XIV – Testigos de la historia (II)

El escenario se vio modificado nuevamente, y aquella hermosa pradera fue repentinamente reemplazada por el húmedo interior una vieja mazmorra como las que Guido había visto incontables veces en los libros de la biblioteca del colegio. En realidad, ésta era demasiado grande para ser una mazmorra convencional, ya que de lo contrario Norfolk no habría podido alojarse en ella. El dragón parecía estar cansado y a decir verdad, lo estaba. El hecho de mantener los viajeros dentro de aquel espacio inexistente conocido como el Edén demandaba de su parte un esfuerzo desmesurado. Sorpresivamente, emitió un soberbio rugido que dio lugar a un nuevo cambio de escenario. El grupo entonces pasó a encontrarse reunido sobre unas rocas y frente a una fogata, en el lugar preciso donde los niños, Maurice y Royd habían sufrido aquella emboscada déndrida. Pese a no estar envuelto en llamas, el pequeño hotel de montaña pudo ser silenciosamente reconocido por todos.

-Criatura –dijo Norfolk- Quiero que pienses con cuidado tu respuesta: ¿Cuál crees que hubiese sido la mejor forma de proteger a los planetas de un futuro ataque?

Guido intentó analizar la situación lo mas prolijamente posible, aferrándose a la lógica y procurando no dar una respuesta ridícula. En silencio, estrujó sus pensamientos durante varios segundos tras los cuales elevó la vista al cielo nocturno. Sonrió observando aquellas dos pequeñas lunas, sabiendo que había encontrado la respuesta. Se alegró de haber tenido semejante rapto de ingenio, y finalmente respondió:
-Lo mejor habría sido esconderlos en algún lugar donde no pudiesen atacarlos.
-El buen luchador no bloquea el golpe –intervino Royd-. El buen luchador se encuentra lejos del enemigo cuando éste ataca.

Bugen, quizá por compromiso, realizó con la cabeza un gesto afirmativo que bastó para complacer a su alumno. Sebastián y Cesar, por otro lado, propinaron efusivas palmadas sobre la espalda de su amigo en un breve festejo del irrefutable acierto. Altiviades, impasible, se limitó a bostezar.

-Una respuesta casi perfecta. -replicó Norfolk-. Digna de un shojin. Sin embargo, saber el lugar donde escondimos a uno de los hermanos fundamentales es tan importante como conocer el momento en que lo hicimos.

Norfolk detuvo sus palabras tan solo para rascar el hocico de la cabeza del pasado con su garra izquierda. Durante ese pequeño lapso, tanto los niños como los híbridos guardaron silencio sin articular una sola sílaba.

-Un “donde” y un “cuando” –murmuró finalmente Altiviades a la vez que introducía sus manos en los bolsillos de sus pantalones-. Nada más y nada menos.

Los niños se miraron extrañados, dando claras señales de no comprender ni por casualidad a que cuernos podría estar refiriéndose aquel anciano muchachito con aquello de: “Un donde y un cuando”.

-Valiéndonos de la esencia misma de nuestros dones, los Guardianes Elementales nos dimos a la tarea de crear un hueco en la existencia –rugió Norfolk-. Un tiempo y un espacio en los que el pasado, el presente y el futuro se encontrasen comprimidos generando un vacío lo suficientemente grande como para que el más pequeño de los hermanos pudiese ocultarse en él, en otra dimensión ubicada a millones de años de distancia de la Tierra.
-Increíble –murmuró César.
-No lo es tanto –replicó Bugen pensativo-. Todo sucedió de acuerdo a los relatos y leyendas de los mérlidos.

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XIV – Testigos de la historia

-El meteoro se estrelló sobre la superficie terrestre, pero gracias a la intervención de Silverado el daño causado fue mucho menor al que pudo haber sido –dijo Norfolk pensativo-. El dragón Astral absorbió casi toda la energía liberada y la Tierra sobrevivió al peor ataque que nadie jamás hubiese intentado imaginar. La brusca alteración del flujo acabó con la energía mágica en el mayor de los hermanos, causando que nubes de polvo y vapor oscurecieran su cielo durante milenios y milenios. Nada volvió a ser igual: Bestias del agua, del cielo y el lodo firme, grandes y pequeñas por igual, muchas desaparecieron de la faz de la Tierra sin dejar nada mas que sus huesos.

Guido meditó durante unos instantes acerca de lo sucedido. Frunciendo el ceño, preguntó:

-¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué se enfrentaron a los meteoritos? ¿Por qué no huyeron?
-Quizás porque así debía de ser –replicó Norfolk-. El Dragón Astral fue el primero en descubrir que debíamos funcionar como una escolta sagrada de los hermanos fundamentales, pero cuando llegó el momento de luchar, fuimos nosotros quienes permanecimos a su lado asumiendo que ése era nuestro destino.

Hizo una pausa y seguidamente agregó:

-Silverado estaba en lo correcto: ¿De qué otra manera se habría podido justificar nuestra existencia? No pertenecíamos al resto de las bestias y escapábamos a las reglas de la naturaleza misma. ¿Qué otra razón habría tenido el Universo para darnos estos incomparables poderes y virtudes unidos a una identidad y a una conciencia? Nadie nos nombró, pero teníamos nombres. Y nadie le dijo a Silverado que debía sacrificarse, pero el sabía que no tenía otra opción.

Guido meditó en busca de una respuesta a la pregunta, pero no logró obtener buenos resultados. Terminó por convencerse de que lo único que aquel increíble dragón conocido como Silverado había hecho, había sido seguir su destino. Un destino total y absolutamente imperturbable.

-¿Y ustedes qué hicieron? -preguntó César-. ¿Qué pasó con los dragones que se salvaron?

Norfolk caminó lentamente unos metros hasta ubicarse justo frente al niño. Guido se inclinó ligeramente hacia delante y la cabeza del pasado lo observó fijamente antes de responder.

-Los nueve dragones sobrevivientes, aunque agotados y malheridos, eliminamos las rocas restantes y nos dirigimos rumbo al hermano pequeño, tal y como lo había decidido Silverado. Permanecimos ocultos allí, durmiendo durante millones de años que no fueron suficientes para recuperar nuestras energías. El tercer planeta no volvió a necesitar de nosotros como en aquella ocasión, y aunque lo hubiese hecho, no habríamos podido acudir en su ayuda. Nuestras fuerzas se diluyeron junto con la sangre de nuestro líder.

Guido se percató de que la situación en la que se encontraba involucrado, por más incomprensible que fuese, ya comenzaba a resultarle concebible en algún punto.
-¿Nunca se recuperaron? –preguntó.
Norfolk dejó escapar un suspiro que hizo volar un centenar de briznas de pasto.

-La fortaleza de los dragones elementales no solo provenía de la energía del planeta Tierra y de la Tierra Interior, sino también de la unión de los mismos -respondió el dragón-. Los diez Guardianes unidos conformábamos una gran máquina; un único elemento. Silverado formaba parte de nosotros al igual que nosotros formábamos parte de él. Su desaparición y el daño sufrido por La Tierra sirvieron para demostrarnos en igual medida nuestros poderes y debilidades frente a los atropellos del azar: si en ese momento hubiésemos tenido que volver a defender a los hermanos fundamentales, habríamos estado perdidos.

Sebastián levantó su mano derecha en lo alto.
-Sigo sin entender nada –murmuró- ¿Qué tenemos que hacer nosotros con todo esto?

Norfolk no respondió, pero el niño no insistió con su pregunta. Guido aguardó en silencio unos instantes, y agregó:
-Pero entonces, ¿Qué pasó después? ¿Cómo terminaste en este lugar?

XIII – El comienzo (IV)

-¡Será imposible destruirlo! -bramó Silverado-. ¡Debemos desviarlo!

Siam y Osiris llegaron al límite de sus fuerzas y se precipitaron rumbo al espectro. Orbis se arrojó detrás de ellos y logró sujetarlos justo antes de que impactasen sobre el mismo.
-¡Sal de allí, Silverado! –exclamó-. ¡La barrera! ¡No lo soportarás!

Silverado escuchó atentamente las palabras del Guardián del Fuego y se dio cuenta de que no tardaría mucho en estrellarse de espaldas. Con gran esfuerzo, hundió sus garras sobre la ardiente roca y volteando su cabeza, rugió:
-¡Usaremos la fuerza de la barrera! ¡Norfolk! ¡Tarbo! ¡Maelstrom! ¡Lleven la energía hasta donde puedan!
Norfolk se negó violentamente.
-¡No! –bramó-. ¡No podemos hacerlo! ¡No quedará nada de ti!

El Dragón Astral estalló lleno de ira y luego, en un tono casi imperceptible, rugió:
-Es el llamado de la Tierra, Norfolk. Tú también puedes sentirlo. Sabías que esto sucedería.

Ya sin nada que decir en su defensa, el Guardián del Tiempo cerró sus ojos y aumentó la densidad del espectro tanto como pudo. Desbordado por un sentimiento jamás experimentado anteriormente y que luego reconocería como impotencia, Maelstrom fue capaz de percibir como sus fuerzas lo abandonaban a medida que Silverado se acercaba a su fin.

-¡Es el final! –rugió Tarbo encolerizado –¡Ya no queda nada por hacer!

El bravo líder hizo contacto con aquella protección y soltó un rugido estremecedor. Todo su cuerpo vibró ante la increíble cantidad de energía liberada por sus iguales. El meteoro perdió parte de su masa y fue descascarándose poco a poco, pero aún así sus dimensiones y su velocidad disminuyeron demasiado poco. Para cuando Silverado emergió del interior de aquella oscura barrera, la misma se deshizo en el aire. Los tres dragones que le habían dado origen fueron presa de su propio esfuerzo y cayeron al suelo, exhaustos.
Orbis, tan asombrado como vencido, pudo ver que su adalid todavía se encontraba firmemente sujeto a aquella metálica roca.

-Silverado…

Silverado se hallaba hecho añicos. Múltiples heridas permitían que, junto con su sangre, la vida se escapase de su cuerpo lentamente. Sigmar y Meleagro se arrojaron veloces sobre el mismo, pero éste los apartó hacia un costado con absoluta determinación.

-No va a desviarse –dijo-. Huyan rumbo al hermano pequeño. Llévense a Norfolk y a los demás.
-¿Qué piensas hacer, Silverado? –preguntó Sigmar intuyendo una respuesta.

El Dragón Astral arrojó entonces una última mirada sobre el planeta Tierra. Sin quitarle los ojos de encima, respondió:
-Me queda poco tiempo, pero eso no importa. No tenemos otra razón de ser.

Meleagro bajó su cabeza víctima de un profundo pesar. Muy en su interior, la idea de que los dragones elementales pudiesen compartir una naturaleza efímera similar a la del resto de los seres existentes nubló sus pensamientos.
-TARBO ESTABA EN LO CORRECTO –murmuró-. SOMOS TAN MORTALES COMO EL RESTO DE LAS CRIATURAS…

Silverado cerró sus ojos. Cuando volvió a abrirlos, Meleagro pudo ver reflejado en ellos un impetuoso poderío que ni siquiera cien millones de cometas como el que tenían frente a ellos habrían podido igualar.

-No lo sé –replicó Silverado buscando una respuesta a sus emociones-. Pero nunca estuvimos vivos, hasta ahora. Ahora somos parte de todo. Ahora existimos.

Los Guardianes de la Vida y la Tierra se alejaron del meteorito y recogieron a los tres dragones que se hallaban inconscientes. Con suma dificultad, lograron elevarse lo suficiente como para abandonar la atmósfera y desde allí pudieron observar como un sinfín de hilos dorados y plateados comenzaba a cubrir la superficie terrestre, hasta envolverla por completo.


Un heroico rugido atravesó el espacio y el Universo se vio por completo iluminado en el preciso instante en que los gemelos comenzaron a tomar su propio rumbo y aquel meteorito que había intentado desvanecer la existencia del Tercer Planeta estallaba, junto con el inolvidable Silverado, en millones de minúsculos fragmentos.

XIII – El comienzo (III)

Para cuando Silverado alcanzó la posición del gélido Dragón del Agua, éste ya había hecho trizas los primeros proyectiles.

-Se siente bien –rugía Siam-. Es lo que somos…

Algunos resplandores en la lejanía eran buena prueba de que Osiris también estaba haciendo su trabajo con gran determinación. Contaba con más agilidad que fuerza en comparación a sus compañeros, pero no por ello era menos efectivo en sus ataques. Un extraño fulgor seguido de una cálida ventisca provenía del sector custodiado por Orbis, cuyas llamas parecían quemar hasta el infinito creando tormentas de fuego.

Transcurrido un extenso periodo de tiempo, la intensidad del bombardeo terminó por opacar la furia de los rugidos. Los dragones que conformaban la primera línea de defensa a la cual se había incorporado Atalanta comenzaron a retroceder, llevando sobre sus cuerpos el cansancio y las primeras heridas sufridas en millones de años de existencia. Silverado, también unido a la defensa principal, tuvo la impresión de que diez nuevos meteoritos se precipitaban sobre su posición por cada uno que lograba destruir. La barrera espectral sostenida por Tarbo había cumplido su cometido y muchos meteoritos encontraron su fin en la misma, pero pese a ello Sigmar y Meleagro trabajaban a más no poder eliminando una tormenta de pedruscos.

Barruntando el peligro, Norfolk se decidió a hacer un último intento de modificar lo inevitable.

-¡Aún podemos huir, Silverado! –rugió-. ¡Deberíamos hacerlo!

Sus palabras tenían fundamento: la pantalla establecida por los tres Guardianes había perdido su fortaleza original y los proyectiles que la atravesaban eran de un tamaño cada vez mayor, dando origen a una situación descontrolada y carente de cualquier tipo de planeamiento. Silverado, dispuesto a todo, extendió sus alas por completo y se mantuvo inmóvil, suspendido en el espacio durante un par de segundos. De espaldas al sol, su majestuosa figura comenzó a resplandecer cada vez más intensamente.

-¡Nunca! –replicó lacónicamente.

Poderosos ríos de luz dorada brotaron de su hocico, despedazando un centenar de meteoritos y sacudiendo incluso a sus propios compañeros. Milagrosamente, el cielo pasó de estar completamente atiborrado de aerolitos, a hallarse casi despejado.

-Si podemos huir -rugió el dragón Astral-, también podemos luchar.

Agotado pero triunfal, elevó la mirada buscando a Norfolk, pero lo que vislumbró detrás de éste se llevó toda su atención. A lo lejos, una gigantesca roca de tamaño y velocidad inconmensurablemente superiores a las de cualquier meteorito que hubiesen visto hasta entonces hizo su aparición. Supo en su corazón que no conseguiría destruirla aunque quisiese, por lo que sin pensarlo dos veces se arrojó violentamente contra la misma, en un desesperado y estrepitoso intento de detenerla. Siam y Orbis se unieron al líder ubicándose a su lado pero sus fuerzas se hallaban extraordinariamente disminuidas debido a lo prolongado de la confrontación. Así, el diabólico cometa siguió avanzando en su desenfrenada trayectoria hacia la Tierra sin que nadie fuese capaz de alterar su curso. Los ataques arrojados por el Guardián del Aire no fueron la excepción, convirtiéndose en nada más que una inútil sucesión de pequeñas explosiones superficiales.

-¡¿Qué es esto, Silverado?! -exclamó Atalanta uniéndose a la lucha y echando relámpagos desde sus garras-. ¡Es casi tan grande como la Tierra Interior!

XIII – El comienzo (II)

Los nueve dragones rugieron apoyando a su líder. Éste, sin esperar siquiera un instante, comenzó a organizar lo que sería la táctica de defensa del planeta.

-Atalanta –rugió-. Tú serás nuestro vigía. Permanecerás en la Tierra Interior pero deberás acudir en nuestra ayuda cuando sea necesario.

El Guardián de la luz extendió sus alas en un destello, tras el cual desapareció hundiéndose en el azul del cielo.

-Necesitaremos mucha fuerza –continuó Silverado-. Orbis, Siam, Osiris, ustedes tres conformarán la defensa principal. Cuando las rocas se encuentren dentro de su alcance, bastará con que las hagan más pequeñas. Volverlas polvo malgastaría nuestras fuerzas.

Los tres dragones desplegaron sus alas y velozmente se elevaron hasta perderse de vista. Silverado, mientras tanto, prosiguió con su discurso.

-Tarbo, Maelstrom, Norfolk –dijo-. Quiero una barrera de energía, espesa como para detener aquellas rocas que logren traspasar el manto blando del cielo.

Los tres dragones asintieron con la cabeza, a sabiendas de que la combinación de sus poderes constituía la esencia misma de la destrucción. Tal y como lo habían hecho sus compañeros, echaron a volar hacia el infinito, con el Guardián de la Muerte a la cabeza. Sigmar, por otra parte, dio varios pasos en dirección a su líder y preguntó:
-¿Qué has pensado para nosotros?

Silverado guardó silencio durante un instante, pensativo.
-Meleagro, Sigmar –dijo-. Ustedes se quedarán aquí. Deberán detener las rocas que permanezcan pese a los esfuerzos de los demás.
Reflexionó durante un par de segundos y terminó diciendo:
-Todo lo que ustedes no puedan destruir, caerá sobre la Tierra y las criaturas.

El inmenso Meleagro plegó sus alas y descendió a tierra, para luego echarse pesadamente en el piso.
-¿Y QUE HARÁS TÚ, SILVERADO? –gruñó-. NO ESTARÁS PENSANDO QUE NOSOTROS HAREMOS TODO EL TRABAJO MIENTRAS QUE TÚ TE LLEVAS LA GLORIA DE HABER CUMPLIDO CON NUESTRO DESTINO…

El Dragón Astral alzó su cabeza y echó una mirada sobre sus compañeros.
-Las predicciones de Norfolk hablan de muchas rocas, algunas muy grandes como para ser destruidas. Yo me encargaré de esos gigantes.
Una voz resonó dentro de la cabeza del dragón, y éste pudo reconocer de inmediato a su dueño. Era Orbis, el Guardián del Fuego, que decía:
-¡Comenzaremos la defensa, Silverado! ¡Llegó el momento!

El Dragón Astral extendió sus alas y abrió sus fauces soltando un haz de luz desde las mismas.
-¡Comiencen! –bramó-. ¡Meleagro! ¡Sigmar!

En un instante los diez dragones elementales ocuparon sus lugares según lo establecido y Silverado alcanzó la posición de Norfolk. El Guardián del Tiempo observó detenidamente a su líder y murmuró:

-Éste es el principio del fin, ¿Qué haremos si nuestra lucha no basta?

Sin emitir respuesta ninguna, el gran Dragón Astral observó desde lo alto del cielo la increíble fragilidad de aquel extraño planeta que le había dado la vida a cambio de su protección. Se preguntó a si mismo si Norfolk no estaría ocultándole parte de sus vaticinios. Luego ascendió vertiginosamente hasta casi desaparecer, y exclamó:

-¡Maelstrom! ¡Tarbo! ¡Ahora!

Tarbo rugió furiosamente y un poderoso espectro negro comenzó a surgir de su cuerpo formando una densa y perturbadora lluvia de diminutas gotas negras. El Guardián de la Oscuridad imitó el bramido y una nube gris capaz de abarcarlo todo se unió a los arcos azules que Norfolk expulsaba de su cuerpo. Muy pronto, una cortina de aterradora tenebrosidad se halló tendida en el cielo, sumiendo la superficie terrestre y sus habitantes en la más absoluta y embriagante de las penumbras.

XIII – El comienzo

-El Tercer Planeta no sobrevivirá a la lluvia de meteoritos -dijo Norfolk, repartiendo las palabras entre sus hocicos-. Se convertirá en polvo estelar como ya lo han hecho muchos otros. Debemos ocuparnos de su hermano menor; debemos asegurarnos de que la vida no será recuerdo en ambos.

Silverado clavó sus ojos en cielo, pensando en el fatal peligro que se remontaba sobre su cabeza. Aquél maravilloso amanecer podría ser el último. Millones de años de meticulosa evolución corrían el riesgo de verse despedazados en un abrir y cerrar de ojos.

-No puedes pedirme que abandone este lugar, Norfolk –le respondió observando a sus hermanos-. Tú mejor que nadie sabes que somos los únicos en quienes recae esta tarea.

Atalanta, Osiris y Maelstrom descendieron a tierra tras zambullirse desde el cielo a gran velocidad. Finalmente, los diez dragones elementales se hallaban reunidos. No lo sabían, pero esta sería la primera y única batalla que librarían todos juntos, como un equipo.

-Díganme que fue lo que descubrieron –les dijo Silverado.

Atalanta, el dragón de la Luz, grácil y espectacular, inclinó su cabeza ante el gran Dragón Astral.

-Las predicciones de Norfolk fueron bastante precisas –respondió-. Deberemos movernos con suma precaución si es que queremos llevar a cabo lo que has planeado.
-No abandonaré este planeta para dejarlo morir –respondió fríamente Silverado-. Hasta este momento no había podido encontrar un motivo para nuestra existencia, pero ahora todos lo vemos.
-Lass rocass llegarán a gran velossidad. Son muchass, incontablesss -agregó Maelstrom haciendo vibrar su lengua-. La desstrucssión ess inminente ssi no oponemoss resisstenssia.

A sus espaldas, uno de los dragones soltó un bramido. Silverado hizo una mueca de desagrado y giró su cabeza hasta divisar la figura del fiero dragón de la Muerte.

-¿Qué te sucede, Tarbo? –le preguntó-. ¿Tú tampoco puedes ver lo que yo veo?

El dragón dio dos pasos hacia delante y se dirigió a su líder, con algo más que un notorio resentimiento en la voz.

-Mis inquietudes no van mucho más allá de las que puede sentir cualquiera de nosotros –dijo-. Sacrificar el tercer planeta sería malo, pero tal vez no seamos tan diferentes del resto de las criaturas como parecemos. ¿Qué haremos si la inmortalidad no se encuentra entre los dones que hemos recibido?
Realizó una pequeña pausa y luego añadió:
-Si fallamos, ¿Qué sucederá con la Tierra Interior?

En ese momento intervino Osiris, el Dragón del Aire.
-El menor de los hermanos no nos necesita por ahora –dijo-. Las rocas no se dirigen hacia él. Ni siquiera una de ellas.

El Dragón Astral se mostró satisfecho ante aquellas palabras. El hecho de que todos y cada uno de los meteoritos estuviesen apuntando en dirección al tercer planeta se le presentó como una prueba irrefutable de que el momento más importante en la historia de los tiempos se acercaba.

-Si luego sucede lo mismo con la Tierra Interior-preguntó-, ¿Qué nos quedará por hacer?
-Si trabajamos todos juntos, podremos hacerlo -agregó Sigmar-. Sea o no nuestra misión.

Silverado sacudió la cabeza.

-Aún sin enemigos ni batallas que pelear, las fuerzas del principio y el fin nos crearon guerreros. –exclamó finalmente-. Existimos. Somos las rocas más sólidas, el fuego más ardiente y el hielo más cruel, y nunca se nos explicó el porqué, hasta hoy. Somos más fuertes que cualquier otra criatura viviente. Somos diferentes. Si no pudiésemos defender este planeta con la energía que el mismo nos brinda, no tendría sentido que estuviésemos aquí. La decisión fue tomada cuando se creó el Universo: nos convertiremos en lo que debemos ser. Guardianes de la Tierra… esta es nuestra misión. Nuestro destino.

XII – Norfolk: Y el tiempo no para (III)

Altiviades asintió con la cabeza, y presuroso, abandonó la edificación. Norfolk continuó hablando; en esta ocasión fue el rostro derecho, el mas viejo y arrugado de los tres, el que retomó la palabra.

-Mucho tiempo atrás –dijo-, cuando ustedes los humanos ni siquiera eran un sueño, los dragones elementales despertamos en este Universo, obedeciendo los designios de una fuerza omnipotente. Existimos de la misma manera en que existen las estrellas, y fuimos forjados cuando los hermanos fundamentales aún estaban tomando forma, tibios, humeantes, inexplicablemente muertos y llenos de fuerza a la vez. Fuimos testigos del comienzo de la vida; en la forma de una semilla latente… las criaturas pequeñas… como gusanos dentro de otros gusanos… y otras semillas que volvieron verde la tierra que era negra… En lo firme todo se volvió semillas de vida, y aquellos gusanos se volvieron más grandes, y nadaron, y el agua los cambió. Uno de ellos salió del agua y en el lodo cayó para volverse bestia… las bestias aumentaron de tamaño y se durmieron para volver a crecer. Las masas de tierra, los mares, el clima… todo cambió. Todo lo vimos.

Los niños no se habrían animado a interrumpir aquel maravilloso relato por nada del mundo. Norfolk hizo una pausa y un nuevo resplandor los encegueció. Cuando al fin pudieron recuperar la vista, el escenario había sido modificado. Por alguna razón, la catedral había cedido su sitio a lo que parecía ser una pradera completamente desierta. Podían vislumbrarse unas montañas a lo lejos, pero nada más que eso. Guido tuvo la sensación de estar formando parte de uno de esos paisajes de fotografía frecuentemente inmortalizados en los rompecabezas de mil piezas. Tanto el susto como la impresión inicial que lo habían sacudido al entrar al Edén se habían esfumado, y lo mismo podía decirse de los temores de Sebastián y César. Sir Maurice de Valvia lucía algo desorientado, pero mantenía su postura marcial junto a los niños.

-Los dragones elementales éramos poderosos e inteligentes -murmuró Norfolk-. Nuestras capacidades eran distintas a las de cualquier criatura existente por aquel entonces, y lo sabíamos. El más fuerte y sabio de nosotros fue el encargado de conservar el equilibrio, y el responsable de que nos convirtiésemos en Guardianes. Ese fue nuestro gran líder: Silverado, el Dragón Astral.

-¿Dragón Astral? -preguntó Sebastián-. ¿Y cómo es eso?

Lo que podría haber sido confundido con una bomba de luz estalló entonces frente a sus ojos, haciéndole perder el equilibrio. Una alegre carcajada resonó entonces a espaldas de Guido, que giró su cabeza extrañado y pudo comprobar que Altiviades estaba de regreso, esta vez acompañado de Royd, Fargo, y el temible lobo gigante que los había ayudado a salir con vida de la batalla en Isla Xinu. Sebastián clavó su mirada sobre el viejo sabio y le soltó un insulto por lo bajo pero éste pareció no escucharlo, para alivio de sus amigos. Fargo, por otro lado, no tomó asiento hasta después de haber realizado toda una serie de reverencias y emotivos saludos.

-Altiviades –murmuró el lobo aún de pie y con una sombría expresión de desconfianza-. Esta criatura parece ser uno de los dragones elementales…

Royd, mientras tanto, no podía dejar de observar a Norfolk.

-¡Es increíble! –exclamó excitado-. Pero, este no es ninguno de los dragones conocidos.

Guido volvió a preguntarse a si mismo si todo aquello no sería un sueño y se sorprendió al darse cuenta de que su temor mas grande consistía en la posibilidad de que despertase antes de conocer el resto de la historia.
-Por favor –los interrumpió tímidamente-. Hagan silencio.

El Tortuguita y Sebastián lo apoyaron en su intención asintiendo con la cabeza. Norfolk finalmente retomó la palabra y dijo:

-Las cosas podrían haber resultado muy diferentes si en el futuro de La Tierra misma no hubiese estado escrita su ineluctable destrucción.

Se quedó en silencio durante varios segundos, para seguidamente, vociferar:

-¡Esto no es sueño, especulación o profecía! ¡Esto es historia!

XII – Norfolk: Y el tiempo no para (II)

El caos reinaba en la cabeza de los niños, e incluso Sir Maurice parecía desconcertado. Guido reflexionó acerca de todas las cosas raras e inexplicables que habían estado sucediéndole en los últimos días y trató de hacerse a la idea de que tenía que echar un poco más de luz en todo el misterio. Abrió la boca con intenciones de formular una pregunta, pero la cabeza central, con voz firme, se le adelantó.

-El lugar dónde creas que estás no importa, criatura. Ni el colegio, ni la catedral son reales. Todo es una ilusión. Una ilusión sostenida mediante mi voluntad. Aún estamos en el Edén, y su estado original es el vacío. Sólo estoy adaptando el lugar para que ustedes puedan existir en él.

Guido no supo como responderle, y se limitó a observarlo.

-El dragón leyó mis pensamientos –se dijo a si mismo-. Adivinó lo que iba a preguntarle.
-La confusión es grande -continuó la cabeza central de Norfolk-. No puedo leer tus pensamientos pero puedo saber todo lo que harás. El tiempo no existe para mí, ni para ninguno de ustedes en este lugar.

Guido se quedó pensativo unos instantes. Era obvio que Norfolk había sido el responsable de que se hubiese repetido aquel miércoles durante tres días. El dragón siguió hablando.

-Yo fui quién despertó el pasado –dijo la cabeza de la derecha.
-El presente es mi momento –continuó la cabeza central.
-Velaré por el futuro –finalizó la cabeza de la izquierda.

Sebastián miró su reloj y vio con sorpresa que el mismo se había detenido. Presionó varios botones y lo sacudió repetidas veces, sin conseguir alterar la situación. Era lo suficientemente inteligente como para percatarse de que el desperfecto no se debía a una simple falta de baterías. Sonrió e hizo señas con una mano al descubrir que las tres cabezas de Norfolk eran el mismo rostro en tres diferentes momentos de su existencia: la cabeza del pasado hablaba lentamente y estaba vieja y arrugada. Por el contrario, la cabeza central no parecía ser tan vieja pero poseía un tamaño definitivamente mayor al de la cabeza del futuro, cuyo cuerno apenas se asomaba. Guido también se había dado cuenta de ello y con una mirada cómplice le indicó a su amigo que sabía lo que estaba pensando.

-Mi poder aquí en el Edén es grande, Criaturas –dijo la cabeza central con un gesto melancólico-. Pero en el mundo real es poca mi influencia sobre los elementos.
-Abrir el portal en La Tierra y alterar sus sueños fue todo lo que pude hacer –agregó la cabeza del pasado.
-A los shojins les tocará hacer el resto –dijo finalmente la cabeza del futuro.

Guido respiró hondo y preguntó:

-¿Por qué nosotros? ¿Qué tenemos que hacer con los magos, con Vatel, o con este lugar?

Las tres cabezas del dragón se miraron entre sí. Se escuchó un trueno y a través de los increíbles vitrales todos pudieron ver que la lluvia comenzaba a caer copiosamente.

-Altiviades –bramó lentamente la cabeza central-. Ve a buscar a Fargo y a los híbridos. Estos niños deben conocerlo todo. Su verdadero origen. Desde el comienzo.

Luego, volteándose hacia Guido y los demás, agregó:
–Esto va a ser largo, Criaturas, pero deben escuchar.

XII – Norfolk: Y el tiempo no para

Procurando extremar las precauciones, Guido cruzó el portal con los ojos cerrados. Para su desgracia, lo que vio al abrirlos lo llenó de un sentimiento no muy distante a la desesperación. No logró hallar algo a lo que pudiese llamar suelo, paredes o techo, pero al igual que Altiviades y el resto del grupo, se hallaba firmemente parado sobre sus pies, en el interior de lo que parecía ser una habitación vacía e infinita frente a una muy luminosa, arrugada, magna e impresionante cabeza similar a la de un lagarto. Dio varios pasos hacia atrás, pero no pudo alejarse ni un centímetro de aquel rostro enorme y finalmente tropezó. A su lado, César parecía una estatua de cera y no realizaba el menor movimiento. No tuvo valor siquiera para emitir el más ligero sonido, a diferencia de Sebastián, quién soltó una maldición entre gritos que retumbaron en el vacío produciendo un eco sobrecogedor. Maurice saltó hacia la cabezota con ánimos de caerle a golpes, pero no logró tocarla ni acercársele. A sus espaldas, dos nuevas cabezas aparecieron de la nada y se alinearon con la primera formando un triángulo. En un abrir y cerrar de ojos, el grupo de viajeros se encontró ubicado en el centro de aquella bizarra formación. A excepción de Altiviades, que conservaba la calma como siempre, nadie pudo evitar sentirse perturbado cuando el dragón comenzó a hablar con voz cavernosa y gentil.

-No deben temer, criaturas…

Las cabezas desaparecieron y el resplandor propio de una cámara fotográfica estalló frente a los niños, cegándolos. Lo próximo que éstos pudieron ver fue un lugar de sobra conocido: la entrada de la escuela. El Tortuguita se inclinó hacia adelante y posó sus manos sobre las oscuras baldosas hexagonales que formaban cada uno de los escalones del vestíbulo.

-¿Qué es esto? –preguntó confundido-. ¿Dónde estamos? ¿Esto es real?
Por primera vez en mucho rato, Sebastián estaba feliz.
-¡Estamos en casa! –exclamó mirando a su alrededor-. ¡Volvimos!
Hizo una breve pausa para luego añadir:
-Pero, ¿Por qué? ¿Hicimos algo mal?

Guido trató de no emitir juicios apresurados y guardó silencio. Sus ojos le decían que ese era el colegio al cual había estado acudiendo durante buena parte de su corta vida, pero de a poco había aprendido a desconfiar de ellos. Inspiró una profunda bocanada de aire y llenó sus pulmones con el aroma de la tierra húmeda, cubierta de césped.

-No, chicos –murmuró pensativo-. Éste no es el colegio, ¿No lo ven? No se escucha un solo ruido y la calle está desierta. Esto está vacío.

Altiviades hizo un gesto afirmativo con la cabeza y abrió la puerta, complacido. Acompañados de Maurice, los niños ingresaron al edificio únicamente para llevarse una nueva y desconcertante sorpresa: el patio principal había sido reemplazado por una locación que pudieron reconocer al instante.

-¡Esta es la catedral de la pelea! -exclamó Guido observando la enorme cúpula-. ¡Es lo que soñamos!

Luego fijó toda su atención sobre el dragón que se encontraba de pie frente a él y susurró:
-Y él debe ser Norfolk.

El dragón era enorme, pero ninguno de los presentes sintió miedo alguno ante su presencia. Guido lo observó con detenimiento, al tiempo que la criatura hizo lo mismo con él. Las tres cabezas que tanto lo habían atemorizado en un principio ahora se hallaban unidas a un mismo cuerpo mediante tres cuellos de sólida apariencia y eran muy parecidas entre sí, sin llegar a ser idénticas. Cada una poseía también algo que debía ser una cresta o un cuerno tirado hacia atrás. El animal se hallaba parado sobre sus patas traseras, e inclinado ligeramente hacia adelante. Su pecho y abdomen también eran inmaculadamente blancos y el resto de su cuerpo ostentaba un color azul muy oscuro. No poseía alas y sus garras no eran largas y afiladas como las de aquellos dragones de los cuentos, sino que parecían ser tan inofensivas como los dientes en su hocico. Debía medir unos diez metros de alto, cuando menos. Antes de que Guido pudiese pronunciar palabra, la cabeza central de la criatura dirigió una mansa mirada a hacia las otras dos y exclamó:

-Si. Soy Norfolk. Uno de los diez guardianes elementales: El Guardián del Tiempo.
Hizo una pausa y añadió:
-Guido, Sebastián, César, Maurice, sean bienvenidos al Edén.

XI – De paseo (IV)

César y Sebastián obedecieron. Guido, por el contrario, estaba dispuesto a no perderse detalle de lo que pudiese suceder. Repentinamente, una lluvia de hojas se precipitó sobre los presentes engrosando aún más la crujiente alfombra encargada de cubrir el suelo de aquel bosque, y el mas estruendoso de los vientos se desató entre los árboles, sacudiendo las ramas con locura, levantando una buena cantidad de residuos y adquiriendo finalmente la apariencia de una gigantesca mano. Ante la atenta mirada de Altiviades, aquella garra fantasmagórica levantó uno de los troncos secos que se hallaban a un costado del camino y lo colocó cuidadosamente sobre las ramas de los árboles previamente diferenciados, formando un arco. Cuando el viento desapareció, todos se vieron obligados a sacudir sus vestiduras, cubiertas de polvo, semillas y hojas secas. Guido, aunque maravillado, tosía a más no poder mientras que Sebastián intentaba limpiar a Maurice con una rama. La armadura, no obstante, no daba muestras de preocuparse demasiado por su higiene personal, o más bien fantasmal.

-Parece un arco para jugar al fútbol –murmuró el Tortuguita señalando el inmenso tronco ahora sostenido por las poderosas ramas de los otros dos árboles.

Sus amigos le dieron la razón, aludiendo que al mismo solo le haría falta una red.

-Norfolk se encuentra detrás de este portal -dijo Altiviades-. Crucemos hacia el otro lado antes de que vuelva a cerrarse.
Seguidamente echó un vistazo sobre el caballero andante. Tras meditar unos segundos, agregó:
-No se olviden de la armadura.

Maurice realizó una reverencia. Sebastián, por otra parte, puso toda su atención en su reloj y observó que era casi mediodía. ¿De qué día? ¿Cuánto habían dormido a causa del conjuro de aquel sabio? Mejor, ni preguntarlo. Guido se acercó al supuesto portal formado por troncos hasta pararse frente al mismo, y receloso, lo examinó durante unos instantes. No entendía como podía ser aquello una entrada a otro mundo. Al fin y al cabo, a través del mismo podían verse tanto el resto del bosque como así también la continuación del camino. Incluso podía verse a una de aquellas criaturas comedoras de semillas semejantes a peluches de juguete.
Tal vez por instinto, César extendió uno de sus brazos hacia adelante, solo para descubrir que su mano iba desapareciendo a medida que se adentraba en el portal, como sumergiéndose en un charco invisible. La quitó rápidamente, por si acaso.

Altiviades contempló los ojos de Guido y vio en ellos tanta curiosidad como desconfianza.

-Debes abrir tu mente –le dijo-. ¿Hasta cuándo piensas seguir abrazado a lo que quieran mostrarte tus sentidos? Norfolk esta esperándote y responderá a todas las preguntas que ahora parecen no tener respuesta.


Guido y los demás atravesaron el arco de madera caminando muy lentamente. Cuando el último de ellos hubo desaparecido, el tronco horizontal cayó al suelo, y rodó hasta ubicarse a varios metros del polvoriento y pedregoso sendero.