XIV – Testigos de la historia (V)

Fargo se dio la vuelta, y suspiró profundamente mientras que Royd y los demás se dedicaban a interpretar el significado de los diversos tallados. Sebastián caminó hasta situarse a su lado y al elevar la mirada pudo ver que el mérlido se hallaba sonriendo, con los ojos perdidos entre los garabatos de los muros más altos. Aquella no era una sonrisa como cualquier otra, y dejaba entrever cierta tristeza disimulada. Al darse cuenta de que estaba siendo observado, el hechicero cambió súbitamente la expresión de su rostro.

-¡Hey! –le dijo el niño a viva voz y atrayendo la atención del resto de sus compañeros-. ¿Te pasa algo?
Fargo posó su arrugada mano derecha sobre la cabeza del niño y respondió:
-No es nada. Tan solo estoy tratando de lidiar con la emoción. Eso no es bueno para un anciano como yo.
Sebastián pareció aliviarse.
-Eso no es nada –replicó-. Creí que las subidas te habían dado ganas de vomitar, como a mí.

Aún no había terminado de hablar cuando el suelo volvió a ponerse en movimiento. Esta vez lo hizo hasta alcanzar una enorme y descolorida ilustración que mostraba a los hechiceros siendo acorralados por los hajbiros. Allí, Norfolk retomó su discurso.

-Cuando los hajbiros se separaron de los mérlidos –dijo-, el hermano pequeño parecía ser enorme. El tiempo, no obstante, lo cambió todo, una vez más.
-No entiendo –dijo Sebastián-. ¿Eso es malo?
Norfolk se quedó en silencio, como aguardando decepcionado a que el niño encontrase por si mismo la respuesta a su pregunta, pero eso no sucedió.
-¿No recuerdan lo que Altiviades nos dijo en la cabaña? –preguntó Guido finalmente-. ¡Las Guerras Grandes! ¡Los Reinos Aliados!
-¡Es verdad! -exclamó el Tortuguita-. ¡La batalla entre la ciencia y la magia!

Altiviades comenzó a hablar con voz serena y mesurada.

–Algunos de los Reinos Aliados lograron evolucionar y expandirse a una velocidad muy superior a la del pueblo mérlido, por lo que muy pronto necesitaron de más tierras y recursos. Eso terminó por enfrentar a ambos bandos en lo que sería conocido luego como la primera de las Guerras Grandes. Los Guardianes Elementales no pudieron evitar involucrarse.
Guido frunció el ceño.
-Entonces –dijo-, los mérlidos controlaron a los Guardianes Elementales, pero ¿Como lo hicieron?
-Un consejo formado por los más poderosos hechiceros fue fundado –respondió Altiviades ante la atenta mirada de Norfolk-. Sus miembros, los Odones, presentaron sus respetos a los Guardianes, pidiendo su ayuda.
-¿Los hechiceros no podían defenderse solos? –preguntó Sebastián.
-Los mérlidos odiamos la violencia –murmuró Fargo-. No forma parte de nuestra naturaleza. El hecho de que nuestros corazones puedan percibir la respiración de este planeta nos basta para ser felices.

Altiviades negó con la cabeza y continuó hablando.

-Pese a que los mérlidos eran superiores en sus capacidades naturales, las tropas pertenecientes a los Reinos Aliados los sobrepasaban abrumadoramente tanto en número como en recursos. La derrota sería sólo cuestión de tiempo y Yildiray, el Jefe del Consejo, no estaba dispuesto a ver como su pueblo era masacrado y eliminado sistemáticamente.

Durante unos segundos, todos se quedaron en silencio.

-¿Y qué pasó entonces? –preguntó César.
-Los Guardianes sintieron lástima por aquellas criaturas que tanto los habían adorado a lo largo de los siglos, y con las cuales habían aprendido a relacionarse –respondió Norfolk-. Su sabiduría y sentido de la camaradería los llevaron a unírseles.
-Aunque lo hicieron a su manera -añadió Royd, contento de poder opinar.

Los niños se encogieron de hombros.

-¿A su manera? –preguntó Sebastián.

Guido observó detenidamente una ilustración en la que los dragones elementales eran guiados por un grupo de mérlidos como si se tratasen de un rebaño de ovejas gigantes siendo arriado por sus pastores. Se le hizo un nudo en el estómago.

-Los Guardianes Elementales se comprometieron a ayudar a los hechiceros siempre y cuando éstos jurasen no lastimar el planeta durante la batalla –contestó Altiviades-. Éstos aceptaron la propuesta de inmediato, pero para someter a cada uno de los dragones sería necesaria una increíble destreza. Los mérlidos tuvieron que comprimir cada uno de los elementos para poder usarlos en los dragones, y al fin, poder controlarlos.

XIV – Testigos de la historia (IV)

El ascenso se detuvo y la piedra azul desapareció. Todo el lugar se oscureció quedando apenas iluminado por la vela en el yelmo de Maurice. Antes de que los viajeros comenzaran a preguntarse acerca de lo sucedido, un dibujo ubicado justo frente a Guido comenzó a brillar como la pantalla de un televisor.

-El hueco en la existencia fue establecido prodigiosamente –rugió Norfolk-. El hermano pequeño y toda la vida en él fueron absorbidos, pero la fatiga impidió que pudiésemos cerrarlo. El balance entre dimensiones se interrumpió, dando origen al laberinto más devastador laberinto.

El dibujo luminoso mostraba al dragón de tres cabezas y a sus ocho ayudantes flotando alrededor de la Tierra Interior, soltando cintas de colores desde sus garras. Como si de una revista de historietas se tratase, los dibujos vecinos mostraban a Norfolk luchando contra una gigantesca esfera de pura energía. En el último de ellos, el Guardián del Tiempo aparecía flotando en total soledad, a mitad de camino entre Momenta y el Tercer Planeta.

-Elegí proteger la vida en los hermanos fundamentales con mi sacrificio –dijo la cabeza del pasado-, como lo había hecho Silverado. El portal se cerró violentamente, llevándose consigo a este planeta y a al resto de los Guardianes Elementales, pero la energía liberada por la explosión creó el Edén: un nuevo vacío atractivo, existente en los dos mundos al mismo tiempo. Un espacio carente de equilibrio donde lo posible y lo imposible son la misma cosa.

Guido apoyó la palma de su mano derecha contra la piedra, y volteando su cabeza hacia el Guardián, murmuró:
-Bueno, ahora sabemos como llegaste a este lugar.
-A mi me gustaría saber como llegamos “nosotros” a este lugar –intervino Sebastián-. ¿Soy el único que piensa así?
La cabeza central de Norfolk clavó su mirada sobre el niño, con aire sereno.
-Ten paciencia –le dijo-. Es necesario que lo sepas todo.

El retorno de la piedra brillante deshizo la oscuridad mientras que el suelo de la Torre de Tragantipia volvió a subir vertiginosamente tan solo para detenerse con suavidad frente a una inmensa imagen que representaba la aparición de los hombres en Momenta. Los grabados siguientes parecían explicar los primeros años de su evolución y la vida en comunidades.

-Los Guardianes de la Luz, la Oscuridad, la Vida, la Muerte, la Tierra, el Agua y el Fuego acompañaron al hombre desde el mismo momento en que éste apareció -dijo Norfolk-. Por primera vez en millones de años, se encontraron frente a unas criaturas poseedoras de una inteligencia y una conciencia similares a las suyas.

Guido paseó su mirada sin rumbo fijo hasta posarla sobre una ilustración de un tamaño mucho mayor al de las restantes. Notó que en ella un reducido grupo de personas se encontraba arrodillado junto a los dragones.

-A causa su propia naturaleza, los hombres reaccionaron de diversas maneras ante los Guardianes Elementales –dijo el dragón-. Pocos, con sus capacidades especiales, eventualmente lograron aprender a comunicarse con ellos y los adoraron como a hijos de los dioses. Pero muchos no pudieron comprenderlos y no vieron en ellos sino bestias. Así, la raza humana se dividió definitivamente, quedando los dragones y los mérlidos por un lado, y los hajbiros por el otro.

-¿Hajbiros? -preguntó Guido.

-Los hechiceros utilizan esa palabra para referirse a los humanos comunes y corrientes que no pueden sentir el flujo de la mitta –respondió Altiviades-. Es un vocablo tan antiguo como el habla y significa: “Aquel que no sepa sentir el flujo”, o: “el bruto”, “el insensible.”

XIV – Testigos de la historia (III)

Fargo, que había permanecido inmóvil y en silencio durante todo el rato, asintió con la cabeza sin escandalizarse. Era más que evidente que tanto él como Altiviades conocían de antemano aquella historia. Maurice, a un costado, también se comportaba como una estatua que no emitía siquiera el más ligero sonido, pero eso se había convertido en algo muy común en él, por otras razones mucho más confusas.

-Me transformé en el nuevo líder –murmuró la cabeza del pasado-. Por un instante, creí que podríamos lograrlo. Fue nuestro deseo de continuar lo comenzado por el Dragón Astral lo que nubló mi razón, llevándome a intentar lo imposible.

Por enésima vez y resplandor mediante, Guido y los demás fueron transportados a un nuevo lugar que a primera vista resultó desconocido para todos a excepción de Fargo. Los ojos de aquel viejo mérlido se iluminaron repentinamente.

-¡Bendito este lugar! –exclamó emocionado.

Se puso de pie, para luego caminar en círculos hasta detenerse frente a uno de los incontables grabados que se hallaban decorando las paredes. En el centro de aquel bizarro recinto circular, una extraña piedra flotante de color azul despedía luz como si se tratase de una bombilla eléctrica.
-¡Amnia! -continuó diciendo el mago-. ¡La historia de los tiempos se encuentra frente a mí! ¡Tragantipia! ¡Bendito sea este suelo!

Altiviades fue testigo del desconcierto en los niños. Se acercó a ellos sigilosamente.
-Amnia solía ser la Capital Religiosa de los mérlidos –les dijo en un susurro-. La ciudad más importante para todos los místicos y hechiceros.
-¿Solía ser? -preguntó César-. Eso quiere decir que ya no existe…
Altiviades sacudió la cabeza afirmativamente.
-Los ataques Aliados la destruyeron al término de la Primer Gran Guerra –dijo-. Sus ruinas aún se conservan en algún lugar dentro de los límites de las tierras mérlidas, aunque no sé exactamente dónde.
Luego caminó hasta posar su mano sobre una de las paredes y agregó:
-Estas escenas talladas me hacen creer que nos encontramos dentro de la Torre de Tragantipia.
Sebastián se puso de pie.
-¿Y qué es eso? –preguntó.
-Una construcción absolutamente maravillosa -respondió Altiviades-. Su aspecto exterior era el de una gigantesca serpiente enrollada sobre si misma, y sus paredes interiores contaban la historia del Universo a través de esos dibujos. Era muy, muy antigua y de forma cilíndrica. Contaba con varios cientos de pisos y a medida que el tiempo pasaba, se le iban agregando otros nuevos, por lo que se hallaba constantemente inconclusa. Las autoridades mérlidas eran las únicas con acceso a ella debido a que creían que conociendo el pasado y el presente, algún día se podría llegar a predecir el futuro, ubicado en lo más alto de la edificación, en la cola del reptil. Semejante revelación estaba destinada a mantenerse oculta del resto del mundo.

Los niños automáticamente relacionaron aquellas imágenes talladas con las que habían visto en muchos documentales televisivos. Aunque algo rústicos y acompañados de ininteligibles escrituras mérlidas, los dibujos resultaban perfectamente entendibles y conformaban algo así como el libro de memorias e ilustraciones más viejo del mundo. Una de las imágenes en particular llamó la atención de Guido y Sebastián, que no tuvieron que pensar demasiado para darse cuenta de que la criatura allí ilustrada no era otro que el mismísimo Silverado, con sus garras puestas sobre el meteoro.

-Altiviades tiene razón –murmuró el Tortuguita señalando la parte superior del muro-. Parece que arriba hay más dibujos.
Sebastián estiró su cuello y se paró en puntas de pie, buscando una mejor perspectiva.
-Puedo ver las patas de unos dragones –dijo desanimado-. Nada más.

La suerte quiso que su frustración no durase demasiado: con un movimiento casi imperceptible, el suelo comenzó a sacudirse y elevarse, convirtiéndose en un rocoso disco flotante. Guido vio entonces que, bajo sus pies, también habían sido tallados algunos extraños garabatos y escrituras que despedían un suave fulgor de color verde fosforescente.

-Un buen hechicero no necesita escaleras –comentó Fargo sonriendo.

XIV – Testigos de la historia (II)

El escenario se vio modificado nuevamente, y aquella hermosa pradera fue repentinamente reemplazada por el húmedo interior una vieja mazmorra como las que Guido había visto incontables veces en los libros de la biblioteca del colegio. En realidad, ésta era demasiado grande para ser una mazmorra convencional, ya que de lo contrario Norfolk no habría podido alojarse en ella. El dragón parecía estar cansado y a decir verdad, lo estaba. El hecho de mantener los viajeros dentro de aquel espacio inexistente conocido como el Edén demandaba de su parte un esfuerzo desmesurado. Sorpresivamente, emitió un soberbio rugido que dio lugar a un nuevo cambio de escenario. El grupo entonces pasó a encontrarse reunido sobre unas rocas y frente a una fogata, en el lugar preciso donde los niños, Maurice y Royd habían sufrido aquella emboscada déndrida. Pese a no estar envuelto en llamas, el pequeño hotel de montaña pudo ser silenciosamente reconocido por todos.

-Criatura –dijo Norfolk- Quiero que pienses con cuidado tu respuesta: ¿Cuál crees que hubiese sido la mejor forma de proteger a los planetas de un futuro ataque?

Guido intentó analizar la situación lo mas prolijamente posible, aferrándose a la lógica y procurando no dar una respuesta ridícula. En silencio, estrujó sus pensamientos durante varios segundos tras los cuales elevó la vista al cielo nocturno. Sonrió observando aquellas dos pequeñas lunas, sabiendo que había encontrado la respuesta. Se alegró de haber tenido semejante rapto de ingenio, y finalmente respondió:
-Lo mejor habría sido esconderlos en algún lugar donde no pudiesen atacarlos.
-El buen luchador no bloquea el golpe –intervino Royd-. El buen luchador se encuentra lejos del enemigo cuando éste ataca.

Bugen, quizá por compromiso, realizó con la cabeza un gesto afirmativo que bastó para complacer a su alumno. Sebastián y Cesar, por otro lado, propinaron efusivas palmadas sobre la espalda de su amigo en un breve festejo del irrefutable acierto. Altiviades, impasible, se limitó a bostezar.

-Una respuesta casi perfecta. -replicó Norfolk-. Digna de un shojin. Sin embargo, saber el lugar donde escondimos a uno de los hermanos fundamentales es tan importante como conocer el momento en que lo hicimos.

Norfolk detuvo sus palabras tan solo para rascar el hocico de la cabeza del pasado con su garra izquierda. Durante ese pequeño lapso, tanto los niños como los híbridos guardaron silencio sin articular una sola sílaba.

-Un “donde” y un “cuando” –murmuró finalmente Altiviades a la vez que introducía sus manos en los bolsillos de sus pantalones-. Nada más y nada menos.

Los niños se miraron extrañados, dando claras señales de no comprender ni por casualidad a que cuernos podría estar refiriéndose aquel anciano muchachito con aquello de: “Un donde y un cuando”.

-Valiéndonos de la esencia misma de nuestros dones, los Guardianes Elementales nos dimos a la tarea de crear un hueco en la existencia –rugió Norfolk-. Un tiempo y un espacio en los que el pasado, el presente y el futuro se encontrasen comprimidos generando un vacío lo suficientemente grande como para que el más pequeño de los hermanos pudiese ocultarse en él, en otra dimensión ubicada a millones de años de distancia de la Tierra.
-Increíble –murmuró César.
-No lo es tanto –replicó Bugen pensativo-. Todo sucedió de acuerdo a los relatos y leyendas de los mérlidos.

XIV – Testigos de la historia

-El meteoro se estrelló sobre la superficie terrestre, pero gracias a la intervención de Silverado el daño causado fue mucho menor al que pudo haber sido –dijo Norfolk pensativo-. El dragón Astral absorbió casi toda la energía liberada y la Tierra sobrevivió al peor ataque que nadie jamás hubiese intentado imaginar. La brusca alteración del flujo acabó con la energía mágica en el mayor de los hermanos, causando que nubes de polvo y vapor oscurecieran su cielo durante milenios y milenios. Nada volvió a ser igual: Bestias del agua, del cielo y el lodo firme, grandes y pequeñas por igual, muchas desaparecieron de la faz de la Tierra sin dejar nada mas que sus huesos.

Guido meditó durante unos instantes acerca de lo sucedido. Frunciendo el ceño, preguntó:

-¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué se enfrentaron a los meteoritos? ¿Por qué no huyeron?
-Quizás porque así debía de ser –replicó Norfolk-. El Dragón Astral fue el primero en descubrir que debíamos funcionar como una escolta sagrada de los hermanos fundamentales, pero cuando llegó el momento de luchar, fuimos nosotros quienes permanecimos a su lado asumiendo que ése era nuestro destino.

Hizo una pausa y seguidamente agregó:

-Silverado estaba en lo correcto: ¿De qué otra manera se habría podido justificar nuestra existencia? No pertenecíamos al resto de las bestias y escapábamos a las reglas de la naturaleza misma. ¿Qué otra razón habría tenido el Universo para darnos estos incomparables poderes y virtudes unidos a una identidad y a una conciencia? Nadie nos nombró, pero teníamos nombres. Y nadie le dijo a Silverado que debía sacrificarse, pero el sabía que no tenía otra opción.

Guido meditó en busca de una respuesta a la pregunta, pero no logró obtener buenos resultados. Terminó por convencerse de que lo único que aquel increíble dragón conocido como Silverado había hecho, había sido seguir su destino. Un destino total y absolutamente imperturbable.

-¿Y ustedes qué hicieron? -preguntó César-. ¿Qué pasó con los dragones que se salvaron?

Norfolk caminó lentamente unos metros hasta ubicarse justo frente al niño. Guido se inclinó ligeramente hacia delante y la cabeza del pasado lo observó fijamente antes de responder.

-Los nueve dragones sobrevivientes, aunque agotados y malheridos, eliminamos las rocas restantes y nos dirigimos rumbo al hermano pequeño, tal y como lo había decidido Silverado. Permanecimos ocultos allí, durmiendo durante millones de años que no fueron suficientes para recuperar nuestras energías. El tercer planeta no volvió a necesitar de nosotros como en aquella ocasión, y aunque lo hubiese hecho, no habríamos podido acudir en su ayuda. Nuestras fuerzas se diluyeron junto con la sangre de nuestro líder.

Guido se percató de que la situación en la que se encontraba involucrado, por más incomprensible que fuese, ya comenzaba a resultarle concebible en algún punto.
-¿Nunca se recuperaron? –preguntó.
Norfolk dejó escapar un suspiro que hizo volar un centenar de briznas de pasto.

-La fortaleza de los dragones elementales no solo provenía de la energía del planeta Tierra y de la Tierra Interior, sino también de la unión de los mismos -respondió el dragón-. Los diez Guardianes unidos conformábamos una gran máquina; un único elemento. Silverado formaba parte de nosotros al igual que nosotros formábamos parte de él. Su desaparición y el daño sufrido por La Tierra sirvieron para demostrarnos en igual medida nuestros poderes y debilidades frente a los atropellos del azar: si en ese momento hubiésemos tenido que volver a defender a los hermanos fundamentales, habríamos estado perdidos.

Sebastián levantó su mano derecha en lo alto.
-Sigo sin entender nada –murmuró- ¿Qué tenemos que hacer nosotros con todo esto?

Norfolk no respondió, pero el niño no insistió con su pregunta. Guido aguardó en silencio unos instantes, y agregó:
-Pero entonces, ¿Qué pasó después? ¿Cómo terminaste en este lugar?