VII – Momenta (III)

Mientras Royd se dedicaba a recomponer la figura del caballero medieval, los niños decidieron echar a suertes el destino, o mejor dicho, el propietario de los objetos adquiridos. Guido se quedó con la bolsita repleta de esferas metálicas, y utilizando un delgado cordel de seda perdido entre los restos de la exposición, se la echó al cuello. Sebastián se adueñó del bastón que llevaba algunos cristales empotrados, y realizó una mueca de desagrado cuando Royd le explicó que desconocía su funcionamiento. César, por último, se alegró de que el escudo de hueso quedase a su cuidado. El mismo era liviano y se adaptaba cómodamente a su brazo.

-¿Para que necesitamos todas estas cosas? –preguntó César-. ¿Estamos preparándonos para una pelea?

Guido contuvo la respiración durante un instante. Aquel sueño que habían tenido y que ahora le resultaba tan borroso y difícil de recordar en detalle, incluía una batalla en un extraño lugar, pero ¿Cuál sería la relación entre este sueño y la realidad que ahora le tocaba vivir? Si para desentrañar el misterio debía visitar la casa de ese tal Altiviades o como se llamase en cualquier otro planeta, se encontraba más dispuesto que nunca a hacerlo. Se sumergió en los ojos de César y Sebastián y se percató de que sus amigos sin decir una palabra y en una suerte de silencioso pacto secreto, estaban pensando exactamente lo mismo.

-No se preocupen niños, Isla Kabal no es un lugar peligroso si sabemos tomar los caminos, y yo me encargaré de eso –respondió Royd.

Luego, apuntando con una de aquellas mágicas velas hacia la gigantesca armadura ahora perfectamente ensamblada exclamó:
-¿Creen que funcionará?
Si alguien le hubiese realizado la misma pregunta una semana atrás, Guido no habría respondido de la misma manera.
-Creo que si, pero, ¿qué pasa si se apaga?

Royd corrió unos pasos hasta alcanzar al pajarraco, y cuando por fin pudo capturarlo, sopló enérgicamente hacia la llama varias veces. La misma se sacudió, pero no se apagó.

-Ni el agua ni el viento podrán apagar esta llama. Solo el tiempo o algún hechizo serian capaces de dar cuenta de ella –respondió Royd–. Cuando la cera se consuma, el espíritu deberá irse aunque no quiera hacerlo. Creo que funciona de esa manera.
Leyó para sus adentros las escrituras talladas sobre la superficie de la vela y la depositó prolijamente sobre una placa ubicada dentro del yelmo de la armadura. Tras envolver el resto de las velas dentro de su envoltorio original y cerrar el yelmo, exclamó:
-¡Janckar Surg Spiritut!

El chispazo se repitió, pero en esta oportunidad el hocico de Royd se hallaba a una buena distancia. Con un aterrador crujir metálico, la armadura dio un paso hacia adelante y levantó sus brazos sobre su cabeza, en un movimiento que acentuó aún más su aspecto de gigante. Arrojó un terrible golpe con su espada y se detuvo a tan solo un centímetro de la nariz de Sebastián, que tartamudeando sólo pudo decir:
-Ho… hola.

César y Guido, caminando en círculos, observaron extasiados la armadura. La misma había recuperado su apariencia de estatua y la llama de la vela resplandecía vigorosamente a través de las ranuras del yelmo.
-¿Entenderá si le hablamos? –preguntó Guido.
La armadura no emitió sonido alguno, pero la llama proveniente de la vela pareció explotar.
–Si va a venir con nosotros deberíamos ponerle un nombre –dijo César.
Sebastián, ya recuperado del susto, murmuró:
-Tiene que ser un nombre de caballero… ¿Qué les parece “Arturo”?
La armadura echó una mirada de costado y pareció congelarse frente al niño.
-Creo que Arturo no va a ser –dijo Sebastián tragando saliva.
Luego, observando los objetos a su alrededor, agregó:
-¡Ya lo tengo!

Con gran entusiasmo comenzó a revisar los restos de la frustrada exposición del museo. Guido y César adivinaron las intenciones de su amigo y lo ayudaron separando los carteles identificadores del resto de la basura.

-¡Este debe ser! –exclamó Sebastián extrayendo un rectángulo de papel prolijamente encuadrado-. Réplica de la armadura perteneciente al periodo… blah, blah, blah… ¡Sir Maurice de Valvia!
La armadura crujió nuevamente al recuperar su posición marcial, y tras envainar la brillante espada cruzó su brazo derecho sobre su pecho.

-Parece que le gusta, o al menos reconoció el nombre –dijo Royd–. Lo llamaremos Maurice. Y pongámonos en marcha, porque sería bueno llegar a casa de Altiviades lo antes posible y para ello deberemos movernos con ligereza. Las afueras de Isla Kabal pueden convertirse en un lugar inadecuado para los viajeros cuando cae la noche.

-¿Quién se va a atrever a hacernos daño con semejante guardaespaldas? -preguntó César señalando a Maurice.

-Esperemos no tener que necesitar de su protección -respondió Royd echando a andar-. Isla Kabal siempre ha funcionado como un gigantesco centro de atracción debido a sus peculiares habitantes y actividades, y es continuamente visitada por personas provenientes de diferentes ciudades y reinos. Eso despertó la atención de algunos delincuentes que salen a aprovecharse de quien sea. Si no logramos llegar a destino antes de que anochezca, desviaremos un poco nuestro camino hasta alcanzar una posada birbuit, y allí pasaremos la noche-
-¿Birbuit? ¿Qué es eso? -preguntó Guido tratando de no disminuir el paso.
-Los birbuits son los adoradores de la serpiente blanca, los creyentes en la teoría del Espíritu Viajero –respondió Royd desconcertando a los niños con toda calma-. La población predominante en Isla Kabal. En su mayoría son núbilos, humanos y mérlidos. Han desarrollado la capacidad de entenderse con casi cualquier criatura viviente.

Sebastián echó una mirada sobre el Tortuguita, y luego sobre Guido.
-Cosa de locos –dijo tomando su cabeza con ambas manos-. Cosa de locos.

VII – Momenta (II)

-¿La casa de Altiviades? –preguntó César.

Royd recogió su túnica y volvió a cubrirse con ella. Luego se puso sus guantes y sus botas. Había recuperado aquel aspecto siniestro que tanto había asustado a Sebastián.

-La casa de Altiviades está ubicada en Xinu, el lugar donde deberíamos haber aparecido -respondió-, pero Fargo debe haber tenido algunos problemas para conducir el portal y eso hizo que aterrizásemos aquí en Kabal, una de las Islas pertenecientes al archipiélago de los Cinco Sentidos. Pero eso no es problema, yo crecí en estas tierras. Podremos orientarnos sin ninguna dificultad, solo debemos ubicar el pasaje de Feer.
Hizo una pausa y agregó:
-¿Podrían ayudarme a buscar un envoltorio de color rojo? Tiene que estar por aquí.

Guido guardó la gema en su bolsillo, junto al chocolate. Asintió con la cabeza y con cierto disimulo, hizo señas a sus amigos para que se le acercasen.

-¿Y ahora que hacemos? -preguntó Sebastián en voz baja-. ¿Salimos corriendo? No va a poder agarrarnos a los tres. Uno de nosotros tiene que sacrificarse… ¿Quién se ofrece como voluntario?
El Tortuguita se opuso a dicha idea.
-No –dijo rotundamente-. Tenemos que pensar en otra cosa. ¿A dónde vamos a ir si no tenemos idea de dónde estamos?
-Yo creo que deberíamos ir con él a la casa de Altiviades –murmuró Guido-. No se ve como un asesino ni nada de eso.
-¿Estás hablando en serio? –preguntó Sebastián-. ¡Ese perro es la cosa más rara que vi en mi vida!
-¡Eso no importa! –replicó Guido tratando de convencer a sus amigos-. No podemos hacer otra cosa. Al menos, por ahora.
-Tenés razón –dijo César muy convencido-. Vamos a seguirle la corriente.

En caso de que aún fuese a realizarse, la exposición del museo sería un verdadero fracaso. Casi todos sus componentes habían sido absorbidos por el remolino, viajando junto con Royd y los niños. Debajo de una colosal máscara indígena, Sebastián halló lo que la criatura estaba buscando. Parecía ser un extraño paquete de paño color bermellón sujetado con cordones de cuero.

-¡Tuvimos suerte! –exclamó Royd al recibirlo-. Parece que está intacto. Vamos a ver lo que Fargo preparó para nosotros.

Una vez cortadas las ataduras y desplegado el lienzo, los niños pudieron observar diferentes objetos: un curioso bastón con unas pocas gemas incrustadas, algunas rústicas velas confeccionadas con cera de colores, una pequeña bolsita de tela conteniendo esferas metálicas y por último, un diminuto escudo de hueso del tamaño de un plato.

-Fargo debe creer que soy un mérlido -exclamó Royd con una expresión de desconcierto en su rostro-. ¡No recuerdo como se usaban todas estas cosas!

Guido tomó una de las velas y la examinó cuidadosamente, con cuidado de no romperla. Daba la impresión de ser muy vieja y frágil, y llevaba sobre su superficie ciertas inscripciones que los niños no pudieron descifrar.

-¿Entendés lo que dice? –preguntó Guido al tiempo que le entregaba la vela a Royd.
–Pueden ser las instrucciones –exclamó Sebastián.
-Está escrito en mérlido, el idioma de los hechiceros -respondió Royd sujetando la vela por su base y acercándola a escasos centímetros de su rostro-. No lo entiendo, pero creo que puedo leerlo.

Los niños mientras tanto se dedicaron a revisar los diferentes elementos con el fin de encontrarles una utilidad.
-Si no me equivoco, aquí dice: Recalium – murmuró Royd-. Sí, así es. Recalium Surg Spiritut
Inmediatamente, una llama se encendió y lo quemó en la nariz. La vela cayó sobre el césped y allí se mantuvo, chisporroteando indiferente a lo que sucedía a su alrededor.
-¡Magia! -exclamó César-. ¿Vieron eso?

Los niños se acercaron a la vela, y Guido la recogió con cuidado de no quemarse. A su lado, Royd frotaba su hocico suavemente y maldecía en voz baja.
-¿Y esta vela para que sirve? –preguntó Guido.
-Soy un imbécil –respondió Royd-. Esa vela lleva encerrado en su interior un espíritu que ha sido capturado por un sacerdote mérlido.

El previsible silencio que obtuvo como respuesta lo obligó a extender su explicación.
-En ocasiones –dijo-, cuando algo o alguien muere, el espíritu se rehúsa a abandonar este mundo y puede adoptar distintas formas para quedarse. Esta es una de ellas. Necesitan de algo que les permita volver a vivir, de alguna manera. Miren esto…

Royd tomó el pájaro embalsamado al cual ahora le faltaban algunas plumas, y dejó caer unas gotas de cera caliente sobre el mismo a fin de poder adherirle la vela. El avechucho pareció despertar de un antiguo sueño dando un estridente graznido similar al de un pato. A continuación, intentó echar a volar un par de veces, pero carente de plumas, debió contentarse con tan sólo un revoloteo entre los niños que no salían de su asombro. Desanimado, se dedicó a picotear la hierba bajo sus patas.

-¿Es algo así como un fantasma embotellado? –preguntó Sebastián observando la vela.
Aquel comentario provocó pequeñas risas nerviosas entre sus amigos.

-Creo que deberías verlo como magia embotellada –respondió Royd–. Los mérlidos y el resto de los seres mágicos son los únicos que pueden realizar hechizos verdaderos cuando se conectan con la energía que proviene de Momenta.
-¿Un mérlido? –preguntó Guido.
-Fargo –continuó diciendo Royd-, aquel anciano de barba que se encargó de conducir la abertura para nuestro viaje entre dimensiones, allí en la Tierra, es un mérlido. Y uno bastante poderoso.

VII – Momenta

Cuando Guido abrió sus ojos, la realidad se le presentó de una manera muy diferente a la que lo tenía acostumbrado. En su cabeza aún convulsionada a causa de vaya a saber uno que extraño proceso, las ideas se abofeteaban las unas a las otras sin dejar nada en claro. Su puño todavía encerraba aquella gema misteriosa a la vez que lucía algunos raspones causados por los fragmentos de vidrio. A su lado y en iguales condiciones yacían Sebastián, César y el encapuchado que los había arrojado dentro de aquel estruendoso y pegajoso remolino. Innumerables objetos originariamente destinados a formar parte de la exhibición se hallaban esparcidos alrededor y, por qué no, sobre ellos.

Tosiendo, el Tortuguita quitó de su boca algunas de las plumas que se habían desprendido de un ave embalsamada. Arrojó ésta hacia a un costado y echó una mirada al cielo. Se sorprendió al ver que el mismo se hallaba completamente despejado y teñido de un muy agradable color turquesa. Sebastián por otro lado tuvo que forcejear un poco para quitarse de encima la pierna derecha de la armadura. Seguidamente llenó sus pulmones con una buena cantidad de aire tratando de controlar las náuseas que lo acosaban, y dio gracias de estar vivo. Acostados sobre lo que parecía ser una verde loma en lo alto de un camino abandonado, aquellos niños podrían haberle formulado un millón de preguntas distintas a su misterioso acompañante.

Guido se puso de pie con cuidado de no apoyarse por accidente sobre los afilados trozos de cristal que lo circundaban.
Todo aquello había sucedido realmente…
-¿Dónde estamos? –dijo mientras se acomodaba sus anteojos-. ¿Qué fue lo que pasó?

El encapuchado no respondió inmediatamente, sino que primero alzó su cabeza y observó los alrededores durante varios segundos. Debió de haber visto algo que le causó mucho agrado porque de lo contrario no habría dado semejante grito de inconfundible júbilo. Mediante una prodigiosa cabriola se deshizo ágilmente de sus guantes, sus botas y la túnica que lo cubrían, dejando al descubierto su legítima apariencia. Visiblemente emocionado, propinó una buena serie de puñetazos y patadas al aire.

-¡No puedo creerlo! –gritó-. ¡Otra vez en casa! ¡Lo logramos, Fargo! ¡El portal se…!
Hizo una pausa y agregó extrañado:
-¡¿Dónde estás, Fargo?!

El aturdimiento fue el único responsable de que Sebastián, Guido y César no echasen a correr cuando la túnica cayó al piso. Si alguien los hubiese obligado a describir la criatura que tenían frente a sus ojos, los habría puesto en un aprieto. Estuvieron tácitamente de acuerdo en que la misma era algo así como un hombre-lobo, aunque definitivamente mucho mas agradable que los que habían visto en más de una película de terror. Su cabeza era la de un perro esquimal o un coyote, y sus ojos eran celestes y calmos. Su contextura física era la de una criatura atlética, de buena estatura y musculatura poderosa. Llevaba un par de gruesos brazaletes finamente decorados y estaba vestido con unos pantalones anchos como los usados por los deportistas. Los mismos se encontraban repletos de bordados e inscripciones extrañas. El pecho estaba desnudo, y sobre el blanco pelaje más leyendas habían sido tatuadas o marcadas. Sus manos no eran precisamente manos como las de cualquier persona y parecían ser más bien garras bestiales. Tenían sólo cuatro dedos, y se encontraban cubiertas por un fino pelo blanco que contrastaba deliciosamente con el renegrido pelaje de sus espaldas.

-¿Fargo?

Antes de que Guido pudiese hacer cualquier cosa, la criatura se paró frente a él. Parecía estar en cierta forma avergonzada de su propio comportamiento.
-Siento mucho haber tenido que traerlos hasta aquí sin su consentimiento –murmuró realizando una pequeña reverencia-. Mi nombre es Royd Garmur.

Los niños se miraron entre sí. Guido hizo entonces lo primero que se vino a la mente y tras guardar la gema misteriosa en un bolsillo, extendió gentilmente su mano derecha hacia adelante con ánimos de estrechar la garra de la criatura.

-Yo soy Guido –dijo-. Ellos son César y Sebastián.
Éste último alargó su brazo hasta tomar el de Guido y lo sacudió con fuerza, sin quitar los ojos de encima de la criatura.
-Es un perro –susurró-. Es un perro…
-¿Dónde estamos? -insistió el Tortuguita-. ¿Qué pasó con el Director?

Royd estudió el semblante de los niños con rostro impasible. Era obvio que no tenía pensado hacerles ningún daño o de lo contrario ya podría haberlo hecho.
-Los dueños de las apariencias que pedimos prestadas están a salvo –dijo-. Despertarán en poco tiempo y no recordarán nada de lo sucedido.
Realizó una pausa y señalando el horizonte agregó:
-Ya no estamos en la Tierra. Hemos llegado a Momenta.
Sebastián se vio sacudido por una oleada de temor.
-Tiene que ser otro sueño –dijo dejándose caer de espaldas sobre el verde césped-. ¿Eso quiere decir que ya no estamos en la Tierra? Primero Vatel y ahora esto…

Royd hizo una mueca de sorpresa que cambió por completo la expresión en su rostro. Algo inquieto, continuó hablando.
-Momenta no es un sueño –dijo-. Es la Tierra Interior, el planeta hermano de la Tierra que ustedes conocen. Y Vatel tampoco es un sueño. Es el rey de Elvoréntis. ¿Cómo es posible que sepan acerca de su existencia?

Guido reflexionó durante unos instantes ante aquellas palabras pero no logró comprender su significado. La primera impresión de Sebastián había sido la correcta: el vórtice no había sido otra cosa más que una puerta a otra dimensión. En su pecho, la curiosidad comenzó a latir más fuertemente que el miedo.
-El sueño…

Sebastián, lejos de incomodarse por el hecho de ser indiscreto, exclamó:
-¿Un hombre con cabeza de perro? ¿Un mutante? Pero esas garras… ¿Quién sos? ¿Qué sos?

La criatura realizó una mueca que a ojos de los niños se vio como una sonrisa. Pero que podría haber sido cualquier otra cosa también…
-¿Por que estamos aquí? -preguntó Guido-.¿Qué hicimos nosotros para que nos obligues a hacer este viaje?
Royd se le acercó lentamente al niño y se detuvo frente a él.

-Deben ser pacientes y creer en mí –dijo pensativo-. Mi misión era la de ayudar a Fargo a traerlos aquí. Nada más. Cuando lleguemos a casa de Altiviades, él les dará todas las respuestas que están buscando.