XI – De paseo (III)

Los niños tuvieron que esmerarse para no disminuir la marcha. Altiviades caminaba a buen paso y daba muestras de conocer a la perfección cada centímetro del camino. El bosque se hacía más frondoso según iban avanzando, pero la espesura del follaje nunca llegó a bloquear el paso a través del sendero. Unos pequeños roedores que bien podrían haber sido ardillas de no ser por su pelaje rosado, sus ojos azules y su pequeña trompa similar a la de un oso hormiguero, conformaban el único elemento animado en aquel paisaje. Altiviades se detuvo en un sector del camino que se ensanchaba frente a dos árboles particularmente gruesos, ubicados el uno junto al otro y dejando entre ellos un espacio lo suficientemente grande como para permitir el paso de un automóvil mediano. Con el dedo índice de su mano derecha realizó una marca sobre la corteza de uno de ellos y luego repitió la operación con el restante.

-¿Por qué nos detenemos? –preguntó César.

Sebastián se sentó en el suelo, cruzando las piernas.

-No tengo la menor idea –respondió fastidiado-. Pero es mejor así. Ayer tuvimos que caminar mucho y hoy también. No tenemos ni siquiera una bicicleta.

Altiviades lo miró en silencio, despectivo.

-Lancelot no puede ayudarnos en esta ocasión –le dijo-. De todas maneras ya llegamos, así que puedes dejar de quejarte. Éste es el lugar.

Guido y los demás se miraron extrañados. Estaban rodeados de algunos troncos caídos y un sinnúmero de árboles fríos, secos y carentes de vida. Apenas si podía distinguirse el cielo debido a la enorme cantidad de hojas que poblaban las ramas más altas.

-¿Vamos a acampar? –preguntó Sebastián arrojando pequeñas piedrecillas sobre la cabeza de César.

El Tortuguita supo que no podría desalentar a su amigo en su enfadoso divertimento, por lo que simplemente caminó hasta alcanzar una distancia prudencial que lo mantuviese a salvo de los proyectiles. Se ubicó detrás de Maurice, y a continuación todos pudieron escuchar el sonido de las piedras impactando sobre la metálica superficie de la armadura. Ésta, por otro lado, no prestó mayor atención al asunto.
Altiviades echó una mirada llena de compasión sobre Guido y César.

-Vengan aquí, niños –dijo-. Guido, sujeta tu gema y sostén tu brazo en alto, como lo hago yo.

Acatando las instrucciones de Altiviades, Guido elevó la gema misteriosa hacia el cielo. La misma comenzó a brillar mucho mas intensamente de lo que lo había hecho hasta entonces. César y Sebastián presenciaron asombrados el instante en que su amigo se despegaba del suelo durante unos segundos, para luego volver a posar sus pies en tierra firme. Un estallido luminoso proveniente de la copa de los árboles hizo que ambos pedruscos se diluyesen en el aire, pero sin importar cuanto miraron hacia arriba, los niños no lograron divisar la fuente de aquel resplandor.

-Norfolk está dándote la bienvenida, Guido –dijo Altiviades.
Hizo una pausa, y volteándose hacia los demás, añadió:
-Cubran sus ojos y cierren sus bocas.

XI – De paseo (II)

-El responsable de que hayas vivido tres veces el mismo día existe en otro mundo –dijo Altiviades serenamente-. Un plano diferente al que ocupamos nosotros.

Más allá de lo vivido en las últimas horas, Sebastián se resistía a creer en esas palabras; no obstante, la posibilidad de que Altiviades fuese un simple y desquiciado charlatán del mundo de los magos lo preocupaba. Irónicamente, cuando miraba los programas de misterio en la televisión no cuestionaba siquiera por un instante la veracidad de los testimonios de quienes aseguraban haber viajado al fin del mundo, al cielo, al infierno o incluso al mundo de los espíritus para reencontrarse con sus antepasados.

-Esto es un desastre –susurró-. ¿A dónde vamos ahora? ¿A una ciudad oculta en el fondo del mar?
Altiviades respondió sin inmutarse.
-No. No tenemos ninguna razón para visitar Atlantís.

Una vez más, los niños no supieron como responder. El sendero se fue desviando lentamente hasta llevarlos y casi introducirlos en un tupido bosque. Los árboles que lo formaban eran viejísimos. Sus troncos eran de un color gris muy pálido y las hojas parecían haber sido pintadas con acuarelas marrones de distintos tonos otoñales. Incluso el aire rezumaba cierta tristeza.

Guido reflexionó un instante. Una idea que había estado dando vueltas dentro de su cabeza consiguió salir a la superficie, no sin poco esfuerzo.

-Altiviades –dijo-. Vos usas la magia, pero no sos mérlido como Fargo. ¿Qué sos?

Altiviades sonrió débilmente, con un dejo de malicia en su mirada.

-Lo mismo que tú, Guido –respondió-. Un shojin. Poseo la capacidad de controlar el flujo de energía mágica de todas las cosas existentes en este Universo. Aunque “mágica” no es la palabra más indicada para expresarlo…

Hizo una pausa y continuó diciendo:

-La única diferencia entre nosotros consiste en que tú has crecido en el tercer planeta, un lugar donde la existencia alternativa no es posible. La Tierra perdió la capacidad de convivir masivamente con la mitta y sólo queda en ella algo de energía concentrada, apenas suficiente como para abrir la pequeña puerta que te trajo hasta aquí.
-¿La mitta? -preguntó Guido-. ¿Qué es eso?
-La mitta es todo lo que ves y todo lo que no ves –respondió Altiviades-. Lo que hace que el fuego sea fuego en vez de agua, y viceversa.
-Me suena a algo que vi una vez en una película –murmuró Sebastián-. O en varias…
-Muchas religiones creen en la existencia de una energía invisible -argumentó el Tortuguita-. Yo creo que eso es Dios.
-O la fe que uno pueda tener –agregó Guido.
-O el aura –dijo Sebastián.
-Esto va mucho mas allá –contestó Altiviades-. Cualquiera sea la religión, cualesquiera sean los dioses… sea grande, pequeña o nula la fe, eso es lo de menos. La mitta es la esencia de todas las cosas, y debido a ello puede transformarse en todas las cosas; es tanto la mano como la pluma, la tinta, el libro, lo que se escribe… y asimismo lo que no se escribe.

Sebastián entonces hizo un gesto con los brazos, como pidiendo un alto en la conversación.

-Bueno, bueno, no compliquemos más las cosas –dijo-. Hasta que te entienda, voy a seguir separando las cosas entre “mágicas” y “no mágicas”.

XI – De paseo

Los tibios rayos de sol que lo alcanzaron a través de una de las pequeñas ventanas fueron más que suficientes para despertarlo. Junto a él se encontraban César y Sebastián, también acostados sobre la alfombra. Nadie más parecía acompañarlos. Algo mareado, Guido se propuso llegar hasta la entrada de la cabaña y cuando lo logró, tiró con fuerza del picaporte. Desgraciadamente, el mismo no se movió en lo más mínimo y la puerta se mantuvo cerrada.

-Te dije que nos iban a secuestrar –murmuró Sebastián desperezándose. ¿Pensaste que iban a dejar la puerta abierta? Estamos atrapados, y todo por tu culpa.

Guido supo que el reproche de su amigo era fruto del temor y el desconcierto, pero de todas maneras se sintió algo dolido. No obstante, si la locura sin sentido que el trío estaba viviendo era cierta, Sebastián tendría razón. La gema en su bolsillo chamuscado y agujereado lo había elegido a él. A Guido Ventola, y a nadie más.

El Tortuguita despertó. Quiso ponerse de pie rápidamente, pero perdió el equilibrio y cayó de costado sobre Sebastián, que se lo quitó de encima mediante un empujón. César entonces rodó hasta casi alcanzar la chimenea y la peligrosa proximidad de las llamas terminó por despabilarlo definitivamente.

-¿Qué pasó? –exclamó sorprendido-. ¿Sebastián? ¿Dónde estamos?

Sebastián hizo un gesto con una mano mientras que con la otra se rascaba la cabeza.
-Ese rubiecito nos hizo algo –murmuró-. En este lugar todos son magos y están todos locos.

En ese momento Royd abrió la puerta desde el exterior.
-¡Tenías razón, Altiviades! -dijo volteando su cabeza-. ¡Ya despertaron!
Luego, dirigiéndose a los niños agregó:
-Síganme, por favor.
-¿Cuanto tiempo estuvimos dormidos? -preguntó Sebastián al tiempo que intentaba acomodarse el cabello con las manos-. ¿Nos pusieron alguna droga en la comida?


Sobre aquella colina, la rubia cabellera de Altiviades parecía brillar tanto como el sol. Quizá debido al manto de humedad que una llovizna había arrojado sobre los pastos y demás elementos del lugar, el paisaje se veía mucho más verde y hermoso de lo que a Guido le había parecido en un principio. Fargo le hizo señas al híbrido para que lo acompañase y ambos dirigieron sus pasos sobre el sendero que originariamente había llevado a todos hasta la cabaña, para luego tomar una desviación que los llevó a perderse de vista entre las montañas. Algunas aves de rapiña los escoltaron, revoloteando muy en lo alto y emitiendo graciosos sonidos.

Altiviades echó un vistazo sobre los niños y sonrió.

-¿Quieres saber porqué viviste tres veces el mismo día?- le preguntó a Guido.

El niño no tuvo que pensar mucho para emitir una respuesta. Antes de que pudiese darse cuenta, Altiviades ya se encontraba conduciéndolo tanto a él como a sus amigos a través de un camino de montaña cuya existencia no había sido advertida previamente. Sir Maurice los acompañó, como no podía ser de otra manera.

X – Como sapo de otro pozo (V)

Guido se llevó la mano izquierda a la frente. Su cabeza había comenzado a dolerle.

¿Cómo saben que nosotros somos los elegidos para arreglar esto? –preguntó-. ¿Y si están equivocados?

En ese instante, la roca encerrada dentro del bolsillo del pantalón de Guido comenzó a brillar dentro del mismo, aumentando su temperatura velozmente hasta quemar la tela que lo aprisionaba.

-¡Está viva! -exclamó Sebastián muerto de miedo-. ¡Está viva!
-Esto no es real –murmuró el híbrido-. No es posible.

La gema se elevó hasta que el niño la tuvo frente a sus ojos nuevamente. Cuando esto sucedió, éste la tomó entre sus manos y la arrojó hacia el fondo de la habitación, impactando sobre una delgada caña de pescar. Sin embargo, aquella extraña piedra volvió a elevarse. Flotando a través de la habitación y entre destellos, llegó hasta Guido una vez más. Altiviades se apartó de las cenizas y extendió uno de sus brazos hacia el niño.

-Has recibido un don muy especial, Guido -dijo-. Ya no puedes echarte atrás. Eres uno de los shojins.

Royd, azorado y con los ojos como platos, cayó de rodillas sin poder pronunciar palabra.

-¿De qué don estás hablando? -replicó el niño al tiempo que dejaba caer algunas lágrimas-. ¡No te entiendo! ¡¿Por qué estoy llorando?! ¡¿Qué está pasando?!
-Tu espíritu ha comprendido algo que tus ojos todavía no pudieron ver –respondió Altiviades-. Esto es complicado, por supuesto. Mucho más de lo que crees. Debes ser paciente y dejar que las respuestas lleguen a ti.
-¿Va a ser como en el sueño? -preguntó el Tortuguita tratando de manejar las ideas en su cabeza-. ¿Vamos a tener que pelear contra Vatel?

Tembloroso, Guido pudo darse cuenta de que se hallaba a escasos segundos de perder el control de su propio cuerpo. Algo alojado en cada átomo de su pequeña humanidad le decía que estaba siendo poseído por un ente superior y desconocido.

-No puede ser verdad –dijo-. Tiene que ser un sueño.
-¡Nunca fue un sueño! –replicó Sebastián.
Altiviades lanzó un suspiro.
-¿Acaso es tan difícil de imaginar? -preguntó-. ¿Creías saberlo todo, Guido? ¿Creías que el Universo era tan sólo lo que conocías?
-¿Cómo hiciste que soñáramos los tres con la misma cosa? -insistió Guido-. ¿Por qué estuve viviendo en el mismo día durante tres días?
-Yo no poseo el poder necesario para llevar a cabo una acción semejante. –dijo Altiviades severamente-. Todas tus preguntas serán respondidas muy pronto, pero antes debes descansar.

Luego, observando el calamitoso estado en el que se encontraban los niños, agregó:
-Todos deben descansar.

De las manos de Altiviades, un azulado campo energético comenzó a surgir, emitiendo un agudo sonido similar al de las turbinas de un avión. Un segundo después, Guido sintió que algo lo golpeaba fuertemente en la cabeza, dejándolo inconciente.

X – Como sapo de otro pozo (IV)

-¿Y quien tiene la razón?- preguntó Sebastián metiéndose de lleno en el relato-. ¿Los magos o los Reinos?

-Es la naturaleza de la guerra –murmuró Altiviades-. Ambos bandos creen tener la razón, pero ninguno la posee realmente. Muchas personas inocentes murieron sin saber siquiera porqué. Los Reinos Aliados ansiaban las tierras habitadas por los hechiceros para ampliar con ello su poder mientras que los mérlidos reclamaban su derecho ancestral de regir sobre el planeta pacíficamente, apoyándose tanto en sus creencias como en sus dioses.

Guido reflexionó unos instantes y preguntó:
-Aparte de nosotros, ¿No existe nadie que pueda detener esta guerra?

-La guerra no es lo que debe preocuparnos -respondió Altiviades-. Vatel la utilizará como a una sangrienta cortina de humo y cubrirá con ella su verdadero ataque.

Caminó hacia la chimenea una vez más y volvió a repetir la operación. Con el dedo índice de su mano derecha dibujó unos garabatos sobre los residuos que ya estaban sobre alfombra y solo entonces abrió su mano izquierda con la palma hacia arriba, dejando que las cenizas recién obtenidas se escurriesen lentamente por los espacios que quedaban entre sus dedos. Cuatro pequeños montículos se formaron poco a poco para luego comenzar a arder con fuegos de diferentes colores, y el humo se condensó hasta proporcionar la imagen algo borrosa de un grupo de personas. Las mismas se hallaban reunidas en torno a un enorme artefacto tubular que Guido pudo reconocer al instante. Era el “Alfil”, fuese lo que fuese.

-La Alianza de los Siete Reinos ha logrado adquirir cierto poder sobre la energía de Momenta –dijo Altiviades-. Utilizando ese poder, Vatel desarrolló un artefacto capaz de alterar la composición del flujo hasta desaparecerlo por completo. Impedidos de aprovechar en su defensa la energía elemental del planeta, los mérlidos serán exterminados.

Royd se levantó escandalizado.
-¡Eso es imposible! –exclamó-. Solo los mérlidos pueden controlar el destino de magia y eso se debe a que son diferentes al resto de las criaturas. ¡Es imposible que Vatel haya encontrado una manera de manipular el flujo!

Los niños escucharon, en silencio. Ese misterioso joven parecía estar hablando en otro idioma, acerca de sucesos tan incomprensibles como todas las cosas que habían estado tomando lugar durante los últimos días. Un nudo invisible presionó con fuerza sus gargantas y un profundo temor se cernió sobre ellos. Lo que en un momento se había presentado como un horrible sueño, terminó por convertirse en una horrible realidad. Y no había que ser sabio para darse cuenta de que de la realidad, uno no puede despertarse.

-Esto es demasiado para nosotros –dijo Guido-. No somos soldados y tenemos que volver a casa. Nuestras familias deben estar muy preocupadas. Mi mamá…
-Mi papá debe estar desesperado –argumentó César-. Todos deben creer que nos secuestraron.

Sebastián se puso de pie, decidido a vociferar algo que nunca se había creído capaz de decir siquiera en voz baja.

-¡Quiero volver a la escuela! –exclamó-. ¡Queremos volver a la escuela!

Fargo sacudió la cabeza.
-La respuesta al problema que enfrenta la Tierra Interior se encuentra únicamente dentro quienes han sido elegidos –replicó suavemente-. Será su deber aceptar esa responsabilidad, o de lo contrario, la vida en este planeta dejará de ser tal y como la conocemos.

X – Como sapo de otro pozo (III)

-Eres el encargado de velar por esa piedra, Guido -dijo Altiviades al tiempo que abrochaba su camisa-. Deberás estar preparado para enfrentar tu destino.

Guido sintió que su corazón daba un vuelco dentro de su pecho a causa de alguna extraña emoción. Echaba de menos a sus padres y quería volver con ellos lo antes posible; y para eso tendría que cumplir con su misión o lo que fuese que tuviese que hacer con Altiviades.
-¿Por qué me buscabas? –preguntó-. ¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué hace esta piedra?

Altiviades se puso de pie y caminó en dirección a la chimenea. Con toda calma, metió las manos en el fuego y tomó un puñado de cenizas. Seguidamente, lo colocó sobre la alfombra, formando una montañita. Se sentó, y extendiendo su brazo izquierdo hasta casi tocar las cenizas con la palma de la mano, dijo:

-Un gran desastre ocurrirá y somos los únicos que podemos evitarlo. Vatel, el rey que conocieron en sus sueños, está a punto de desencadenar una guerra de proporciones épicas. Será el último capítulo en el libro de las Guerras Grandes; el enfrentamiento final entre los mérlidos y los Reinos Aliados.

Los niños se miraron extrañados. Durante un instante, Guido tuvo la impresión de encontrarse en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno.

-Nosotros somos nuevos en todo esto –murmuró el Tortuguita-. ¿Reinos Aliados? ¿Guerras Grandes?
-Es verdad –agregó Sebastián, al tiempo que de su boca dejaba escapar algunas migajas de galletas-. Yo no entiendo nada.

Mediante un gesto con su mano izquierda, Altiviades pidió silencio.

-Momenta se ha visto sacudida por diversas legiones, naciones e imperios durante su historia –dijo-. Muchas civilizaciones regidas por tiranos quisieron imponer sus reglas a otros pueblos durante siglos. Las discusiones no resueltas llegaban entonces a su fin con la victoria del más fuerte en un campo de batalla. Dos bandos han logrado mantenerse fuertes a través del tiempo: los mérlidos y los Reinos Aliados. Sus enfrentamientos fueron conocidos como las “Guerras Grandes” debido a que el choque entre ambas fuerzas ha sido descomunal.
Altiviades cerró sus ojos y pronunció algunas palabras en voz baja. Inmediatamente, las cenizas que hubo apartado de la chimenea comenzaron a elevarse en el aire, formando una colorida imagen tridimensional mediante algunos estallidos luminosos. Los niños pudieron ver allí a numerosos ejércitos, marchando y movilizándose a través de una llanura. Cuando Altiviades abrió sus ojos, las cenizas cayeron nuevamente sobre la alfombra.

-Los mérlidos –dijo-, poseedores de conocimientos y poderes tan únicos como descomunales, se enfrentaron a la Alianza de los Siete Reinos. La primera y más increíble de las batallas libradas entre ambos es recordada como la Guerra Grande, y sucedió hace poco más de tres mil años.

Fargo murmuró algo frente a las cenizas y las mismas volvieron a elevarse, aunque esta vez para dar vida a lo que parecía ser una representación en miniatura de Momenta. Altiviades continuó con su relato.

-Esta Alianza estaba conformada por los Reinos de Valeron, Cándice, Miracuzco, Elvoréntis, Lummita, Khali Amal y Zonta, con sus numerosas tropas y sus armas de avanzada. Fue una confrontación entre la magia y la tecnología. Cuando la guerra tocó a su fin tras casi cien años de batallas, ambos bandos se hallaban parcialmente destrozados. Así fue como se declaró una tregua que perduró durante varios siglos, siendo interrumpida hace unos veinticinco años. Con el surgimiento de Vatel como precoz y nuevo líder de la Alianza, los conflictos se reanudaron dando origen a nuevos y dolorosos combates aislados. Este período solo duró un año y medio, pero bastó para conformar el comienzo de la “Segunda Guerra Grande”.

X – Como sapo de otro pozo (II)

Sebastián se desplazó suavemente hasta ubicarse junto a Royd. Su esfuerzo por disimular sus movimientos fue tan torpe que terminó por obtener un efecto contrario.
-Creí que Altiviades era un viejo sabio, como aquel abuelo –le dijo en un murmullo-. Pero es un chico como yo.

Fargo pareció escuchar aquel comentario, y carraspeando, se dirigió a la cocina.

-No te confundas –respondió Altiviades-. Fargo posee gran sabiduría, eso es cierto. Una vida dedicada al enriquecimiento intelectual y la sangre mérlida que corre por sus venas han hecho de él un experto mago.
Hizo una pausa y añadió:
-Pero yo no soy un mocoso como tú. A decir verdad, ya he presenciado demasiados atardeceres, y llevo respirando mucho más tiempo del que imaginas.

Sebastián, mas allá de no mostrarse satisfecho ante semejante declaración, se sintió terriblemente ofendido.

-La prima de Guido dice lo mismo, y ustedes deben tener más o menos la misma edad –respondió. El Tortuguita no pudo evitar sonreír.
-Yo adopté a Fargo cuando él era tan solo un bebé llorón –replicó Altiviades-. Lo crié como a un hijo y le enseñé todo lo que pude enseñarle. Los años pasaron y él se convirtió en mi ayudante y amigo fiel.
-¡Ese viejo tiene mas años que la lluvia! -exclamó Sebastián demandando el apoyo de sus amigos-. No puede estar hablando en serio.

Guido echó una mirada por sobre su hombro buscando a Royd. Éste interpretó lo que el niño quería preguntarle pero Fargo se adelantó con la respuesta.

-Altiviades tiene casi dos mil trescientos años de edad…
-Eso no puede ser cierto –exclamó Royd, desconcertado-. Los pegasos no logran extender la vida en tanto tiempo. Altiviades no puede tener más de doscientos años.

Los niños se quedaron en silencio, tratando de interpretar el sentido de aquellas palabras. Sus cerebros se sacudieron como nueces en un mismo frasco, pero no lograron sacar nada en limpio debido a que todavía se encontraban vigorosamente aferrados a lo vivido y aprendido en el planeta Tierra.

-Entonces, ¿Cómo hacés para parecer un chico?- preguntó César finalmente.

Aquel supuesto sabio desabrochó cuidadosamente algunos de los botones de su camisa. Colgando sobre el lampiño pecho todos pudieron observar una minúscula cadena que llevaba engarzada una gema similar a la que los niños habían encontrado en la caja del museo. Cuando Guido se dispuso a contemplarla con detenimiento, la misma emitió un poderoso resplandor azul oscuro.

-Esta gema existe desde hace muchísimos años -dijo Altiviades mostrando una severa expresión en su rostro-. Encierra dentro de sí, nada menos que el poder del Tiempo. Cuando la obtuve, mi cuerpo detuvo su desarrollo y dejó de envejecer.

Guido escuchó asombrado aquella confesión y la relacionó directamente con el miércoles que se había repetido una y otra vez. Tiempo. Sacó la gema que guardaba en sus pantalones y la acercó a la otra sin saber que esperar. Ambos pedruscos se encendieron como lámparas y comenzaron a brillar muy tenuemente. Transcurridos unos segundos, su luminosidad desapareció con la misma naturalidad con la que se había manifestado en un principio.

X – Como sapo de otro pozo

Calidez. Esa era la palabra justa para describir lo que aquella vieja cabaña irradiaba. En el fondo de la habitación principal, una pila de leños ardía prisionera de una rústica chimenea hecha de piedra. El lugar carecía de muebles como sillas o mesas y el suelo estaba cubierto por una enorme alfombra azul oscura. Allí, un joven rubio y descalzo, vestido con una camisa blanca arremangada hasta los codos y unos pantalones largos de tela color mostaza se hallaba sentado frente a una tabla de madera, esparciendo un pequeño y colorido mazo de naipes. Si bien su larga cabellera le cubría parcialmente el rostro, Guido pudo ver que no seria mucho mayor que él o sus amigos. Supuso que tendría unos cuatro o cinco años mas que ellos a lo sumo. A su lado, un espectacular caballo negro estaba siendo cuidadosamente peinado por un anciano de ojos grises al que reconocieron de inmediato. Royd se dirigió hacia éste y lo estrechó en un abrazo.

-Me alegra mucho ver que lograste volver sano y salvo –le dijo-. Nosotros aparecimos en las afueras de Kabal, pero el camino fue fácil de encontrar. ¿Qué sucedió con el portal?
-Altiviades y yo no pudimos controlar semejante cantidad de poder –le respondió este-. El balance entre los dos mundos fue interrumpido y casi fracasamos. En realidad, deberíamos haber fracasado. La Tierra no posee la energía suficiente.

El anciano hizo señas a los niños para que estos se le acercasen. Guido obedeció.
-Buenos días, Fargo –dijo estirando la mano como para saludarlo-. Yo soy Guido, el es Sebastián y éste es César, el Tortuguita. Aquí estamos como usted quería.

El anciano estrechó cariñosamente la mano del niño entre las suyas, casi tan arrugadas como ciruelas pasas.
-Jovencito, es un enorme placer conocerte a ti y a tus amiguitos –dijo débilmente-. Mi nombre es Fargo de Zhoue.
Luego, propinando unas suaves palmadas sobre el lomo del caballo, agregó:
-Y este es Lancelot.

El jovencito que previamente se hallaba sentado sobre la alfombra se había puesto de pie. Sus enormes y profundos ojos azules ostentaban un brillo muy particular.

-Yo soy Altiviades, niños –dijo-. Y ya me estaba preocupando a causa de su demora.

Saludó a todos con un apretón de manos y un beso en cada mejilla, e hizo que tomasen asiento en la alfombra. Luego, guiñándole uno ojo al híbrido agregó:
-Muchas gracias por haber sido su escolta, Royd. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te ha sentado el aire de la Tierra?

Las palabras del jovencito parecieron despertar el entusiasmo en su interlocutor.

-¡La Tierra es increíble! -respondió Royd deshaciéndose de su túnica-. Estuve a punto de volverme loco, pero todo sucedió según lo habías previsto. Bueno, casi todo.

Altiviades realizó una mueca de extrañeza.
-¿Casi todo? –preguntó.
-Bugen y sus muchachos nos asistieron –dijo Royd-. Sufrimos una emboscada a nuestro regreso, en el pasaje de Feer. Un caballero andante llamado Maurice también nos acompaña, y se ha quedado vigilando la puerta.
-Debe ser uno de espíritus errantes que se encontraban bajo mi cuidado –murmuró Fargo sonriendo.

Altiviades soltó una carcajada.

-Bueno –dijo-, sabes que eso no es necesario, pero si quiere quedarse allí, esta bien por mi. La emboscada debería preocuparnos teniendo en cuenta la sagrada naturaleza de nuestra misión, pero aun no es hora.
-La curiosidad me está matando –dijo Royd–. He cumplido con la misión que me encomendaste, y ahora debes revelarme la razón de todo esto.

Altiviades asintió con la cabeza.
-Tanto tú como los niños tienen muchas preguntas para hacerme, Royd –dijo pensativo-. Mientras comemos algo, trataré de responderlas. ¿Les parece bien? Una taza de té caliente nos vendrá muy bien a todos. Aunque les cueste creerlo, las sorpresas apenas están comenzando.

Inmediatamente se dio vuelta y exclamó:
-¡Fargo! Lancelot ya está bastante malcriado. Por favor, déjalo en paz y agrega mas leña al fuego.

IX – Señales de humo (III)

Los niños saludaron con la cabeza y sin pronunciar palabra. El peligro había desaparecido, pero sus corazones palpitaban aún muy violentamente y quizás por eso, no prestaron demasiada atención al aspecto de aquel fabuloso ser que acababa de salvarlos. No obstante, no pudieron evitar ver que el ojo izquierdo del mismo era de un relampagueante color celeste casi blanco, a diferencia del derecho, que era amarillo y ligeramente más grande. Pasó inadvertido el hecho de que a la pata delantera derecha del lobo le faltaba una garra, perdida ésta en alguna pelea.

-Pude oler a los déndridos cuando ya era tarde –continuó diciendo Royd-. El humo me confundió. Los déndridos de seguro saquearon esta casona y tuvimos muy mala suerte de encontrarlos. ¿Tiene alguna idea al respecto, Maestro?

Lamiendo una de sus patas, el lobo respondió:
-Los déndridos no son ladrones comunes y silvestres, todo el mundo lo sabe. Son asesinos a distancia. Buscan riquezas importantes y esta pensión no ocultaba ninguna. Tú también eres pobre como una rata. Pienso que fueron sometidos por alguien que sospechaba que estos niños pasarían por aquí. ¿Ellos esconden algún tipo de tesoro?

Guido, Sebastián y el Tortuguita negaron con la cabeza. Bugen giró su voluminoso cuerpo, y señalando con el hocico los restos del hotel, añadió:

-Estos demonios iniciaron el incendio para confundir tu olfato. Sabían que podrías descubrirlos; eso quiere decir que del mismo modo estaban al tanto de que tú los acompañarías. Es muy extraño, pero yo si fuera tú, me movería con mucho cuidado. Alguien anda detrás de estos niños y tengo el presentimiento de que no estás siendo absolutamente sincero conmigo.

Royd se mantuvo en silencio durante unos instantes.

-Te acompañaremos hasta la morada del viejo Altiviades –gruñó Bugen severamente-. Lo quieras o no.
-De acuerdo, Maestro –respondió Royd-. Pero eso lo haremos dentro de unas horas. Los niños y los heridos necesitan algo de descanso.
-Que así sea- dijo Bugen complacido-. Parece que tu entrenamiento no fue una total pérdida de tiempo. Te has convertido en un luchador interesante. Esos engendros deberían haber acabado contigo.

Royd suspiró aliviado al percatarse de que el lobo había decidido no insistir en las averiguaciones con respecto a sus acompañantes.
-No habrían podido hacerlo –respondió-. Tuve el mejor de los maestros.

Echó una mirada sobre los niños, y descubrió que los mismos ya se encontraban apilados unos contra otros, dispuestos a dormir. Tenían hambre y sueño, pero en sus cabezas aún retumbaban los sonidos de la batalla. Guido se puso de pie y preguntó:

-¿Qué eran esas cosas que nos atacaron? No sé si eran humanos, fantasmas o monstruos, pero estoy seguro de que maté a uno.

Royd sujetó con suavidad a Guido, mirándolo directamente a los ojos.

-Un déndrido es sombra y arena. El resultado de un sometimiento mágico llevado a cabo por los yabrenes, los hechiceros envenenados; el cuerpo de un individuo que se convierte sin saberlo en anfitrión del demonio que habita en su interior. Ha perdido la conciencia y no le teme a la muerte. Vaga por el mundo escabulléndose entre los humanos, ocultando su verdadera forma física y esperando por el momento en que la voluntad del yabrén decida liberarlo. Si no lo hubieses atacado, él podría habernos asesinado a todos.

El niño prefirió no pensar en ello y sus amigos lo imitaron. Royd terminó diciendo:

-Bueno, ya es muy tarde. Ustedes se han comportado como verdaderos valientes y deben descansar, luego hablaremos.

La túnica del híbrido no era muy cómoda, pero recostado sobre ella Guido cerró sus ojos y se durmió casi de inmediato. Estaba tan cansado y libre de pretensiones como nunca lo había estado anteriormente. Había tenido un día muy largo y por sobre todas las cosas, muy extraño. Curiosamente, sus sueños fueron mucho más melancólicos que fantásticos, e incluyeron a sus padres, su casa y la vida que había llevado hasta entonces, dejando de lado a Vatel, Momenta, la gema del museo o incluso aquel miércoles que parecía dispuesto a no acabarse nunca.

Al amanecer, un desagradable pero familiar graznido lo despertó. Cuando él y sus amigos se hubieron encontrado frente a las puertas de la cabaña de Altiviades, Bugen y el resto de los lobos saludaron y se perdieron entre las montañas. Royd golpeó la puerta y pudo oír el relincho de un caballo, seguido de una voz que lo alentaba a pasar. Todos entraron, a excepción de Sir Maurice. Éste se quedó firmemente parado junto a la entrada, tal y como lo habría hecho de encontrarse en el vestíbulo de algún legendario castillo.

IX – Señales de humo (II)

Las advertencias del híbrido llegaron demasiado tarde. La criatura plegó sus alas y descendió a toda velocidad lanzando un golpe sobre el pobre Sebastián, que paralizado por el miedo no pudo reaccionar a tiempo. Pero el ataque no logró su objetivo: Sir Maurice de Valvia empujó al niño, que voló unos cuantos metros antes de caer, y tomó su lugar reteniendo con su espada el golpe del bastón cuyas incrustaciones despedían luces amoratadas. El déndrido cambió su objetivo y repitió la arremetida con mayor rabia, en esta ocasión sobre la armadura, pero Maurice volvió a bloquearlo exitosamente. El choque de fuerzas fue lo suficientemente brutal como para causar que el bastón y la espada estallasen en pedazos, dejando a la criatura visiblemente aturdida. Sin dudarlo, Maurice extendió una de sus enormes manos metálicas y sujetó al agresor por la cabeza. Lo elevó en el aire impidiendo que sus pies tocasen el piso, y cerró el puño con un brutal sonido. Aquel demonio ya no haría mas daño a nadie.

En un instante, Guido pudo observar con pavor como todas esas personas a quienes había creído sobrevivientes del incendio se transformaban en una criatura como la que acababa de morir. Royd se lanzó al ataque y logró eliminar a algunas de ellas pero las sobrevivientes, aprovechando la ventaja numérica, lo rodearon lanzando golpes sobre su espalda y sus piernas. Víctima de un último y soberbio garrotazo luminoso recibido en la cintura, el híbrido cayó al piso.

Guido abrió aquella bolsa llena de pequeñas esferas de metal, de tamaño inferior al de una pelota de ping-pong, y leyó sobre ellas una numeración grabada. ¿Serian granadas? ¿Bombas de alguna extraña tierra futurista? ¿Munición para un cañón ausente sin aviso? No había tiempo para andar dudando: él y sus amigos estaban en peligro. Arrojó una de aquellas esferas sobre una de las criaturas y tuvo suerte, ya que le dio en la cabeza. La esfera explotó soltando una gelatina verde y la criatura cayó inmóvil al piso, bañada en aquella sustancia. Muy pronto, dos criaturas más se unieron a la lista de víctimas de la furia de Maurice

Obedeciendo las órdenes de Royd, César decidió probar aquel escudo óseo que tanto le había gustado cuando lo vio por primera vez. Echó a correr entre tropiezos bajo su protección y recibió un par de golpes, pero estos solo hicieron que las placas de hueso aumentasen sus dimensiones haciendo del escudo un elemento muy incómodo y pesado. Sebastián, por otra parte, se hallaba muy ocupado moviendo su bastón de aquí para allá como si de una varita mágica se tratase, sin saber que más hacer, inmerso en aquel improvisado y caótico campo de batalla.

Con un violento puñetazo, Royd se quitó de encima a dos de las bestias que lo rodeaban y se puso de pie. Zigzagueando y dando saltos entre sus enemigos, subió por el terreno hasta alcanzar una elevación ubicada sobre unas rocas, y una vez allí, soltó un aullido aterrador que retumbó por toda la montaña. Un bramido similar pero más grave le contestó.

-¿Qué fue eso? -preguntó Sebastián-. ¿De dónde salió ese rugido?

Para su sorpresa, ojos brillosos, rugidos y pequeñas cabezas comenzaron a asomar entre los resquicios de la montaña. En poco menos de un minuto una veintena de lobos se halló rodeando a los combatientes, y los cinco déndridos que no habían sido derrotados aún, fueron finalmente presa de la ferocidad de los mismos. Cuando todo hubo terminado, varios cánidos habían resultado heridos, Royd se veía algo lastimado y Maurice estaba medio abollado, pero eso era todo lo que había que lamentar. Eran los restos de aquellos demonios, y no los de los niños, los que yacían por todo el lugar en forma de ceniza y huesos resecos.

Royd caminó en dirección a un enorme lobo gris que parecía ser el líder del grupo, y realizó una reverencia.

-Muchas gracias por la ayuda, nos han salvado -dijo-. Me alegro de haber tenido la suerte de encontrarlos merodeando por aquí.

El lobo echó una mirada sobre las ruinas del incendio y respondió:

-No tienes nada que agradecer, Royd, el humo nos trajo hasta aquí. Además, tú luchaste las batallas de muchos de ellos alguna vez cuando eras niño.

Hizo una pausa y preguntó:
-¿Y quienes son tus amiguitos?

-Ellos son unos niños que debo llevarle sin demora al viejo Altiviades -respondió el guía-. Y la armadura es cosa de Fargo, no me pregunte.

A continuación, volteándose hacia Guido y sus acompañantes, agregó:

–Guido, César, Sebastián, éste es Bugen. No sólo es mi mejor amigo, sino también mi maestro.

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