XVI – Responsabilidad Astral (II)

-Mis energías me están abandonando –bramó el dragón-. Se acerca el momento. Sólo los shojins y los Guardianes podrán evitar que se acabe con cualquier tipo de existencia. Debes aprender a controlar el poder que te ha sido otorgado, Guido.

Un nuevo cambio de locación aconteció cuando la Torre de Tragantipia desapareció llevándose consigo a todos y cada uno de sus testimoniales grabados. En un abrir y cerrar de ojos, tanto los niños como resto de los viajeros se hallaron flotando a través del cosmos. A ninguno de ellos le costó trabajo alguno divisar la esplendorosa silueta de La Tierra, pese a que la misma se hallaba envuelta por una fina capa de polvo dorado.

-La misión de Silverado era proteger a los habitantes de los hermanos fundamentales –bramó el dragón-. Su fuerza fue tanta, que aún hoy, millones de años después de su muerte, ha encontrado la forma de continuarla.

El corazón de Guido golpeó con fuerza en un intento por escaparse del pecho que lo aprisionaba mientras que el niño, incapaz de hacer otra cosa, observaba como las partículas plomizas y doradas que flotaban sobre el Tercer Planeta se condensaban lentamente, formando un remolino. En el centro del mismo, la extraña piedra que tanto revuelo había causado al salir flotando desde el interior de una simple caja de cartón, comenzó a tomar forma.

-El espíritu de la criatura más poderosa que haya conocido este Universo ruge dentro de esa gema -dijo Norfolk-. Y te ha elegido a ti, para que continúes su misión.

El polvo dorado se esfumó tímidamente, como el humo de un cigarro. Brillando con la intensidad de mil soles, la gema Astral se presentó ante Guido, una vez más. Éste la tomó lleno de firmeza y supo que ya todo estaba claro. El miedo que sentía era mucho e innegable, pero la sangre corría rabiosamente por sus venas y hervía en su puño, inyectándole un coraje nunca antes percibido.

Altiviades y Fargo se miraron aliviados, con una expresión de absoluta comprensión en sus rostros.
-El último shojin –murmuró el anciano hechicero, sonriente y emocionado-. El último shojin ha nacido.

El cuerpo del Guardián del Tiempo desapareció en un estallido luminoso y el Edén recuperó su verdadero, vacío y oscuro aspecto, quedando pobremente iluminado por las colosales cabezas del dragón.
-La fantasía está fuera de control –murmuraron las tres a coro-. El Edén no es el lugar para ustedes, pero cuando salgan de aquí, lo harán para no regresar jamás.
El dragón hizo una pausa y agregó:
-Debes reunir a los Guardianes Elementales, Guido. El camino correcto será largo y peligroso, pero ellos te apoyarán cuando descubran que eres el Shojin Astral.
Luego, dirigiéndose al resto de los viajeros, las cabezas exclamaron:
-Cada uno de ustedes deberá encontrar por sí mismo las razones culpables de que se encuentren junto a los shojins en este momento. No han venido hasta aquí en vano: el mañana será lo que sus destinos decidan al cruzarse…

Una última frase fue dedicada a Altiviades.

-No me equivoqué contigo, Criatura…

Altiviades no consiguió responder a tiempo, y en un instante el suelo bajo sus pies se volvió líquido. Lo próximo que él y sus acompañantes pudieron ver fue el ramaje perteneciente a los árboles propios del bosque que originariamente los había visto partir hacia el Edén. Lancelot se hallaba merodeando el lugar y apenas hubo presenciado aquel aterrizaje dio un relincho, arrojándose sobre Fargo y expresando de alguna manera la alegría que le causaba dicho regreso. El insoportable pajarraco resucitado por Royd se había sujetado firmemente de las crines del animal utilizando su pico, y terminaba de conformar un muy estrafalario comité de bienvenida.

-Eso fue muy raro –murmuró César aturdido.
-Fue mucho más que eso –replicó Guido poniéndose de pie velozmente.
-Estamos de vuelta en el Bosque de Medoh -exclamó Royd-. ¿Qué sucedió?

Sin pronunciar palabra, Altiviades echó un vistazo sobre la gema que Norfolk le había otorgado.
-El Guardián se hallaba muy débil –dijo- No podemos saber que ha sucedido con él o con el Edén. Quizás…
-¿Habrá muerto? –lo interrumpió Sebastián.

Todos permanecieron en silencio durante unos instantes, aguardando una respuesta que nunca llegó. A diferencia del resto, Fargo sabía que Altiviades era el único capaz de sentir la presencia de aquel poderoso dragón estando fuera del Edén.

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