XI – De paseo (IV)

César y Sebastián obedecieron. Guido, por el contrario, estaba dispuesto a no perderse detalle de lo que pudiese suceder. Repentinamente, una lluvia de hojas se precipitó sobre los presentes engrosando aún más la crujiente alfombra encargada de cubrir el suelo de aquel bosque, y el mas estruendoso de los vientos se desató entre los árboles, sacudiendo las ramas con locura, levantando una buena cantidad de residuos y adquiriendo finalmente la apariencia de una gigantesca mano. Ante la atenta mirada de Altiviades, aquella garra fantasmagórica levantó uno de los troncos secos que se hallaban a un costado del camino y lo colocó cuidadosamente sobre las ramas de los árboles previamente diferenciados, formando un arco. Cuando el viento desapareció, todos se vieron obligados a sacudir sus vestiduras, cubiertas de polvo, semillas y hojas secas. Guido, aunque maravillado, tosía a más no poder mientras que Sebastián intentaba limpiar a Maurice con una rama. La armadura, no obstante, no daba muestras de preocuparse demasiado por su higiene personal, o más bien fantasmal.

-Parece un arco para jugar al fútbol –murmuró el Tortuguita señalando el inmenso tronco ahora sostenido por las poderosas ramas de los otros dos árboles.

Sus amigos le dieron la razón, aludiendo que al mismo solo le haría falta una red.

-Norfolk se encuentra detrás de este portal -dijo Altiviades-. Crucemos hacia el otro lado antes de que vuelva a cerrarse.
Seguidamente echó un vistazo sobre el caballero andante. Tras meditar unos segundos, agregó:
-No se olviden de la armadura.

Maurice realizó una reverencia. Sebastián, por otra parte, puso toda su atención en su reloj y observó que era casi mediodía. ¿De qué día? ¿Cuánto habían dormido a causa del conjuro de aquel sabio? Mejor, ni preguntarlo. Guido se acercó al supuesto portal formado por troncos hasta pararse frente al mismo, y receloso, lo examinó durante unos instantes. No entendía como podía ser aquello una entrada a otro mundo. Al fin y al cabo, a través del mismo podían verse tanto el resto del bosque como así también la continuación del camino. Incluso podía verse a una de aquellas criaturas comedoras de semillas semejantes a peluches de juguete.
Tal vez por instinto, César extendió uno de sus brazos hacia adelante, solo para descubrir que su mano iba desapareciendo a medida que se adentraba en el portal, como sumergiéndose en un charco invisible. La quitó rápidamente, por si acaso.

Altiviades contempló los ojos de Guido y vio en ellos tanta curiosidad como desconfianza.

-Debes abrir tu mente –le dijo-. ¿Hasta cuándo piensas seguir abrazado a lo que quieran mostrarte tus sentidos? Norfolk esta esperándote y responderá a todas las preguntas que ahora parecen no tener respuesta.


Guido y los demás atravesaron el arco de madera caminando muy lentamente. Cuando el último de ellos hubo desaparecido, el tronco horizontal cayó al suelo, y rodó hasta ubicarse a varios metros del polvoriento y pedregoso sendero.

XI – De paseo (III)

Los niños tuvieron que esmerarse para no disminuir la marcha. Altiviades caminaba a buen paso y daba muestras de conocer a la perfección cada centímetro del camino. El bosque se hacía más frondoso según iban avanzando, pero la espesura del follaje nunca llegó a bloquear el paso a través del sendero. Unos pequeños roedores que bien podrían haber sido ardillas de no ser por su pelaje rosado, sus ojos azules y su pequeña trompa similar a la de un oso hormiguero, conformaban el único elemento animado en aquel paisaje. Altiviades se detuvo en un sector del camino que se ensanchaba frente a dos árboles particularmente gruesos, ubicados el uno junto al otro y dejando entre ellos un espacio lo suficientemente grande como para permitir el paso de un automóvil mediano. Con el dedo índice de su mano derecha realizó una marca sobre la corteza de uno de ellos y luego repitió la operación con el restante.

-¿Por qué nos detenemos? –preguntó César.

Sebastián se sentó en el suelo, cruzando las piernas.

-No tengo la menor idea –respondió fastidiado-. Pero es mejor así. Ayer tuvimos que caminar mucho y hoy también. No tenemos ni siquiera una bicicleta.

Altiviades lo miró en silencio, despectivo.

-Lancelot no puede ayudarnos en esta ocasión –le dijo-. De todas maneras ya llegamos, así que puedes dejar de quejarte. Éste es el lugar.

Guido y los demás se miraron extrañados. Estaban rodeados de algunos troncos caídos y un sinnúmero de árboles fríos, secos y carentes de vida. Apenas si podía distinguirse el cielo debido a la enorme cantidad de hojas que poblaban las ramas más altas.

-¿Vamos a acampar? –preguntó Sebastián arrojando pequeñas piedrecillas sobre la cabeza de César.

El Tortuguita supo que no podría desalentar a su amigo en su enfadoso divertimento, por lo que simplemente caminó hasta alcanzar una distancia prudencial que lo mantuviese a salvo de los proyectiles. Se ubicó detrás de Maurice, y a continuación todos pudieron escuchar el sonido de las piedras impactando sobre la metálica superficie de la armadura. Ésta, por otro lado, no prestó mayor atención al asunto.
Altiviades echó una mirada llena de compasión sobre Guido y César.

-Vengan aquí, niños –dijo-. Guido, sujeta tu gema y sostén tu brazo en alto, como lo hago yo.

Acatando las instrucciones de Altiviades, Guido elevó la gema misteriosa hacia el cielo. La misma comenzó a brillar mucho mas intensamente de lo que lo había hecho hasta entonces. César y Sebastián presenciaron asombrados el instante en que su amigo se despegaba del suelo durante unos segundos, para luego volver a posar sus pies en tierra firme. Un estallido luminoso proveniente de la copa de los árboles hizo que ambos pedruscos se diluyesen en el aire, pero sin importar cuanto miraron hacia arriba, los niños no lograron divisar la fuente de aquel resplandor.

-Norfolk está dándote la bienvenida, Guido –dijo Altiviades.
Hizo una pausa, y volteándose hacia los demás, añadió:
-Cubran sus ojos y cierren sus bocas.

XI – De paseo (II)

-El responsable de que hayas vivido tres veces el mismo día existe en otro mundo –dijo Altiviades serenamente-. Un plano diferente al que ocupamos nosotros.

Más allá de lo vivido en las últimas horas, Sebastián se resistía a creer en esas palabras; no obstante, la posibilidad de que Altiviades fuese un simple y desquiciado charlatán del mundo de los magos lo preocupaba. Irónicamente, cuando miraba los programas de misterio en la televisión no cuestionaba siquiera por un instante la veracidad de los testimonios de quienes aseguraban haber viajado al fin del mundo, al cielo, al infierno o incluso al mundo de los espíritus para reencontrarse con sus antepasados.

-Esto es un desastre –susurró-. ¿A dónde vamos ahora? ¿A una ciudad oculta en el fondo del mar?
Altiviades respondió sin inmutarse.
-No. No tenemos ninguna razón para visitar Atlantís.

Una vez más, los niños no supieron como responder. El sendero se fue desviando lentamente hasta llevarlos y casi introducirlos en un tupido bosque. Los árboles que lo formaban eran viejísimos. Sus troncos eran de un color gris muy pálido y las hojas parecían haber sido pintadas con acuarelas marrones de distintos tonos otoñales. Incluso el aire rezumaba cierta tristeza.

Guido reflexionó un instante. Una idea que había estado dando vueltas dentro de su cabeza consiguió salir a la superficie, no sin poco esfuerzo.

-Altiviades –dijo-. Vos usas la magia, pero no sos mérlido como Fargo. ¿Qué sos?

Altiviades sonrió débilmente, con un dejo de malicia en su mirada.

-Lo mismo que tú, Guido –respondió-. Un shojin. Poseo la capacidad de controlar el flujo de energía mágica de todas las cosas existentes en este Universo. Aunque “mágica” no es la palabra más indicada para expresarlo…

Hizo una pausa y continuó diciendo:

-La única diferencia entre nosotros consiste en que tú has crecido en el tercer planeta, un lugar donde la existencia alternativa no es posible. La Tierra perdió la capacidad de convivir masivamente con la mitta y sólo queda en ella algo de energía concentrada, apenas suficiente como para abrir la pequeña puerta que te trajo hasta aquí.
-¿La mitta? -preguntó Guido-. ¿Qué es eso?
-La mitta es todo lo que ves y todo lo que no ves –respondió Altiviades-. Lo que hace que el fuego sea fuego en vez de agua, y viceversa.
-Me suena a algo que vi una vez en una película –murmuró Sebastián-. O en varias…
-Muchas religiones creen en la existencia de una energía invisible -argumentó el Tortuguita-. Yo creo que eso es Dios.
-O la fe que uno pueda tener –agregó Guido.
-O el aura –dijo Sebastián.
-Esto va mucho mas allá –contestó Altiviades-. Cualquiera sea la religión, cualesquiera sean los dioses… sea grande, pequeña o nula la fe, eso es lo de menos. La mitta es la esencia de todas las cosas, y debido a ello puede transformarse en todas las cosas; es tanto la mano como la pluma, la tinta, el libro, lo que se escribe… y asimismo lo que no se escribe.

Sebastián entonces hizo un gesto con los brazos, como pidiendo un alto en la conversación.

-Bueno, bueno, no compliquemos más las cosas –dijo-. Hasta que te entienda, voy a seguir separando las cosas entre “mágicas” y “no mágicas”.

XI – De paseo

Los tibios rayos de sol que lo alcanzaron a través de una de las pequeñas ventanas fueron más que suficientes para despertarlo. Junto a él se encontraban César y Sebastián, también acostados sobre la alfombra. Nadie más parecía acompañarlos. Algo mareado, Guido se propuso llegar hasta la entrada de la cabaña y cuando lo logró, tiró con fuerza del picaporte. Desgraciadamente, el mismo no se movió en lo más mínimo y la puerta se mantuvo cerrada.

-Te dije que nos iban a secuestrar –murmuró Sebastián desperezándose. ¿Pensaste que iban a dejar la puerta abierta? Estamos atrapados, y todo por tu culpa.

Guido supo que el reproche de su amigo era fruto del temor y el desconcierto, pero de todas maneras se sintió algo dolido. No obstante, si la locura sin sentido que el trío estaba viviendo era cierta, Sebastián tendría razón. La gema en su bolsillo chamuscado y agujereado lo había elegido a él. A Guido Ventola, y a nadie más.

El Tortuguita despertó. Quiso ponerse de pie rápidamente, pero perdió el equilibrio y cayó de costado sobre Sebastián, que se lo quitó de encima mediante un empujón. César entonces rodó hasta casi alcanzar la chimenea y la peligrosa proximidad de las llamas terminó por despabilarlo definitivamente.

-¿Qué pasó? –exclamó sorprendido-. ¿Sebastián? ¿Dónde estamos?

Sebastián hizo un gesto con una mano mientras que con la otra se rascaba la cabeza.
-Ese rubiecito nos hizo algo –murmuró-. En este lugar todos son magos y están todos locos.

En ese momento Royd abrió la puerta desde el exterior.
-¡Tenías razón, Altiviades! -dijo volteando su cabeza-. ¡Ya despertaron!
Luego, dirigiéndose a los niños agregó:
-Síganme, por favor.
-¿Cuanto tiempo estuvimos dormidos? -preguntó Sebastián al tiempo que intentaba acomodarse el cabello con las manos-. ¿Nos pusieron alguna droga en la comida?


Sobre aquella colina, la rubia cabellera de Altiviades parecía brillar tanto como el sol. Quizá debido al manto de humedad que una llovizna había arrojado sobre los pastos y demás elementos del lugar, el paisaje se veía mucho más verde y hermoso de lo que a Guido le había parecido en un principio. Fargo le hizo señas al híbrido para que lo acompañase y ambos dirigieron sus pasos sobre el sendero que originariamente había llevado a todos hasta la cabaña, para luego tomar una desviación que los llevó a perderse de vista entre las montañas. Algunas aves de rapiña los escoltaron, revoloteando muy en lo alto y emitiendo graciosos sonidos.

Altiviades echó un vistazo sobre los niños y sonrió.

-¿Quieres saber porqué viviste tres veces el mismo día?- le preguntó a Guido.

El niño no tuvo que pensar mucho para emitir una respuesta. Antes de que pudiese darse cuenta, Altiviades ya se encontraba conduciéndolo tanto a él como a sus amigos a través de un camino de montaña cuya existencia no había sido advertida previamente. Sir Maurice los acompañó, como no podía ser de otra manera.