I – Guido (II)

El timbre de entrada sonó, y todos se dispusieron a formar filas. Según creía Sebastián, era preferible ir al final de la fila porque así era posible pasar mas tiempo fuera del aula, entrando algunos segundos después que el resto.

-Me alegra tenerte de regreso, Guido –susurró Lourdes, saludando al niño con un beso en la mejilla–. Espero que la gripe no te haya hecho olvidar todo lo que aprendimos hasta ahora.

Lejos de querer intimidar a los alumnos, la señorita Lourdes era muy amigable y rebalsaba paciencia, explicando una y mil veces cada una de las tareas a realizar, cuando alguno de sus alumnos se lo solicitaba. Pese a ello, podía enojarse bastante cuando lo creía necesario. Sus ojos claros, su brilloso cabello rojizo y su cuidada silueta eran atributos por todos conocidos en la escuela. Tan conocidos como lo era su esposo, el profesor de Educación Física, una temperamental masa de músculos con la cual nadie se hubiera atrevido siquiera a discutir acerca del clima.

Finalmente, floreció el primer recreo. El mas esperado por todos, obviamente. Guido metió la mano izquierda en el bolsillo y saco el dinero que su madre había introducido en él. No tenía pensado gastarlo todo en un solo recreo, pero tenia hambre. Se unió a la fila. El sandwich de jamón y queso se veía particularmente encantador esa mañana: humeante y recién salido del horno, parecía reírse del frío y del invierno. Sebastián mientras tanto ya se había abalanzado hacia los primeros lugares de la fila a fuerza de empujones, para regresar sonriente y victorioso trayendo dos bocadillos en sus manos. Guido estaba seguro de que los mismos serian solo el comienzo. Si se daba el caso de que a aquel demonio de Tasmania con pantalones no le bastase con su dinero para saciarse, ya se toparía con algún compañero de clases llevando un paquete de galletitas dulces, y no se demoraría en encontrar la manera de que éste le convidase algunas.

-¡César! –exclamó el troglodita.

Y pobre de César. Fue él, y no otro, quien se convirtió en un inesperado proveedor de galletitas. Sentado en la escalera responsable de conducir hacia el primer piso a los alumnos de los grados superiores, le hizo señas a Guido para que le acompañase en el desayuno. El recreo terminó en el preciso instante en que Guido disfrutaba del último bocado de su sandwich, a la vez que el aspirante a conductor de autobuses se regocijaba saboreando el relleno de la última galletita. A paso lento, todos volvieron a clase, y la mañana transcurrió según lo previsto: tareas, mas tareas, y el recordatorio de que la evaluación de Historia estaba próxima. El día escolar llegó a su fin, para alivio de todos. Incluso la señorita Lourdes daba signos de querer volver a casa. Los niños conversaron sobre la nueva serie de dibujos animados que se estrenaría en unos días, y acordaron encontrarse durante el fin de semana en casa de Guido para pasar un buen rato mirando alguna película y comiendo pizza. Sebastián se subió al micro a los empujones y desapareció haciéndole reafirmar la promesa de la pizza al pobre Cesar. Éste, como era usual, tuvo que esperar durante unos minutos a su hermano mayor, para que lo acompañase hasta su casa. Guido, por otra parte, no alcanzó a dar dos pasos en dirección al autobús escolar, cuando escuchó el bocinazo característico del automóvil de su padre.

***

-No puedo creerlo Fargo… ¡Lo logramos!
-¡Baja la voz, muchacho! Es… es realmente increíble… ¿Estas herido?
-No… no lo creo, estoy algo mareado, pero eso es todo…
-Tranquilízate, eso es natural. Aquí el flujo es casi imperceptible. La diferencia es superior a la esperada… ¿Lo sientes?
-Un poco, pero no tanto como debes sentirlo tú. No han quedado rastros del portal, ni siquiera su aroma… eso quiere decir que todo sucedió a la perfección, ¿No es cierto?
-Así parece… pero bajo estas condiciones, nos resultará muy difícil regresar. Afortunadamente, tenemos un par de días para acostumbrarnos.
-¡Esto es increíble! ¡Lo que hemos hecho no tiene sentido!
-¡En nombre de los dioses! ¡Cálmate y guarda silencio o despertarás a todos aquí! ¡Nuestra misión no debe ser perturbada!
-De acuerdo, de acuerdo. ¿Y ahora? ¿Hacia dónde vamos? Aún es de noche…
-Allí está la escuela de la cual te hablé, allí lo encontraremos. Las instrucciones que recibimos fueron claras ¿Las recuerdas?
-¡Por supuesto! Pero…
-¿Qué sucede, Royd?
-¿Cómo haremos para reconocerlo?
-Se supone que lo sabremos cuando lo veamos…
-¿Y qué haremos mientras tanto?
-Tú quédate callado y sígueme, yo me ocuparé de disimular nuestra apariencia… y trata de serenarte un poco, por favor.
-¿Y qué nos harán si nos descubren?
-No te preocupes, muchacho, no nos descubrirán. Confía en mí.

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I – Guido

-¡¡Guidooooooo!! ¡¡Se esta yendo el micro!! ¡Llevate algo de plata y comprate algo en el colegio, apurate! Y no te olvides de pedir la tarea de los días que faltaste…
-Si, mamá…
-Tratá de pedírsela a César, ya sabes como es Sebastián.
-Si, mamá, chau -respondió un niño mas dormido que despierto.

Guido no llegó a escuchar las ultimas palabras que su madre le dijo antes de casi depositarlo en el autobús escolar, y al subir el segundo escalón del vehículo, tropezó. Alicia inmediatamente suspiró consternada ante la idea de que la falta del desayuno podría haber comenzado a causar efecto sobre el organismo de su mas adorada fuente de orgullo, pero no era realmente eso lo que estaba distrayendo al niño. Sus pensamientos estaban dirigidos en otra dirección: había soñado algo realmente raro durante esa noche. Las miles de horas transcurridas delante del televisor habían hecho verdaderas aventuras tanto de sus sueños cotidianos como de sus pesadillas, pero aquello había sido diferente, de alguna forma.

-Bueno, a veces los sueños son así –pensó para sus adentros.
Llevó su mano derecha hacia su cabeza y se tocó la frente. No tenía fiebre, por lo que la posibilidad de que estuviese delirando quedó descartada.
-Es obvio que no tengo fiebre –murmuró hablándose a si mismo y en voz baja mientras sacudía el polvo de sus pantalones–. Si la tuviese, mamá no me habría dejado levantarme…
No obstante, aquel sueño estuvo rondando por su cabeza durante toda la mañana. O al menos, durante el rato que el autobús demoró en llegar hasta la escuela.

Era miércoles, y su descanso, si es que así podía llamársele al tiempo de reposo, había durado cuatro días. A decir verdad, se había vuelto una costumbre el hecho de que cada año, al comenzar el invierno, una buena gripe lo dejase de cama durante un par de días. Era cuestión obligada soportar la fiebre y los medicamentos, pero según su juicio, valía la pena sufrir un poco con tal de no ir a la escuela. Y no es que a Guido no le gustase ir al colegio, pero le costaba muchísimo tener que levantarse tan temprano todos los días. Podría haber asistido a clases durante la tarde, eso era cierto, pero según palabras de su madre, el día le resultaría mucho mas largo y entretenido teniendo las tardes libres. Y cuando una madre tiene razón, pues bien, tiene razón.

Una vez más, el niño se vio inmerso en la rutina que representaba ir al colegio y ver las mismas cosas todos los días: El mismo chofer que siempre saludaba con el mismo gesto, luciendo el mismo bigote, la misma sonrisa, usando el mismo tono de voz y la misma camisa color canela. Los mismos compañeros del mismo autobús de todos los años, sentados en los mismos asientos… Algunos incluso habían conservado a través del tiempo el mismo corte de cabello, volviéndose inconfundibles. Allí estaba el gordo Sebastián, incapaz de ocultar esa pelambre dorada que lo hacia parecerse a un bombero con su casco amarillo, junto al asiento vacío que el mismo Guido ocuparía esa mañana, no muy lejos de Gustavo, ese presumido que se paseaba siempre con el pelo bien peinado hacia atrás, todo engominado y prolijito, sentado detrás de Sabrina, la niña dueña de dos trenzas que podrían haber sido hechas en arcilla.

Nadie hablaba mucho durante el viaje al colegio y menos aun en invierno, pero Sebastián se las arreglaba para quejarse del frío, de los estornudos de los demás, del precio de las revistas de historietas, de los maullidos del gato de su vecino, de su abuela y de su radio que se prendía a todo volumen a las cinco de la mañana, de las tareas de matemática que seguro le darían para este fin de semana y de todo, todo lo demás. Una verdadera máquina de hablar capaz de mantener despiertos a todos los presentes durante los casi treinta minutos que duraba el viaje hasta el colegio. Bueno, treinta minutos para él, considerando que el suyo era un caso especial al ser Jorge, su padre, el chofer del autobús escolar. Sebastián era un loro parlanchín, evidentemente, pero no por ello mal amigo. Toda su familia venia de una tradición de transportistas: su abuelo era chófer de autobús, su padre y su tío también lo eran, y su padrino manejaba el autobús escolar cuando se enfermaba Jorge. Siempre se prometía a si mismo que alguna vez seria conductor de autobús, y cuando eso sucediese, dejaría subir gratis a todas las chicas rubias. Con el paso del tiempo esa forma de pensar fue cambiando, y el niño finalmente decidió que dejaría subir gratis a las rubias, a las morochas, a las coloradas y en el caso de que las hubiese, también a las peladas. No era muy dedicado, pero tampoco sufría demasiado con sus estudios y era propietario de un ingenio mal aplicado pero de inagotable filo, por lo que resultaba entretenido pasar los ratos con él. Guido le había tomado estima sin saber porqué, pero tampoco se lo había preguntado. Al fin y al cabo, los amigos no se eligen tanto, simplemente aparecen y ya.
Se conocían desde el primer día de clases y aunque no eran muy unidos debido a ciertas diferencias de carácter, cuando surgía algún problema, se mostraban inseparables.

Lo primero que hizo Guido apenas cruzó la puerta fue limpiarse los anteojos, todos empañados debido al maravilloso funcionamiento de los sistemas calefactores adquiridos el mes pasado. En segundo lugar, desabotonó su abrigo, y dedicó algunos pensamientos a comprender las razones que lo obligaban a llevar aquel terrible atuendo de batalla conformado por la bufanda, el abrigo de invierno, el sobretodo escolar y la mochila. Le resultaba imposible no sentirse prisionero dentro toda esa maraña de ropa, teniendo que llevar además las carpetas, cuadernos y lápices de todos los días, a los cuales deberían agregársele las maquetas y proyectos de ciencias, el papel brillante de colores, un envase de pegamento mal cerrado y mil cosas más.
-Me habría gustado seguir enfermo un par de días más –murmuró en tono de broma.

Sebastián pareció no escucharlo, y al tiempo que observaba de reojo un pequeño frasco llevado por uno de sus compañeros, refunfuñó entre dientes:
-Quiero ver como es que me va a ayudar el aparato reproductor del grillo cuando sea chofer…