VIII – De casta le viene al perro (III)

-¡Pero él era un hombre, no un perro! –dijo Sebastián gesticulando histéricamente con las manos.

-Si, pero mi madre no era un perro común y silvestre –respondió Royd-. Mi madre pertenecía a una raza diferente. Al igual que otros fue adiestrada desde su nacimiento aquí, en Kabal; poseía la capacidad de hacer muchas cosas, y una de ellas era hablar y entenderse con las personas como cualquiera de ustedes. Se sentó al lado de mi padre, dejando cierta distancia física entre ellos, y comenzó a conversar con él. Primeros fueron algunos minutos, pero luego llegaron a un punto en el que pasaban casi todo el día hablando. Mi padre le contaba hermosas historias acerca de sus vivencias, y ella las escuchaba con admiración, tratando de alimentar sus esperanzas futuras. Como mi padre no podía ver y apenas se movía, creía que estaba hablando con una mujer común, tal vez alguna hechicera ayudante en el hospital. Un buen día, mi padre le contó a mi madre que ya se encontraba lo suficientemente fuerte como para resistir un proceso mediante el cual recuperaría el don de la vista, para luego regresar a su hogar a terminar de sanar sus brazos y su pierna. Temiendo que mi padre la abandonase, mi madre le suplico al joven mago que la convirtiese en una persona, en un ser humano, para poder cuidar de su amado por siempre. El joven mago no pudo negarse ante el pedido de su fiel compañera, y así fue como mi madre, ya transformada en una hermosa mujer, conoció a mi padre. Él ya se había enamorado de ella. Mi madre no tenia en sus planes contarle su “pasado animal” y así vivieron muy felices durante un tiempo en Valeron, pero en una cálida mañana de un día cualquiera nací yo, y se imaginarán el revuelo que se armó. Aquel joven mago era un dujik, un mago sanador que no poseía los conocimientos requeridos para realizar el hechizo a la perfección.

Imaginando aquella situación, Guido sintió un estremecimiento en todo su cuerpo. El híbrido volteó su mirada y se percató de que los niños habían detenido la marcha para dedicarse a observarlo fijamente y en silencio. Los únicos que parecían no alterarse ante aquella historia eran Maurice y el avechucho a medias desplumado.

-Mi padre se puso furioso y estuvo a punto de marcharse –prosiguió Royd-, pero llegado el momento, entendió a mi madre. Todo se arregló cuando nos trasladamos a Nubillette para instalarnos allí definitivamente. Es una enorme isla ubicada al sur de este lugar.
Sebastián, aún incrédulo, sacudió su cabeza hacia ambos lados, cerrando sus ojos. Royd esbozó una sonrisa y continuó hablando:

-No soy un hombre, pero tampoco soy un perro. Soy una mezcla entre los dos: un híbrido. En mi caso eso se nota a simple vista, pero no siempre es así. Hay muchos núbilos de aspecto completamente humano, y otros tantos híbridos de apariencia completamente animal. Espero que eso no sea ningún problema para ustedes, ya que deberemos seguir juntos por un tiempo. Muchas personas detestan a los híbridos y muy especialmente a los núbilos por ser el resultado de la dilución de la raza humana. Creen que somos impuros, ya que los primeros seres de nuestra clase aparecieron cuando los hechiceros se dedicaron a desarrollar nuevas especies y criaturas en Nubillette, adquiriendo lo mejor de las diferentes razas y combinando esas características con prisioneros y rebeldes, para evitar algunas enfermedades y similares, creando nuevas tropas para las guerras.

Guido escuchó atentamente cada palabra pronunciada por Royd. Su cerebro estaba recibiendo demasiada información desordenada a una gran velocidad, y tuvo que esforzarse para no perder detalle.

-No hay ningún problema Royd, nosotros no discriminamos a nadie –dijo el Tortuguita tratando de encontrar sentido en lo que acababa de oír.

Sebastián se alegró de que la criatura hubiese sabido responder a su pregunta sin sentirse herido. Sonrió al darse cuenta de que la repulsión que la misma le causaba había sido reemplazada por una innegable simpatía.

-No te preocupes –agregó en tono amable mientras daba una palmada sobre la armadura-. Maurice es más raro que vos y desconfiamos de él lo mismo.

Sir Maurice de Valvia giró la cabeza y clavó su mirada sobre el niño, que se quedó en silencio. La vela ardía con fuerza en el interior del yelmo. Royd comenzó a creer que Maurice entendía a la perfección todo lo que se decía en su presencia.

Guido echó una mirada al cielo. Ya no faltaba mucho para que los invadiese la oscuridad, y no tenia muchas ganas de pasar la noche a la intemperie en la ladera de una montaña. Casi por accidente, notó que había dejado pasar un detalle llamativo en aquel firmamento.

-Royd –dijo extrañado-, ¿Se puede ver la…?
Se quedó mudo. Y maravillado ante lo que estaba viendo.
-¿Las lunas? –exclamó volteándose-. ¿Hay dos lunas?

El guía híbrido sonrió, y elevó su mirada al cielo a la vez que decía:
-Es curioso. A mí me pareció increíble que ustedes tuviesen sólo una.

VIII – De casta le viene al perro (II)

Los birbuits no conformaban una raza específica, sino más bien una religión. Una forma de vida dedicada, generación tras generación, a romper con cualquier tipo de barrera o división entre las especies. Creían fervientemente en la reencarnación, y defendían la idea de que los espíritus viajaban de cuerpo en cuerpo atravesando las formas tanto animales como vegetales, viviendo sucesivamente como todas y cada una de las obras de la creación hasta encontrar una forma física que sería la elegida para repetirse eternamente. Eran especialistas en la crianza de animales y habían desarrollado razas de nuevos especimenes a través de los años, respetando a medias las reglas de la naturaleza y siempre con las mejores intenciones. Los encargados de cuidar de aquellas criaturas lo hacían con un esmero similar al que una madre tendría por su hijo recién nacido.

En el camino que los dirigiría hacia las afueras de la isla, los niños pudieron ver loros parlanchines que charlaban con sus dueños, una mujer que le enseñaba a su pequeña nieta a domar un simpático bonedú, animal parecido a un venado rosa, un grupo de boxeadores practicando con un oso que mediante señas y gruñidos les recriminaba cierta falta de técnica, y cosas así. Las tiendas ofrecían gran cantidad y variedad de pequeños bicharracos como a curiosidades para los no nativos, y no faltaban las mascotas dotadas de un entrenamiento superior. Los animales que sabían hablar y entendían el lenguaje de los humanos eran la mayoría, pero también estaban los seres dueños de naturalezas no tan complejas, como los jumions: graciosos reptiles que mantenían siempre limpia el agua de las piscinas, los simpáticos y peludos cachorros de gillite o las freyas: una extraña mezcla de ave e insecto que funcionaba de la misma manera en que lo haría una paloma mensajera, aunque con ciertas ventajas logísticas que eran aprovechadas por los adolescentes enamorados.

-Aún no han visto nada –argumentó Royd-. El camino que nos condujo a la zona poblada de esta región es apenas una pequeña parte de la reserva.
-Es increíble –dijo Sebastián refregando sus ojos-. Al lado de estos, los animales de la tierra son todos tarados.

Sus compañeros asintieron con la cabeza y siguieron admirando el paisaje, hasta que transcurrido un buen rato de caminata se encontraron con la sorpresa de que Isla Kabal se había terminado. Tanto la aldea como la ciudad habían ido convirtiéndose poco a poco en un manojo de lucecitas lejanas. El terreno se había tornado áspero y los zapatos pesaban cada vez más a causa del cansancio y la dificultad del camino. Ante ellos, un grueso y caudaloso río se presentaba como un problema. Royd extendió una de sus garras en dirección a un gigantesco puente de madera que se vislumbraba dificultosamente a medio kilómetro de distancia.

-Tomaremos ese puente abandonado –dijo-, y cruzaremos al otro lado. Los birbuits no suelen utilizar estos caminos, ya que conducen a las ruinas de Isla Xinu. El lugar solo es visitado de a ratos por algunos buscadores de aventuras y los ciudadanos de Isla Kabal no tienen ninguna necesidad de alejarse tanto de la seguridad de sus hogares. A una hora de caminata estaremos en una posada. La comida allí es deliciosa.

Los niños no pudieron evitar alegrarse ante semejante anuncio. Sebastián estuvo a punto de dar un brinco de alegría al escuchar las palabras “comida” y “deliciosa” en una misma frase, pero se encontraba demasiado cansado como para saltar. Guido entonces recordó que aquel no era un viaje de vacaciones. Debía estar atento, ya que faltaba poco para descubrir la razón de ese misterioso sueño que había estado enloqueciéndolo desde hacía ya mucho rato. Si todo sucedía tal y como Royd lo planeaba, con los estómagos satisfechos y la curiosidad intacta, pronto conocerían a ese tal Altivíades, que prácticamente había organizado su secuestro. Ya no sentía siquiera una pizca de miedo, y la intriga era la única encargada de tomar cualquier tipo de determinación.

-¿Sos un hombre-lobo, Royd? –dijo entonces Sebastián abruptamente-. Tenés cabeza de perro, y sos un poco monstruoso, pero no quiero ofenderte.

Guido creyó que Sebastián acababa de convertirse en el rey de las apreciaciones desubicadas. Sin embargo, decidió escuchar detenidamente lo que el hibrido tuviese para responder. Éste se quitó la capucha dejando al descubierto su canina testa. A continuación suspiró profundamente y preguntó:
-¿No se van a burlar de mi?

Los niños negaron con la cabeza. Las increíbles situaciones que acababan de ver en Isla Kabal parecían haber destruido en ellos la capacidad de asombro.

-Por favor -añadió Cesar-. De donde venimos nosotros, estas cosas parecen brujería.

-Todo comenzó hace unos veinticinco años, más o menos. Por aquel entonces mi padre era un artista, un escritor nacido en Creta Bhali, una provincia neutral en el Continente Central. Cuando se desató la Segunda Guerra Grande, fue llamado a realizar el trabajo de un periodista para documentar todo lo que sucediese en el campo de batalla. Una poderosa bomba de impacto gélido cayó cerca de su campamento, hiriéndolo en ambos brazos, una pierna y en los ojos. Más muerto que vivo, fue capturado y alojado en uno de los fuertes que los mérlidos utilizaban como hospitales y allí pasó todo el año siguiente recuperándose de sus heridas. Había salvado su vida casi milagrosamente, pero al encontrarse ciego e incapacitado de seguir escribiendo, se deprimió mucho y perdió el deseo de vivir. Fue entonces que conoció a mi madre.
-¿Vas a decirnos que tu mamá es una perra? – interrumpió Sebastián.

Guido y el Tortuguita tuvieron que morderse los labios para no reírse.

-Mi madre era un híbrido nacido en Nubillette, asistente de un joven mago enfermero que ayudaba a curar a los heridos a causa de la magia, en el hospital.

Royd hizo un alto en el relato y reflexionó acerca de cual sería la forma más adecuada de explicar el resto de la historia. De no haber sido porque los niños venían de otro planeta, todo habría resultado muy fácil de contar.

-Mi padre pasaba largas horas sentado en el patio del hospital, renegando de su suerte –dijo finalmente-, y allí fue donde mi madre lo vio por primera vez. Ella no supo como, pero se enamoró del joven escritor.

VIII – De casta le viene al perro

Durante las primeras horas de la caminata, acompañados por Maurice y aquel mágico pajarraco que se rehusaba a abandonarlos, los niños arrojaron una incontable cantidad de preguntas sobre Royd, acerca de aquellos misteriosos birbuits de los cuales éste les había hablado. Cuando el camino finalmente los alejó de las colinas y los introdujo en uno de los accesos principales a la ciudad, el interrogatorio se respondió por si mismo. Guido comprendió lo que Royd había querido significar diciendo que Momenta era el “hermano” de la Tierra.

Ambos planetas compartían el aire, la luz, el agua; parecían ser iguales siempre y cuando se ignorasen algunas de las rarezas que transitaban por la Tierra Interior. Y Kabal no escatimaba en rarezas. Por un lado se hallaba la metrópoli, con sus edificios imponentes y sus calles transitadas por mujeres, niños, aparentes hombres de negocios y vehículos muy similares a los automóviles, pero que eran tirados por unos curiosos animales que resultaron ser hammanes, una raza de paquidermos muy utilizada en las tareas rurales debido a su docilidad y longevidad. Por el otro, asomaban unos hermosos prados con establos y corrales que encerraban algunos animales; perros y gatos de enorme tamaño que, según Royd, estaban siendo adiestrados e instruidos en varios idiomas. De haber continuado caminando en dirección al oeste, los niños habrían dado con las inmensas y espectaculares zonas vírgenes otorgadas a los animales salvajes en las Islas Mutton y Kotton, pero el paso les habría sido impedido por los protectores ambientalistas antes de pudiesen poner un pie dentro de las mismas.

-¿No podemos hacer algo para conseguir algún medio de transporte que nos acerque aunque sea un poco a la casa de ese sabio? –preguntó Sebastián algo cansado.

Royd negó con la cabeza.

-Lo siento –dijo-, tendremos que caminar. No hay medios de transporte que lleguen hasta Isla Xinu. El pasaje de Feer es un sendero de montaña, y lo único que podría llevarnos por él sería una de esas carretas como la que viste, pero nos demoraríamos demasiado. Fueron pensadas únicamente para pasear a los turistas.

-¿Como puede ser que no haya nada que se parezca a un auto, o a un avión? –preguntó César.

-Isla Kabal es algo así como un zoológico. Un refugio para las diferentes criaturas inferiores que existen en Momenta –respondió Royd-. Aquí están prohibidos los vehículos artificiales que con sus desechos puedan alterar las condiciones del aire, la tierra y el agua.

Guardó silencio durante algunos instantes y terminó diciendo:

-Pero Momenta pose medios y edificaciones mucho más evolucionados que cualquier cosa que yo haya visto en tu planeta, eso tenlo por seguro.