V – Llueve sobre mojado (II)

Una vez que sus alumnos se encontraron sentados dentro del aula, la maestra se dispuso a comenzar la clase. Como no podía ser de otra manera, exclamó:
-Como ustedes saben, los centauros son criaturas mitológicas…

Guido se sorprendió al percatarse de que en esta ocasión recordaba absolutamente todo lo visto en la clase pasada. Abrió su carpeta esperando encontrar los apuntes correspondientes, pero no pudo hallarlos. Cada vez mas extrañado, tomó su lapicera y comenzó a copiar lo que la Señorita Lourdes dictaba.

-Esto ya se esta poniendo aburrido –pensó-. Pero mamá va a revisar las carpetas y los cuadernos. Tengo que copiarlo todo.
Sebastián dejó escapar una risita maliciosa lo suficientemente sonora como para que Guido la escuchase. A continuación, y sin levantarse de su lugar, introdujo una mano dentro de sus pantalones. Comenzó a extraer varios papeles arrugados que Guido pudo identificar como hojas de carpeta.

-Mirá, Guido –dijo en tono triunfal-, ¡No desaparecieron! Esto es todo lo que la Señorita Lourdes dictó ayer.
Luego, frotando sus manos añadió:
-Y este es solo el comienzo. ¡Tengo muchas ideas y planes!
-Pero, ¡Sebastián! ¡Si alguien te llega a ver con estas hojas estamos fritos! -dijo Guido en un intento imposible de susurrar y gritar al mismo tiempo.

Sebastián hizo caso omiso a las advertencias de su amigo. Colocó las hojas en la carpeta, y volvió a meter la mano en sus pantalones, o mejor dicho, en sus calzoncillos.

-Hice una copia para vos también -susurró al tiempo que extraía un puñado de papeles similares a los anteriores-. Podemos quedarnos sin hacer nada y esperar hasta el recreo mientras los demás se matan escribiendo.

Guido no supo como reaccionar ante la situación, y se limitó a observar a su amigo. Éste se hallaba dedicado a la tarea de aplastar las hojas de papel contra su silla para plancharlas un poco. Recordó lo que alguna vez le había dicho su padre:
-“Fijate que tu amigo Sebastián es bueno, pero medio animalito”

La voz de la Señorita Lourdes los paralizó.
-¡Guido y Sebastián! ¿Se están pasando mensajes en clase? Déjenme ver que es lo que tienen ahí.

Los niños nada pudieron hacer cuando la maestra comenzó a leer los papeles en voz alta.
-¿Y ahora que hago? –pensó Guido
La expresión en el rostro de la educadora cambió cuando ésta vio resueltos en unas de aquellas hojas los ejercicios de matemática que planeaba explicar más tarde ese día. Aquello sólo podía significar una cosa: alguien había estado revisando a escondidas su carpeta, el día anterior.

-¿Puede alguno de ustedes dos explicarme lo que esta sucediendo? –exclamó tratando de no perder la calma.
El rostro de Sebastián estaba tan colorado como un tomate maduro.
-Yo… eeeh… Guido… –balbuceó torpemente-. El chocolate…
-Fue todo culpa mía –lo interrumpió Guido-. Ayer, Sebastián me llamó por teléfono para contarme que había conseguido los ejercicios de Matemática, y yo le pedí una copia.
Esa explicación les costaría caro. No obstante, recibir un castigo del Director era preferible a pasar los próximos cincuenta años encerrado en una habitación de paredes acolchadas.

-Debería darles vergüenza –dijo la maestra decepcionada-. Vayan a la oficina del Director y cuéntenle lo que hicieron. Se quedarán castigados hasta que termine el día.
Los niños abandonaron la clase en silencio. Cabizbajos, recorrieron los pasillos del colegio rogando que al Director Giménez no se le ocurriese llamar a sus padres para acordar una reunión con ellos. Eso seria lo correcto desde el punto de vista disciplinario y lógico desde cualquier punto de vista, sí… pero terrible.

-Me parece que estamos metidos en un lío serio -dijo Sebastián suspirando.
Guido no respondió. El hecho de encontrarse congelado en el mismo día del año se le hacía mucho mas grave que cualquier castigo que pudiese imponerle su madre.
-Cuando tu papá descubra que estuviste revisando la carpeta de la señorita –dijo finalmente-, te va a meter preso.
Sebastián sonrió a pesar de los nervios. Detuvo la marcha y se cruzó de brazos.
-Y eso si está de buen humor –replicó-, porque de lo contrario…

La oficina del Director resultaba pequeña en relación al hombre que se desempeñaba allí dentro. Giménez era un hombre de piel oscura, tan alto y recio como una pared. Vestía siempre de traje gris, y su entrecano cabello corto habitualmente se mostraba peinado hacia la derecha. Su imagen era la de un gigante prófugo de algún libro de cuentos, y resultaba atemorizante para los alumnos mas pequeños. Guido y Sebastián, por otra parte, ya no le temían tanto como lo habían hecho alguna vez. Sabían que era noble, justo e inofensivo como un ratón, y que detestaba castigar a cualquiera de sus estudiantes.

Guido levanto el puño derecho para llamar a la puerta, pero Sebastián lo detuvo tomándolo por el brazo.
-Mira quien viene -dijo-. Es el Tortuguita. La Señorita Lourdes debe estar arrepentida de castigarnos.

El Tortuguita se dirigió hacia ellos llevando una sonrisa en los labios. Luego bostezó abriendo su boca tanto como le fue posible.
-¿Venís a rescatarnos del Director? –preguntó Sebastián con un brillo de esperanza en los ojos.
-No -dijo Cesar en tono triste. –Todo lo contrario. Vengo a…
No pudo terminar la frase porque se vio interrumpido por otro bostezo. Restregó sus ojos con ambas manos y se aplastó un poco el cabello. No pudo evitar sonrojarse al darse cuenta de que se estaba quedando dormido, pese a estar de pie y frente a sus amigos.
-Vengo a acompañarlos –dijo finalmente-. La maestra me castigó por quedarme dormido mientras ella dictaba.
Hizo una pausa y agregó:
-La… la interrumpí con los ronquidos.
Los tres niños se miraron los unos a los otros, y rieron resignados. Entonces Sebastián golpeó tres veces la puerta de la oficina.

-No fue mi culpa –dijo César en su defensa-. No pude dormir en toda la noche. Tuve un sueño extrañísimo. Nosotros peleábamos en una iglesia, y un rey… no me acuerdo su nombre. Vetal… Vatel, no importa.

Sebastián y Guido se quedaron atónitos, como lo habían estado haciendo a lo largo de las últimas horas. Se mantuvieron en silencio durante varios segundos, sin animarse siquiera a intentar comprender su situación.

La puerta de la oficina se abrió lentamente frente a ellos, y el Director los invitó a pasar.
-Pasen –les dijo-. Adelante.

V – Llueve sobre mojado

El despertador en la habitación de la madre de Guido sonó correctamente, y el niño se levantó dando un salto. Se sentía lleno de energía, como si hubiese dormido durante una semana entera. Se alegró de encontrarse vestido con el equipo de gimnasia, y sin una gota de pereza procedió a anudar los cordones de sus zapatillas.

-¡Hijo! -exclamó Alicia sorprendida-. Pensé que te iba a costar un poco volver a la escuela después de estos cuatro días de no hacer nada…
Observó al niño durante unos instantes y luego agregó:

-Hoy no tenés clase de deportes, ¿Que hacés vestido así?
-Miércoles veinticinco de Junio -pensó Guido-. Otra vez.
-Yo me voy a preparar el desayuno -dijo ella-. Cuando vuelva quiero encontrarte con el uniforme puesto.

El uniforme constaba de una camisa blanca, corbata y calcetines rojos, pantalones grises, zapatos marrones y un abrigo azul oscuro. Parado junto a la cama, sobre la alfombra, Guido se puso los anteojos y bajó la mirada hasta clavarla sobre sus pies. Se agachó ansioso de ver si su idea había dado resultado.

-Miércoles 25 de Junio -dijo leyendo en voz baja lo impreso en el margen superior de la portada del periódico-. Tengo que mostrarle esto a Sebastián.
Terminó de cambiarse y sacó el chocolate del bolsillo de los pantalones de gimnasia, para ponerlo en el bolsillo de los pantalones color gris oscuro, junto a la portada del diario. Mientras desayunaba, tuvo que escuchar las recomendaciones de su madre acerca de cómo prevenir futuros resfríos y gripes, pero no le prestó mucha atención al discurso.

El autobús llegó como siempre, sin demoras. Sebastián, desde su asiento, recibió a su amigo gesticulando desesperadamente con ambos brazos. La expresión de total desconcierto dibujada sobre su rostro fue todo lo que Guido necesitó para darse cuenta de que ya no estaba solo en aquella locura.
-Tenías razón –susurró Sebastián tratando de que tan sólo su amigo lo escuchase-. ¡Mi mamá me puso el uniforme!
–Mirá -replicó Guido mientras sacaba de su bolsillo la portada del periódico.

Sebastián leyó la fecha y sonrió, presa del nerviosismo. Seguidamente, arremangó la manga izquierda de su abrigo, dejando al descubierto su reloj. Ante la atenta mirada de Guido, presionó un pequeño botón en el costado del artefacto, haciendo que se escuchase lo siguiente:
-“Jueves veintiséis de Junio de…”

Ambos muchachitos se miraron, cómplices de una realidad que los tenía maravillados y confundidos en partes iguales. Fue entonces que una voz los sobresaltó.
-Ese reloj esta mal, hoy no es Jueves, chicos.
-Eeeh… Si, ya lo sabemos -dijo Guido con el corazón casi a punto de escapársele por la boca.

Era Sabrina, la de las trenzas de plastilina y el cuello largo de jirafa. Asomada por sobre el respaldo de su asiento, les había dado un buen susto. Esa chica malcriada y entrometida… ¿Habría escuchado toda la conversación? Por si acaso, sería necesario guardar silencio y hacer de cuenta de que nada ocurría, cuando menos por el momento.