XVI – Responsabilidad Astral (V)

Altiviades condujo a Guido, Sebastián y Maurice por unos escabrosos senderos de la montaña, hasta llegar a un lugar plano muy similar al que César y Fargo estaban utilizando en su entrenamiento. Mientras tanto y a lo lejos, Royd y Bugen meditaban en silencio sobre las ramas de unos árboles peligrosamente quebradizos, haciendo gala de un equilibrio que dejó a los niños sumidos en un estado de estupefacción casi insuperable. El Shojin del Tiempo, sin inmutarse, depositó los espantapájaros sobre unos arbustos y elevando su mano izquierda, exclamó:

-¡Vivaldi Statio Vividarium!

Como surgida de los árboles o del viento mismo, una simpática y misteriosa melodía de violines y flautas se hizo presente. Entonces, los maniquíes hechos de madera y paja se pusieron de pie, bailando graciosamente alrededor de los viajeros, despeinándoles el cabello y pellizcándolos por detrás en lo que parecía ser el prolegómeno de la más elaborada coreografía. Maurice presenció aquel espectáculo sin hacer movimiento ninguno, pero Sebastián sacó su bastón y se dispuso a usarlo. No había alcanzado a frotar una de sus gemas cuando Altiviades se lo quitó de un manotazo, para ofrecerle a cambio una resinosa rama de dimensiones similares.
-Lo mejor será empezar sin Tiriviad -le dijo-. Usando esta vara de madera deberás tocar unas diez o doce veces a cada uno de mis “amigos”, y ellos se detendrán. Sólo en ese momento te devolveré el bastón.

Sebastián recibió la vara de madera fingiendo cierta indiferencia. Ahora, los maniquíes sólo lo fastidiaban a él, y parecían haberse olvidado de Guido y del resto.
-¡Les voy a enseñar a quedarse quietos! -exclamó arremangando su camiseta hasta los codos-. ¡Van a aprender a respetarme!

Su suerte no podría haber sido mejor: uno de los espantapájaros recibió un soberbio azote en la cabeza y cayó al suelo, herido de muerte.

-No es tan difícil –exclamó el niño en tono triunfal-. No van a aguantar ni diez minutos.
Como aceptando el desafío, el maniquí se levantó y tiró fuertemente de la oreja del niño, quién esta vez erró el golpe. La música aumentó levemente su velocidad, y así también la agilidad de movimientos de los muñecos.

-Concéntrate –dijo Altiviades-. Cada vez que falles ellos incrementarán un poco sus técnicas, complicando tu labor.

Sebastián se cruzó de brazos
-¿Y si no quiero? –replicó

Uno de los muñecos le bajó los pantalones hasta las rodillas y el otro lo empujó haciéndolo caer de bruces. Ambos dejaron escapar un chillido similar a un risoteo y siguieron bailando al compás de la música.
-Tarde o temprano querrás que esos muñecos se detengan –respondió el shojin-. Se volverán un verdadero fastidio.
Después, y alejándose del lugar, agregó:
-Además, no volverás a probar bocado hasta que cumplas con la primera parte de tu entrenamiento.


Muy pronto, Guido y Altiviades dejaron atrás a Sebastián, mientras que éste insultaba y se arrojaba contra los maniquíes en un intento por darles caza, y por qué no, su merecido. Maurice se quedó muy cerca suyo, sentado sobre el tronco del que alguna vez había sido un frondoso árbol, observando la curiosa escena.

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