IX – Señales de humo (III)

Los niños saludaron con la cabeza y sin pronunciar palabra. El peligro había desaparecido, pero sus corazones palpitaban aún muy violentamente y quizás por eso, no prestaron demasiada atención al aspecto de aquel fabuloso ser que acababa de salvarlos. No obstante, no pudieron evitar ver que el ojo izquierdo del mismo era de un relampagueante color celeste casi blanco, a diferencia del derecho, que era amarillo y ligeramente más grande. Pasó inadvertido el hecho de que a la pata delantera derecha del lobo le faltaba una garra, perdida ésta en alguna pelea.

-Pude oler a los déndridos cuando ya era tarde –continuó diciendo Royd-. El humo me confundió. Los déndridos de seguro saquearon esta casona y tuvimos muy mala suerte de encontrarlos. ¿Tiene alguna idea al respecto, Maestro?

Lamiendo una de sus patas, el lobo respondió:
-Los déndridos no son ladrones comunes y silvestres, todo el mundo lo sabe. Son asesinos a distancia. Buscan riquezas importantes y esta pensión no ocultaba ninguna. Tú también eres pobre como una rata. Pienso que fueron sometidos por alguien que sospechaba que estos niños pasarían por aquí. ¿Ellos esconden algún tipo de tesoro?

Guido, Sebastián y el Tortuguita negaron con la cabeza. Bugen giró su voluminoso cuerpo, y señalando con el hocico los restos del hotel, añadió:

-Estos demonios iniciaron el incendio para confundir tu olfato. Sabían que podrías descubrirlos; eso quiere decir que del mismo modo estaban al tanto de que tú los acompañarías. Es muy extraño, pero yo si fuera tú, me movería con mucho cuidado. Alguien anda detrás de estos niños y tengo el presentimiento de que no estás siendo absolutamente sincero conmigo.

Royd se mantuvo en silencio durante unos instantes.

-Te acompañaremos hasta la morada del viejo Altiviades –gruñó Bugen severamente-. Lo quieras o no.
-De acuerdo, Maestro –respondió Royd-. Pero eso lo haremos dentro de unas horas. Los niños y los heridos necesitan algo de descanso.
-Que así sea- dijo Bugen complacido-. Parece que tu entrenamiento no fue una total pérdida de tiempo. Te has convertido en un luchador interesante. Esos engendros deberían haber acabado contigo.

Royd suspiró aliviado al percatarse de que el lobo había decidido no insistir en las averiguaciones con respecto a sus acompañantes.
-No habrían podido hacerlo –respondió-. Tuve el mejor de los maestros.

Echó una mirada sobre los niños, y descubrió que los mismos ya se encontraban apilados unos contra otros, dispuestos a dormir. Tenían hambre y sueño, pero en sus cabezas aún retumbaban los sonidos de la batalla. Guido se puso de pie y preguntó:

-¿Qué eran esas cosas que nos atacaron? No sé si eran humanos, fantasmas o monstruos, pero estoy seguro de que maté a uno.

Royd sujetó con suavidad a Guido, mirándolo directamente a los ojos.

-Un déndrido es sombra y arena. El resultado de un sometimiento mágico llevado a cabo por los yabrenes, los hechiceros envenenados; el cuerpo de un individuo que se convierte sin saberlo en anfitrión del demonio que habita en su interior. Ha perdido la conciencia y no le teme a la muerte. Vaga por el mundo escabulléndose entre los humanos, ocultando su verdadera forma física y esperando por el momento en que la voluntad del yabrén decida liberarlo. Si no lo hubieses atacado, él podría habernos asesinado a todos.

El niño prefirió no pensar en ello y sus amigos lo imitaron. Royd terminó diciendo:

-Bueno, ya es muy tarde. Ustedes se han comportado como verdaderos valientes y deben descansar, luego hablaremos.

La túnica del híbrido no era muy cómoda, pero recostado sobre ella Guido cerró sus ojos y se durmió casi de inmediato. Estaba tan cansado y libre de pretensiones como nunca lo había estado anteriormente. Había tenido un día muy largo y por sobre todas las cosas, muy extraño. Curiosamente, sus sueños fueron mucho más melancólicos que fantásticos, e incluyeron a sus padres, su casa y la vida que había llevado hasta entonces, dejando de lado a Vatel, Momenta, la gema del museo o incluso aquel miércoles que parecía dispuesto a no acabarse nunca.

Al amanecer, un desagradable pero familiar graznido lo despertó. Cuando él y sus amigos se hubieron encontrado frente a las puertas de la cabaña de Altiviades, Bugen y el resto de los lobos saludaron y se perdieron entre las montañas. Royd golpeó la puerta y pudo oír el relincho de un caballo, seguido de una voz que lo alentaba a pasar. Todos entraron, a excepción de Sir Maurice. Éste se quedó firmemente parado junto a la entrada, tal y como lo habría hecho de encontrarse en el vestíbulo de algún legendario castillo.

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IX – Señales de humo (II)

Las advertencias del híbrido llegaron demasiado tarde. La criatura plegó sus alas y descendió a toda velocidad lanzando un golpe sobre el pobre Sebastián, que paralizado por el miedo no pudo reaccionar a tiempo. Pero el ataque no logró su objetivo: Sir Maurice de Valvia empujó al niño, que voló unos cuantos metros antes de caer, y tomó su lugar reteniendo con su espada el golpe del bastón cuyas incrustaciones despedían luces amoratadas. El déndrido cambió su objetivo y repitió la arremetida con mayor rabia, en esta ocasión sobre la armadura, pero Maurice volvió a bloquearlo exitosamente. El choque de fuerzas fue lo suficientemente brutal como para causar que el bastón y la espada estallasen en pedazos, dejando a la criatura visiblemente aturdida. Sin dudarlo, Maurice extendió una de sus enormes manos metálicas y sujetó al agresor por la cabeza. Lo elevó en el aire impidiendo que sus pies tocasen el piso, y cerró el puño con un brutal sonido. Aquel demonio ya no haría mas daño a nadie.

En un instante, Guido pudo observar con pavor como todas esas personas a quienes había creído sobrevivientes del incendio se transformaban en una criatura como la que acababa de morir. Royd se lanzó al ataque y logró eliminar a algunas de ellas pero las sobrevivientes, aprovechando la ventaja numérica, lo rodearon lanzando golpes sobre su espalda y sus piernas. Víctima de un último y soberbio garrotazo luminoso recibido en la cintura, el híbrido cayó al piso.

Guido abrió aquella bolsa llena de pequeñas esferas de metal, de tamaño inferior al de una pelota de ping-pong, y leyó sobre ellas una numeración grabada. ¿Serian granadas? ¿Bombas de alguna extraña tierra futurista? ¿Munición para un cañón ausente sin aviso? No había tiempo para andar dudando: él y sus amigos estaban en peligro. Arrojó una de aquellas esferas sobre una de las criaturas y tuvo suerte, ya que le dio en la cabeza. La esfera explotó soltando una gelatina verde y la criatura cayó inmóvil al piso, bañada en aquella sustancia. Muy pronto, dos criaturas más se unieron a la lista de víctimas de la furia de Maurice

Obedeciendo las órdenes de Royd, César decidió probar aquel escudo óseo que tanto le había gustado cuando lo vio por primera vez. Echó a correr entre tropiezos bajo su protección y recibió un par de golpes, pero estos solo hicieron que las placas de hueso aumentasen sus dimensiones haciendo del escudo un elemento muy incómodo y pesado. Sebastián, por otra parte, se hallaba muy ocupado moviendo su bastón de aquí para allá como si de una varita mágica se tratase, sin saber que más hacer, inmerso en aquel improvisado y caótico campo de batalla.

Con un violento puñetazo, Royd se quitó de encima a dos de las bestias que lo rodeaban y se puso de pie. Zigzagueando y dando saltos entre sus enemigos, subió por el terreno hasta alcanzar una elevación ubicada sobre unas rocas, y una vez allí, soltó un aullido aterrador que retumbó por toda la montaña. Un bramido similar pero más grave le contestó.

-¿Qué fue eso? -preguntó Sebastián-. ¿De dónde salió ese rugido?

Para su sorpresa, ojos brillosos, rugidos y pequeñas cabezas comenzaron a asomar entre los resquicios de la montaña. En poco menos de un minuto una veintena de lobos se halló rodeando a los combatientes, y los cinco déndridos que no habían sido derrotados aún, fueron finalmente presa de la ferocidad de los mismos. Cuando todo hubo terminado, varios cánidos habían resultado heridos, Royd se veía algo lastimado y Maurice estaba medio abollado, pero eso era todo lo que había que lamentar. Eran los restos de aquellos demonios, y no los de los niños, los que yacían por todo el lugar en forma de ceniza y huesos resecos.

Royd caminó en dirección a un enorme lobo gris que parecía ser el líder del grupo, y realizó una reverencia.

-Muchas gracias por la ayuda, nos han salvado -dijo-. Me alegro de haber tenido la suerte de encontrarlos merodeando por aquí.

El lobo echó una mirada sobre las ruinas del incendio y respondió:

-No tienes nada que agradecer, Royd, el humo nos trajo hasta aquí. Además, tú luchaste las batallas de muchos de ellos alguna vez cuando eras niño.

Hizo una pausa y preguntó:
-¿Y quienes son tus amiguitos?

-Ellos son unos niños que debo llevarle sin demora al viejo Altiviades -respondió el guía-. Y la armadura es cosa de Fargo, no me pregunte.

A continuación, volteándose hacia Guido y sus acompañantes, agregó:

–Guido, César, Sebastián, éste es Bugen. No sólo es mi mejor amigo, sino también mi maestro.

IX – Señales de humo

La hora de marcha continua y previamente prometida por el híbrido se había cumplido casi en su totalidad, pero por más que lo intentaron, los niños no consiguieron divisar posada u hotel ninguno. Ni siquiera una casita. Guido comenzó a preguntarse si Royd sería acaso tan conocedor de la región como pregonaba ser.

-Si nos perdemos en este lugar –se dijo a si mismo observando el remoto paraje donde él y sus amigos se encontraban-, nadie va poder encontrarnos.

Royd detuvo a los viajeros y les pidió su silencio. Se quitó la capucha una vez más y aspiró profundamente el aire, dando un suave rugido que le habría puesto los pelos de punta al más valiente. Acto seguido, y sin razón aparente, comenzó a correr entre las montañas haciendo gala de una agilidad a la que ni Maurice ni los niños pudieron acercarse siquiera. Cuando la carrera se detuvo, todos finalmente pudieron ver las llamas que se elevaban sobre y desde lo que parecía ser una vieja casona en la montaña, a lo lejos, dando origen a una inmensa columna de humo negro. No tuvieron que pensar mucho para darse cuenta de lo que estaba sucediendo: el único lugar donde podrían pasar cómodamente la noche se estaba incendiando.

-¡Maldición! -exclamó el híbrido-. ¡Vamos niños! ¡Veamos si podemos ayudar!

Se despojó de las botas, los guantes y la túnica que lo cubrían. Tomó a Guido bajo uno de sus brazos, a César con el otro, y echo a correr a toda velocidad. Se movía vertiginosamente cual si fuese una pelota de goma, ganando velocidad en cada movimiento. Sebastián y Maurice lo siguieron unos cuantos metros atrás, llevando el bastón, las velas, el pajarraco y el atuendo del híbrido, y sin poder alcanzarlo.

El espectáculo era aterrador, y el calor, insoportable. El fuego se había apoderado de todo el lugar y ya no parecían haber posibilidades de apagarlo. Unas diez o doce personas habían logrado escapar de aquel sorpresivo infierno y se encontraban fuera de la casa, gritando y llorando. Royd se dirigió a hablar con un hombre que emergía de entre las llamas con una niña en brazos.

-¿Queda alguien adentro? –le preguntó-. ¿Qué fue lo que sucedió?

El hombre, ahogado por el llanto y el humo, abrazó a la niña fuertemente contra su pecho, sin levantar la mirada hacia el híbrido.
-Ya hemos sacado a todos, no pueden hacer nada –contestó-. ¡Todo está perdido! ¡Fue tan repentino!

De común acuerdo, Guido, Sebastián y el Tortuguita se dispusieron a hacer algo por los posibles heridos, conmovidos ante el hecho de que muchos eran ancianos y niños semihumanos semejantes a Royd. En menos de media hora, el fuego se encargó de consumirlo todo. De aquella gigantesca y alejada casa birbuit convertida en hotel para los viajeros, solo quedaron las cenizas y una pila de maderos siniestramente transformados en antorchas. La noche ya se había hecho presente y Royd se movía de aquí para allá soltando preguntas a todos, como lo habría hecho un detective en la escena de un crimen. Guido y Sebastián caminaron hasta quedar junto a él.

-Por lo menos, nadie murió –le dijeron casi a coro-. También se salvaron algunas frazadas y otras cosas más.
-Podemos armar una carpa, no es muy difícil –añadió el Tortuguita, orgulloso-. Mi hermano me enseñó como hacerlo.

El híbrido pareció no escucharlos. Inquieto, se acercó a los restos del incendio y comenzó a olisquear con detenimiento algunos fragmentos de plástico chamuscado.

-Hay algo más –dijo finalmente-. Algo que no puedo saber que es. Algo está mal.
En ese momento, el hombre que habían visto salir de entre las llamas brincó hacia el cielo dando un grito y se mantuvo suspendido en el aire durante unos cuantos segundos, sufriendo un extraño proceso de metamorfosis. Su rostro se convirtió en algo que no se parecía a nada que los pasmados niños hubiesen visto jamás: un enorme pico curvo junto a las ahora vacías cuencas oculares le brindaban un aspecto espantoso y repulsivo. De su espalda brotaron dos alas cobrizas y elásticas como las de un murciélago, y las ropas desechas revelaron una figura en avanzado estado de putrefacción. Por si esto fuera poco, el cuerpo de la niñita que aún sostenía en sus brazos se deshizo cual si hubiese sido moldeado en barro fresco, y de su interior surgió un pequeño pero intimidante garrote.

-¡Lo sabia! -dijo Royd ajustándose los brazaletes-. ¡Es un déndrido! ¡Deben huir, niños! ¡Yo voy a entretenerlo!