IV – La verdad está allí afuera (III)

Cesar Pagnutti siempre había sido un buen amigo y un excelente alumno. Nunca había tenido problemas con sus compañeros y las maestras encontraban en él a un niño tan encantador como educado. Era también uno de esos habilidosos a quienes todos querían tener cerca y en su equipo cuando se realizaban las competencias deportivas. Y también todos, incluso los miembros de su familia, lo llamaban por su apodo: “El Tortuguita”. Dicho apelativo se lo había ganado gracias a que su vivienda, ubicada en la intersección de dos calles cercanas a la escuela, alojaba en su interior una pizzería llamada “La Tortuga”. Allí vivía junto a su padre “El Tortuga”, su abuela y sus tres hermanos mayores. Nunca llegó a conocer a su madre, que había muerto cuando él era apenas un bebé. Aún así, la extrañaba de vez en cuando. De ella había heredado su piel aceitunada, sus cristalinos ojos y su rizado cabello oscuro. De su padre, por otro lado, había obtenido la pasión que dedicaba a todas y cada una de sus actividades.

Mantener una pizzería funcionando era una labor dura, pero divertida. En la actualidad la mayor parte del trabajo quedaba en manos del Tortuga y del mayor de sus hijos, pero César sabía que su momento de meter las manos en la masa llegaría cuando sus hermanos iniciasen sus estudios universitarios, y lo esperaba de muy buena gana. No obstante, sabía también que su destino se hallaba mucho más ligado a una cancha de fútbol de lo que jamás lo estaría al viejo horno de barro. Durante el día, su vida giraba en torno al fútbol, y durante la noche, sus sueños también. En ellos se convertía en héroe al marcar el gol de la victoria, y recibía la copa del Mundo, la cual levantaba con ambos brazos mientras que sus compañeros de equipo lo sacaban en andas.

El Tortuguita no pudo dormir durante la noche del miércoles veinticinco de junio, y culpó de ello a sus pesadillas. Al llegar la mañana, solo recordó haber peleado una increíble batalla acompañado de sus amigos Guido y Sebastián, pero no supo como fue que lo había hecho. Camino a la escuela, sintió un ligero escalofrío al rememorar el rugido de aquella extraña bestia cuya respiración aún resonaba en sus oídos, con un sonido perturbador y demasiado real.

IV – La verdad está allí afuera (II)

Guido casi no saboreó el almuerzo. Finalmente había comprobado que por alguna razón, no todos los eventos ocurrirían de la misma manera en la que lo habían hecho anteriormente. Terminó por creer que allí se encontraba la respuesta a todo el misterio.
-¿Por qué el chocolate del sueño no volvió a aparecer como todas las otras cosas? –se preguntó a si mismo una y otra vez.
Siguiendo sus predicciones, observó pacientemente el reloj pulsera recibido en su onceavo y último cumpleaños, hasta que sonó el teléfono. Era Laura, obviamente. Guido mantuvo con ella la misma conversación del día anterior.

Tenía que entender lo que estaba sucediendo. A sabiendas de que dicha tarea necesitaría de toda su atención, optó por no distraerse con lo que pudiese ofrecerle la televisión. Acomodó su sillón hasta ubicarlo dentro de su habitación, frente al escritorio. Luego manoteó un cuaderno, y le arrancó un par de hojas. Lápiz en mano, se dispuso a resolver todo aquel asunto como si el mismo se tratase de un ejercicio práctico encomendado por la Señorita Lourdes.
Creyó que no sería mala idea llamar a Sebastián. A fin de cuentas, su amigo se hallaba mucho más inmerso de lo que él jamás lo estaría en las cuestiones del esoterismo. Se recostó en el sillón y levantó el auricular. El teléfono sonó varias veces antes de ser atendido.

-Hola…
-Hola Sebastián. Soy yo, Guido.
-Hola Guido. Estaba seguro de que eras vos el que llamaba –dijo Sebastián bostezando-. ¿Encontraste alguna explicación para el problema del chocolate?
-No. Por eso te llamé. Necesito que me ayudes a pensar, no quiero olvidarme de nada.
-Voy a hacer lo posible –dijo Sebastián-. Tengo que devolverte el favor.
-¿Qué favor?
Sebastián se quedó callado durante algunos segundos.
-Anoche soñé que me salvabas la vida –dijo finalmente.
-Eso fue un sueño –replicó Guido-. Pero el chocolate es de verdad.
-La bestia de mi sueño también era verdadera –dijo Sebastián-. Y el Alfil y la Catedral también eran verdaderos.

De no haber estado sentado, Guido seguramente se habría caído al suelo otra vez. Tenía la boca paralizada. Cuando recuperó el control de sus labios, creyó que sería conveniente que se tomase unos cuantos segundos para ordenar sus pensamientos. Eso llevó a Sebastián a preguntarse si todos los golpes sufridos por su teléfono inalámbrico habrían hecho mella en el mismo.

-Guiiidooo… ¿Estás ahí? Holaaa…
Guido respiró profundamente antes de responder.
-Si –dijo-. Pero, ¿Vos soñaste con una pelea en una catedral?
-Si –dijo Sebastián-. Pero no fue un sueño, fue una pesadilla. Un tipo llamado Vatel…
-Vatel era el dueño del Alfil. Nosotros teníamos que ir a buscarlo, pero no podíamos hacerlo porque estabamos ocupados peleando.

Esta vez fue Sebastián, y no Guido, quien pudo sentir toda su piel erizarse a causa del miedo. Un miedo que ni siquiera un ejército de fantasmas podría haber despertado.
-Me estas asustando, Guido –le dijo-. Hay mucha gente que adivina el futuro, pero…
-¡Pero nada! –respondió Guido poniéndose muy serio-. ¡No estoy adivinando! ¡Yo también soñé con una pelea en una catedral!
Hizo silencio durante unos instantes que a oídos de ambos parecieron interminables, y luego agregó:
-Pero lo soñé ayer, antes de que todas estas cosas raras comenzaran a suceder.
-¿Qué está pasando? –preguntó Sebastián consternado-. Vatel no es un personaje de la televisión, ¿No?
Guido dedicó varios segundos a analizar esa posibilidad.
-No, no puede ser –respondió pensativo-. Pero tengo el presentimiento de que este sueño tiene mucho que ver con el asunto del chocolate.

Sebastián comprendió lo que su amigo quería decir con esas palabras. Palideció ante la posibilidad de que aquella cruel pesadilla fuese en realidad, una señal de alerta. Un aviso de que se encontraba próximo a vivir el mismo día, por segunda ocasión.

-Tal vez –dijo-. Pero, ¿Qué podemos hacer para darnos cuenta?
Guido se tomó la cabeza con ambas manos, y la sacudió en busca de una respuesta a la pregunta hecha por su amigo. Luego tomó el pequeño chocolate que tantos dolores le había causado. Trató de descubrir las razones que habían permitido que aquella golosina lo acompañase a lo largo del Miércoles repetido, pero no tuvo éxito. Alguna particularidad tendría, o de lo contrario, se habría esfumado de la misma manera en que lo habían hecho los apuntes acerca de las criaturas mitológicas, y el dinero en la billetera de Raúl. Por un instante, y antes de confesar su estrategia, Guido sintió que un Dios Todopoderoso se hallaba jugando con su salud mental.

-Sabemos que hoy es miércoles –dijo-. Mañana vamos a tener clase de deporte. Antes de acostarme, voy a ponerme el uniforme de gimnasia, y voy a guardar el chocolate dentro del bolsillo de los pantalones.
-¡Tu mamá se va a volver loca cuando vaya a despertarte! –le replicó Sebastián con razón.
Y tras unos instantes de silencio agregó:
-¿Y yo no tengo que hacer nada?
-Si –respondió Guido-. Tenés que seguir guardando el secreto.
-Ah, eso es fácil. No quiero ir al manicomio.
A través del auricular, Guido pudo escuchar que la madre de su amigo murmuraba algo, en un tono casi imperceptible.
-Mi mamá quiere usar el teléfono, Guido –dijo Sebastián-. Voy a tener que colgar. Hasta mañana.
-Chau –dijo Guido-. Nos vemos en el autobús.

Y colgó. Ya no estaba asustado de haber vivido dos veces el mismo día. Por otro lado, también había encontrado un método infalible para comprobar si el día se repetía una vez más. Salió de su habitación y se dirigió a la cocina, donde su madre estaba preparando unas galletas.
-Mamá -le dijo-, ¿Compraste el diario de hoy? Lo necesito para terminar mi tarea de la escuela.
-Está sobre la mesita negra –le respondió ella–. No tuve tiempo de leerlo.

Guido cenó copiosamente y miró un poco de televisión antes de acostarse. Durante la noche no soñó con la pelea. Tampoco soñó con Vatel o el Alfil. Debería esperar para ver si desaparecía el chocolate, o si el día se repetía nuevamente. Mientras tanto, llevaba plegado dentro de uno de sus calcetines algo que definitivamente echaría luz sobre el asunto.

IV – La verdad está allí afuera

Guido se arrojó sobre Sebastián como si éste hubiese sido la última cantimplora de agua fresca en todo el desierto.

-Sebastián -dijo conteniendo la respiración-. Escuchá lo que tengo que contarte.
-Está bien –dijo su amigo limpiando su nariz con un pañuelo desechable-. Pero antes de hacer cualquier otra cosa voy a comprar algo para comer. ¿Querés que te traiga algo del quiosco?

Guido no respondió. Un escalofrío recorrió su cuerpo, comenzando en la punta de sus cabellos y terminando en el dedo meñique de su pie izquierdo. Sin hacer el menor ruido, y ante la atenta mirada de su amigo, metió la mano dentro del bolsillo derecho de sus pantalones sabiendo y temiendo, por alguna extraña razón, lo que iba a encontrar allí. Se puso pálido, y con voz temblorosa murmuró:

– El… el chocolate.
-¡Hey! ¡¿Qué te pasa?! -preguntó Sebastián, asustado al ver a su amigo desplomarse de rodillas.
-Nada –dijo Guido poniéndose de pie-. Por favor, te lo pido, no le digas nada de esto a nadie, y acompañame.
Sebastián seguía asustado.
-Pero –dijo tomando a su amigo por un brazo-, ¡Te caíste! ¡Creí que te habías desmayado o algo así! ¿Estás bien? ¿Querés que llame a la Señorita Lourdes? Tenemos que ir a la enfermería.
-Estoy bien –dijo Guido-. Esto no tiene nada que ver con la gripe, no te preocupes. Cuando escuches lo que estoy a punto de contarte, me vas a entender. ¿Puedo contar con vos?
Sebastián no necesitó pensarlo dos veces.
-¡Por supuesto, Guido! –exclamó-. Pero si te caes una vez mas, se lo voy a contar a la Señorita Lourdes, a tu mamá, a tu papá, al Director y al que se me cruce en el camino ¿Entendiste?

Se dirigieron entonces a un reparo del patio cubierto, donde aún se estaba desarmando el escenario sobre el cual se había celebrado el acto de Bienvenida al Invierno, siguiendo la iniciativa de los pequeñuelos de Jardín de Infantes. Se sentaron al costado de la escenografía y entonces Guido confesó todo lo referido al día vivido anteriormente. No dejó escapar el más mínimo detalle, e incluyó en su historia eventos aparentemente secundarios, como el desayuno compuesto por un sándwich, bocadillos y galletitas. Su amigo, mientras tanto, se frotaba la cabeza de costado, en un gesto que Guido había presenciado muchas veces cuando ambos tenían que estudiar para rendir un examen. Sebastián creía fervientemente en la existencia de adivinadores de futuros tanto ajenos como propios, como así también en los fantasmas, las casas embrujadas, la vida extraterrestre y todos los misterios no resueltos. Eso favorecía en algo a Guido, pero no quitaba la posibilidad de que Sebastián se lo tomase todo a broma, y se echase a reír.

-Creo que tuviste un sueño premonitorio –dijo Sebastián-. No se me ocurre nada más.
-Yo pensaba lo mismo, hasta que encontré el chocolate.
-¿Y si te volviste loco? Eso lo explicaría todo.
-No estoy loco –dijo Guido con rostro severo.
-Todos los locos dicen lo mismo –dijo Sebastián haciendo muecas con los labios-. Pero, ¿Estás seguro de que no tenías ese chocolate desde antes?
-Nunca estuve tan seguro de algo en toda mi vida.
-Estuviste muy enfermo, y la fiebre…
-¡Esto no tiene nada que ver con la fiebre!
-¡Está bien! No se porqué te enojás conmigo, si el que está loco sos vos…
-¡Por favor, Sebastián! ¡Esto no es una broma!
-Te creo, te juro que te creo. Pero no sé que pensar.
-Esto es un secreto entre nosotros dos –dijo Guido poniéndose muy serio-. No podés contárselo a nadie.
-¿Y quien me lo va a creer? –replicó Sebastián.
Luego, poniéndose de pie agregó:
-Quiero que te quedes acá sentado mientras voy al quiosco a buscar algo para comer. Si vuelvo y no te encuentro, grito. ¿Entendiste?

Guido exprimió su cabeza a más no poder, sin obtener resultados satisfactorios. Cualquier explicación medianamente razonable a todo el embrollo, se hacía pedazos cuando era enfrentada con aquel chocolate adquirido en el auto de su padre el día anterior. Necesitaba un plan. Lo único que podía hacer era esperar y ver si el resto del día transcurría de acuerdo a su memoria.
Sebastián regresó rápidamente, todo despeinado como casi siempre, con un envase de jugo en una mano y un sándwich de queso en la otra. Un segundo bocadillo venía atorado en su boca, y parecía dificultar su respiración. Guido echó una mirada a su alrededor, y sus ojos se cruzaron con los de César, que sentado sobre las escaleras que conducían al piso superior, le hizo señas para que se le acercase. Guido respondió a la demanda, y tratando de no modificar la dirección de los hechos, repitió la misma conversación del día anterior. Sebastián, por otra parte, se mantuvo fiel a su palabra. No hizo ningún comentario acerca de lo que Guido le había contado previamente, y tan sólo se dedicó a comerse las galletitas.
-César debe estar muriéndose de hambre –pensó Guido-. Es el segundo desayuno que le roban en veinticuatro horas.

Llegó el mediodía y junto con él, el fin de una jornada de estudio idéntica a la que Guido recordaba haber vivido horas atrás. De pie sobre el zaguán, el niño elevó la mirada deseoso por ver si su padre pasaba a recogerlo una vez mas por el colegio, y Raúl no lo decepcionó. El recorrido y el intercambio de palabras no variaron en lo más mínimo, pero el desenlace del viaje fue distinto gracias a un pequeño detalle que Guido había estado esperando con especial interés.
-Creí que tenía algún dinero para darte –murmuró Raúl extrañado mientras revisaba su billetera por dentro y por fuera-. Pero parece que lo gaste en otra cosa sin darme cuenta.
-No hay problema, papá, tengo bastante ahorrado- respondió el niño.

Sonriendo, estrechó a su padre en un fuerte abrazo. Luego se estiró hasta alcanzar los asientos traseros del automóvil, a la vez que sostenía una mano en su bolsillo. Tal y como se lo esperaba, sin importar cuanto buscó dentro de las bolsas de golosinas, no pudo encontrar aquel chocolate.