de distintos tipos de rocas semipreciosas. Guido estiró su brazo y tomó un pequeño cuchillo desafilado. El mismo le había resultado de inmensa utilidad a lo largo de la tarde, ya que sin él no habría podido desenvolver siquiera la mitad de los paquetes. Realizó un corte a lo largo de la cinta adhesiva, diciendo:

-Vamos a ver…