XVI – Responsabilidad Astral (III)

Sebastián observó su reloj y vio que recién era mediodía. Todo lo experimentado en el Edén apenas sí les había quitado diez minutos de tiempo real.

-Norfolk debe haber utilizado todas sus fuerzas para lograrlo –murmuró Altiviades fríamente-. Ahora es nuestro turno. Ya todos sabemos lo que tenemos que hacer: debemos despertar los poderes del Shojin Astral y convertir en guerreros a estos niños.

Hizo una pausa y continuó diciendo:

-Royd, Bugen, ustedes deben tener asuntos de los cuales ocuparse antes de que emprendamos la búsqueda de los Guardianes.

Los híbridos asintieron con semblante preocupado.

-Acompáñalos, Fargo –exclamó entonces Altiviades-. Llévate a Lancelot y a este caballero andante. Quiero que te ocupes además de lo que podamos necesitar para el camino. Los niños y yo haremos nuestro regreso a pie, y así abriremos el apetito.

Sebastián halló en esas palabras un chiste deliberadamente ofensivo, considerando la anterior promesa de no repetir la caminata. Se puso en cuclillas con el objeto de poder acariciar la cabeza de una de las pequeñas alimañas peludas que lo rodeaban, y protestó:
-Pensé que habías dicho que nosotros íbamos a usar el caballo la próxima vez. ¿Nos vas a seguir mintiendo durante todo el viaje?

Altiviades soltó otra de sus joviales carcajadas y comenzó a caminar, acompañado de los niños. En pocos unos segundos el bosque quedó atrás y los cuatro se hallaron frente al camino que conducía a la cabaña. Guido estaba boquiabierto.
-¡No puede ser! -exclamó el Tortuguita sin dejar de frotar sus ojos-. ¿Ya llegamos?
Apartando los cabellos que cubrían su rostro, Altiviades respondió:
-Solo puedes entrar en un bosque hasta la mitad del camino. Una vez allí, comienzas a salir, ¿No lo sabes, Guido?
-No entiendo -le replicó éste-. No dimos ni veinte pasos.
-La ilusión en el Bosque de Medoh fue ideada por Norfolk –continuó Altiviades-. Xinu es considerado por muchos como un lugar hechizado, maldito. Para llegar a la entrada del Edén es necesario caminar durante mucho tiempo y siguiendo una dirección en particular, pero abandonar la espesura resulta simple. Ante el temor de perderse, pocos son los curiosos que se aventuran a venir por aquí, y cuando lo hacen no encuentran otra cosa que no sean ramas secas y gillites rosados.






La comida proporcionada por Fargo tuvo una gran acogida. Cuando ésta hubo terminado, Altiviades abandonó la cabaña sin decir una sola palabra. Los niños presenciaron ese alejamiento desde la alfombra, al tiempo que el mérlido se encargaba de retirar los delicados platos de madera usados recientemente.

-Altiviades es muy extraño -murmuró César-. ¿No lo creen?
-Está un poco loco –respondió Sebastián-. Pero eso es natural: hace miles de años que está en este planeta.
-Miles de años –repitió Guido-. ¿Cuántas cosas habrá visto durante todo ese tiempo?
-Millones de millones –replicó Sebastián-. Lo envidio.
-¿Te gustaría ser inmortal? -preguntó Guido-. ¿Te gustaría poder vivir por siempre y sin envejecer?
Sebastián no se hizo esperar con su respuesta.
-¡Por supuesto, Guido! –vociferó-. ¿A quién no le gustaría?
El Tortuguita meditó durante unos instantes y dijo:
-No lo sé. Podría ser peor de lo que parece. ¿Les gustaría tener que seguir viviendo cuando todos sus amigos y su familia ya no estén con ustedes?
Los niños permanecieron en silencio, sumidos cada uno dentro de su propio mar de pensamientos.
-Debe ser muy feo quedarse solo en el mundo –murmuró Guido para sus adentros-. ¿Qué habrá pasado con la familia de Altiviades?
La áspera voz de Fargo los quitó de sus reflexiones.
-Esto es para ustedes, niños –les dijo-. Espero haber calculado bien sus medidas.

Guido examinó las prendas adquiridas para ellos en Isla Kabal. Recordaba haber visto vestiduras semejantes entre los birbuits, pero por alguna razón daban la impresión de ser uniformes de diferentes colores, como los utilizados para practicar artes marciales. Marrón y verde para Sebastián, celeste y blanco para César, y amarillo y gris para Guido. A cada niño le correspondía un holgado pantalón largo, un par de calcetines ajustados, una suerte de camiseta de mangas largas, un ancho y largo cinturón de tela, y un abrigo sin mangas similar a un delantal de cocinero, aparentemente confeccionado para cubrir el pecho, la espalda, y el comienzo de los muslos. Los zapatos pertenecientes al atuendo escolar serían reemplazados por unas ligeras zapatillas de tela elástica.
-Estas ropas son muy cómodas –exclamó Guido al tiempo que depositaba la gema Astral en un bolsillo interior-. ¿Están hechas de seda?

Fargo, que se encontraba ayudándolo a ajustar el lazo en su cintura, asintió afirmativamente con la cabeza.

-Géneros especiales extraídos de las fibras de diferentes insectos –respondió-. Son muy resistentes y flexibles a la vez.
-Hizo un gesto con la mano y agregó:
-Sus uniformes escolares no serían los más indicados en este momento, pero no se preocupen, los guardaré en un lugar seguro.
-Me siento un idiota –intervino Sebastián calzándose las zapatillas-. Y ustedes deberían decir lo mismo.
-Parecemos superhéroes –exclamo el Tortuguita-. Esto es espectacular.
-Bailarinas –lo corrigió Sebastián-. Parecemos bailarinas…
A lo lejos, la voz de Altiviades pudo escucharse.
-¡Guido y los demás, tenemos mucho que hacer! ¡Fargo, trae sus cosas aquí afuera! ¡Royd y Bugen han regresado y debemos comenzar con el entrenamiento!
-¿Entrenamiento? –preguntó César.

Sus amigos no supieron responder a la pregunta, pero no fue necesario que lo hicieran. El hechicero les hizo señas para que lo acompañasen, mientras llevaba bajo sus brazos un par de enormes muñecos hechos de paja, similares a espantapájaros. Sebastián cruzó la puerta y observando el horizonte exclamó:

-Ya no sé que esperar de todo esto. No va a ser la primera vez que tenga que pelear, pero…
-La fuerza necesaria para vencer no debe surgir de tus músculos, tus huesos, tu armadura o ese bastón que llevas –lo interrumpió Fargo-. Pero si tu mismo no crees en lo que eres capaz de hacer, ¿Quién lo hará por ti?

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