X – Como sapo de otro pozo (V)

Guido se llevó la mano izquierda a la frente. Su cabeza había comenzado a dolerle.

¿Cómo saben que nosotros somos los elegidos para arreglar esto? –preguntó-. ¿Y si están equivocados?

En ese instante, la roca encerrada dentro del bolsillo del pantalón de Guido comenzó a brillar dentro del mismo, aumentando su temperatura velozmente hasta quemar la tela que lo aprisionaba.

-¡Está viva! -exclamó Sebastián muerto de miedo-. ¡Está viva!
-Esto no es real –murmuró el híbrido-. No es posible.

La gema se elevó hasta que el niño la tuvo frente a sus ojos nuevamente. Cuando esto sucedió, éste la tomó entre sus manos y la arrojó hacia el fondo de la habitación, impactando sobre una delgada caña de pescar. Sin embargo, aquella extraña piedra volvió a elevarse. Flotando a través de la habitación y entre destellos, llegó hasta Guido una vez más. Altiviades se apartó de las cenizas y extendió uno de sus brazos hacia el niño.

-Has recibido un don muy especial, Guido -dijo-. Ya no puedes echarte atrás. Eres uno de los shojins.

Royd, azorado y con los ojos como platos, cayó de rodillas sin poder pronunciar palabra.

-¿De qué don estás hablando? -replicó el niño al tiempo que dejaba caer algunas lágrimas-. ¡No te entiendo! ¡¿Por qué estoy llorando?! ¡¿Qué está pasando?!
-Tu espíritu ha comprendido algo que tus ojos todavía no pudieron ver –respondió Altiviades-. Esto es complicado, por supuesto. Mucho más de lo que crees. Debes ser paciente y dejar que las respuestas lleguen a ti.
-¿Va a ser como en el sueño? -preguntó el Tortuguita tratando de manejar las ideas en su cabeza-. ¿Vamos a tener que pelear contra Vatel?

Tembloroso, Guido pudo darse cuenta de que se hallaba a escasos segundos de perder el control de su propio cuerpo. Algo alojado en cada átomo de su pequeña humanidad le decía que estaba siendo poseído por un ente superior y desconocido.

-No puede ser verdad –dijo-. Tiene que ser un sueño.
-¡Nunca fue un sueño! –replicó Sebastián.
Altiviades lanzó un suspiro.
-¿Acaso es tan difícil de imaginar? -preguntó-. ¿Creías saberlo todo, Guido? ¿Creías que el Universo era tan sólo lo que conocías?
-¿Cómo hiciste que soñáramos los tres con la misma cosa? -insistió Guido-. ¿Por qué estuve viviendo en el mismo día durante tres días?
-Yo no poseo el poder necesario para llevar a cabo una acción semejante. –dijo Altiviades severamente-. Todas tus preguntas serán respondidas muy pronto, pero antes debes descansar.

Luego, observando el calamitoso estado en el que se encontraban los niños, agregó:
-Todos deben descansar.

De las manos de Altiviades, un azulado campo energético comenzó a surgir, emitiendo un agudo sonido similar al de las turbinas de un avión. Un segundo después, Guido sintió que algo lo golpeaba fuertemente en la cabeza, dejándolo inconciente.

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X – Como sapo de otro pozo (IV)

-¿Y quien tiene la razón?- preguntó Sebastián metiéndose de lleno en el relato-. ¿Los magos o los Reinos?

-Es la naturaleza de la guerra –murmuró Altiviades-. Ambos bandos creen tener la razón, pero ninguno la posee realmente. Muchas personas inocentes murieron sin saber siquiera porqué. Los Reinos Aliados ansiaban las tierras habitadas por los hechiceros para ampliar con ello su poder mientras que los mérlidos reclamaban su derecho ancestral de regir sobre el planeta pacíficamente, apoyándose tanto en sus creencias como en sus dioses.

Guido reflexionó unos instantes y preguntó:
-Aparte de nosotros, ¿No existe nadie que pueda detener esta guerra?

-La guerra no es lo que debe preocuparnos -respondió Altiviades-. Vatel la utilizará como a una sangrienta cortina de humo y cubrirá con ella su verdadero ataque.

Caminó hacia la chimenea una vez más y volvió a repetir la operación. Con el dedo índice de su mano derecha dibujó unos garabatos sobre los residuos que ya estaban sobre alfombra y solo entonces abrió su mano izquierda con la palma hacia arriba, dejando que las cenizas recién obtenidas se escurriesen lentamente por los espacios que quedaban entre sus dedos. Cuatro pequeños montículos se formaron poco a poco para luego comenzar a arder con fuegos de diferentes colores, y el humo se condensó hasta proporcionar la imagen algo borrosa de un grupo de personas. Las mismas se hallaban reunidas en torno a un enorme artefacto tubular que Guido pudo reconocer al instante. Era el “Alfil”, fuese lo que fuese.

-La Alianza de los Siete Reinos ha logrado adquirir cierto poder sobre la energía de Momenta –dijo Altiviades-. Utilizando ese poder, Vatel desarrolló un artefacto capaz de alterar la composición del flujo hasta desaparecerlo por completo. Impedidos de aprovechar en su defensa la energía elemental del planeta, los mérlidos serán exterminados.

Royd se levantó escandalizado.
-¡Eso es imposible! –exclamó-. Solo los mérlidos pueden controlar el destino de magia y eso se debe a que son diferentes al resto de las criaturas. ¡Es imposible que Vatel haya encontrado una manera de manipular el flujo!

Los niños escucharon, en silencio. Ese misterioso joven parecía estar hablando en otro idioma, acerca de sucesos tan incomprensibles como todas las cosas que habían estado tomando lugar durante los últimos días. Un nudo invisible presionó con fuerza sus gargantas y un profundo temor se cernió sobre ellos. Lo que en un momento se había presentado como un horrible sueño, terminó por convertirse en una horrible realidad. Y no había que ser sabio para darse cuenta de que de la realidad, uno no puede despertarse.

-Esto es demasiado para nosotros –dijo Guido-. No somos soldados y tenemos que volver a casa. Nuestras familias deben estar muy preocupadas. Mi mamá…
-Mi papá debe estar desesperado –argumentó César-. Todos deben creer que nos secuestraron.

Sebastián se puso de pie, decidido a vociferar algo que nunca se había creído capaz de decir siquiera en voz baja.

-¡Quiero volver a la escuela! –exclamó-. ¡Queremos volver a la escuela!

Fargo sacudió la cabeza.
-La respuesta al problema que enfrenta la Tierra Interior se encuentra únicamente dentro quienes han sido elegidos –replicó suavemente-. Será su deber aceptar esa responsabilidad, o de lo contrario, la vida en este planeta dejará de ser tal y como la conocemos.

X – Como sapo de otro pozo (III)

-Eres el encargado de velar por esa piedra, Guido -dijo Altiviades al tiempo que abrochaba su camisa-. Deberás estar preparado para enfrentar tu destino.

Guido sintió que su corazón daba un vuelco dentro de su pecho a causa de alguna extraña emoción. Echaba de menos a sus padres y quería volver con ellos lo antes posible; y para eso tendría que cumplir con su misión o lo que fuese que tuviese que hacer con Altiviades.
-¿Por qué me buscabas? –preguntó-. ¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué hace esta piedra?

Altiviades se puso de pie y caminó en dirección a la chimenea. Con toda calma, metió las manos en el fuego y tomó un puñado de cenizas. Seguidamente, lo colocó sobre la alfombra, formando una montañita. Se sentó, y extendiendo su brazo izquierdo hasta casi tocar las cenizas con la palma de la mano, dijo:

-Un gran desastre ocurrirá y somos los únicos que podemos evitarlo. Vatel, el rey que conocieron en sus sueños, está a punto de desencadenar una guerra de proporciones épicas. Será el último capítulo en el libro de las Guerras Grandes; el enfrentamiento final entre los mérlidos y los Reinos Aliados.

Los niños se miraron extrañados. Durante un instante, Guido tuvo la impresión de encontrarse en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno.

-Nosotros somos nuevos en todo esto –murmuró el Tortuguita-. ¿Reinos Aliados? ¿Guerras Grandes?
-Es verdad –agregó Sebastián, al tiempo que de su boca dejaba escapar algunas migajas de galletas-. Yo no entiendo nada.

Mediante un gesto con su mano izquierda, Altiviades pidió silencio.

-Momenta se ha visto sacudida por diversas legiones, naciones e imperios durante su historia –dijo-. Muchas civilizaciones regidas por tiranos quisieron imponer sus reglas a otros pueblos durante siglos. Las discusiones no resueltas llegaban entonces a su fin con la victoria del más fuerte en un campo de batalla. Dos bandos han logrado mantenerse fuertes a través del tiempo: los mérlidos y los Reinos Aliados. Sus enfrentamientos fueron conocidos como las “Guerras Grandes” debido a que el choque entre ambas fuerzas ha sido descomunal.
Altiviades cerró sus ojos y pronunció algunas palabras en voz baja. Inmediatamente, las cenizas que hubo apartado de la chimenea comenzaron a elevarse en el aire, formando una colorida imagen tridimensional mediante algunos estallidos luminosos. Los niños pudieron ver allí a numerosos ejércitos, marchando y movilizándose a través de una llanura. Cuando Altiviades abrió sus ojos, las cenizas cayeron nuevamente sobre la alfombra.

-Los mérlidos –dijo-, poseedores de conocimientos y poderes tan únicos como descomunales, se enfrentaron a la Alianza de los Siete Reinos. La primera y más increíble de las batallas libradas entre ambos es recordada como la Guerra Grande, y sucedió hace poco más de tres mil años.

Fargo murmuró algo frente a las cenizas y las mismas volvieron a elevarse, aunque esta vez para dar vida a lo que parecía ser una representación en miniatura de Momenta. Altiviades continuó con su relato.

-Esta Alianza estaba conformada por los Reinos de Valeron, Cándice, Miracuzco, Elvoréntis, Lummita, Khali Amal y Zonta, con sus numerosas tropas y sus armas de avanzada. Fue una confrontación entre la magia y la tecnología. Cuando la guerra tocó a su fin tras casi cien años de batallas, ambos bandos se hallaban parcialmente destrozados. Así fue como se declaró una tregua que perduró durante varios siglos, siendo interrumpida hace unos veinticinco años. Con el surgimiento de Vatel como precoz y nuevo líder de la Alianza, los conflictos se reanudaron dando origen a nuevos y dolorosos combates aislados. Este período solo duró un año y medio, pero bastó para conformar el comienzo de la “Segunda Guerra Grande”.

X – Como sapo de otro pozo (II)

Sebastián se desplazó suavemente hasta ubicarse junto a Royd. Su esfuerzo por disimular sus movimientos fue tan torpe que terminó por obtener un efecto contrario.
-Creí que Altiviades era un viejo sabio, como aquel abuelo –le dijo en un murmullo-. Pero es un chico como yo.

Fargo pareció escuchar aquel comentario, y carraspeando, se dirigió a la cocina.

-No te confundas –respondió Altiviades-. Fargo posee gran sabiduría, eso es cierto. Una vida dedicada al enriquecimiento intelectual y la sangre mérlida que corre por sus venas han hecho de él un experto mago.
Hizo una pausa y añadió:
-Pero yo no soy un mocoso como tú. A decir verdad, ya he presenciado demasiados atardeceres, y llevo respirando mucho más tiempo del que imaginas.

Sebastián, mas allá de no mostrarse satisfecho ante semejante declaración, se sintió terriblemente ofendido.

-La prima de Guido dice lo mismo, y ustedes deben tener más o menos la misma edad –respondió. El Tortuguita no pudo evitar sonreír.
-Yo adopté a Fargo cuando él era tan solo un bebé llorón –replicó Altiviades-. Lo crié como a un hijo y le enseñé todo lo que pude enseñarle. Los años pasaron y él se convirtió en mi ayudante y amigo fiel.
-¡Ese viejo tiene mas años que la lluvia! -exclamó Sebastián demandando el apoyo de sus amigos-. No puede estar hablando en serio.

Guido echó una mirada por sobre su hombro buscando a Royd. Éste interpretó lo que el niño quería preguntarle pero Fargo se adelantó con la respuesta.

-Altiviades tiene casi dos mil trescientos años de edad…
-Eso no puede ser cierto –exclamó Royd, desconcertado-. Los pegasos no logran extender la vida en tanto tiempo. Altiviades no puede tener más de doscientos años.

Los niños se quedaron en silencio, tratando de interpretar el sentido de aquellas palabras. Sus cerebros se sacudieron como nueces en un mismo frasco, pero no lograron sacar nada en limpio debido a que todavía se encontraban vigorosamente aferrados a lo vivido y aprendido en el planeta Tierra.

-Entonces, ¿Cómo hacés para parecer un chico?- preguntó César finalmente.

Aquel supuesto sabio desabrochó cuidadosamente algunos de los botones de su camisa. Colgando sobre el lampiño pecho todos pudieron observar una minúscula cadena que llevaba engarzada una gema similar a la que los niños habían encontrado en la caja del museo. Cuando Guido se dispuso a contemplarla con detenimiento, la misma emitió un poderoso resplandor azul oscuro.

-Esta gema existe desde hace muchísimos años -dijo Altiviades mostrando una severa expresión en su rostro-. Encierra dentro de sí, nada menos que el poder del Tiempo. Cuando la obtuve, mi cuerpo detuvo su desarrollo y dejó de envejecer.

Guido escuchó asombrado aquella confesión y la relacionó directamente con el miércoles que se había repetido una y otra vez. Tiempo. Sacó la gema que guardaba en sus pantalones y la acercó a la otra sin saber que esperar. Ambos pedruscos se encendieron como lámparas y comenzaron a brillar muy tenuemente. Transcurridos unos segundos, su luminosidad desapareció con la misma naturalidad con la que se había manifestado en un principio.

X – Como sapo de otro pozo

Calidez. Esa era la palabra justa para describir lo que aquella vieja cabaña irradiaba. En el fondo de la habitación principal, una pila de leños ardía prisionera de una rústica chimenea hecha de piedra. El lugar carecía de muebles como sillas o mesas y el suelo estaba cubierto por una enorme alfombra azul oscura. Allí, un joven rubio y descalzo, vestido con una camisa blanca arremangada hasta los codos y unos pantalones largos de tela color mostaza se hallaba sentado frente a una tabla de madera, esparciendo un pequeño y colorido mazo de naipes. Si bien su larga cabellera le cubría parcialmente el rostro, Guido pudo ver que no seria mucho mayor que él o sus amigos. Supuso que tendría unos cuatro o cinco años mas que ellos a lo sumo. A su lado, un espectacular caballo negro estaba siendo cuidadosamente peinado por un anciano de ojos grises al que reconocieron de inmediato. Royd se dirigió hacia éste y lo estrechó en un abrazo.

-Me alegra mucho ver que lograste volver sano y salvo –le dijo-. Nosotros aparecimos en las afueras de Kabal, pero el camino fue fácil de encontrar. ¿Qué sucedió con el portal?
-Altiviades y yo no pudimos controlar semejante cantidad de poder –le respondió este-. El balance entre los dos mundos fue interrumpido y casi fracasamos. En realidad, deberíamos haber fracasado. La Tierra no posee la energía suficiente.

El anciano hizo señas a los niños para que estos se le acercasen. Guido obedeció.
-Buenos días, Fargo –dijo estirando la mano como para saludarlo-. Yo soy Guido, el es Sebastián y éste es César, el Tortuguita. Aquí estamos como usted quería.

El anciano estrechó cariñosamente la mano del niño entre las suyas, casi tan arrugadas como ciruelas pasas.
-Jovencito, es un enorme placer conocerte a ti y a tus amiguitos –dijo débilmente-. Mi nombre es Fargo de Zhoue.
Luego, propinando unas suaves palmadas sobre el lomo del caballo, agregó:
-Y este es Lancelot.

El jovencito que previamente se hallaba sentado sobre la alfombra se había puesto de pie. Sus enormes y profundos ojos azules ostentaban un brillo muy particular.

-Yo soy Altiviades, niños –dijo-. Y ya me estaba preocupando a causa de su demora.

Saludó a todos con un apretón de manos y un beso en cada mejilla, e hizo que tomasen asiento en la alfombra. Luego, guiñándole uno ojo al híbrido agregó:
-Muchas gracias por haber sido su escolta, Royd. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te ha sentado el aire de la Tierra?

Las palabras del jovencito parecieron despertar el entusiasmo en su interlocutor.

-¡La Tierra es increíble! -respondió Royd deshaciéndose de su túnica-. Estuve a punto de volverme loco, pero todo sucedió según lo habías previsto. Bueno, casi todo.

Altiviades realizó una mueca de extrañeza.
-¿Casi todo? –preguntó.
-Bugen y sus muchachos nos asistieron –dijo Royd-. Sufrimos una emboscada a nuestro regreso, en el pasaje de Feer. Un caballero andante llamado Maurice también nos acompaña, y se ha quedado vigilando la puerta.
-Debe ser uno de espíritus errantes que se encontraban bajo mi cuidado –murmuró Fargo sonriendo.

Altiviades soltó una carcajada.

-Bueno –dijo-, sabes que eso no es necesario, pero si quiere quedarse allí, esta bien por mi. La emboscada debería preocuparnos teniendo en cuenta la sagrada naturaleza de nuestra misión, pero aun no es hora.
-La curiosidad me está matando –dijo Royd–. He cumplido con la misión que me encomendaste, y ahora debes revelarme la razón de todo esto.

Altiviades asintió con la cabeza.
-Tanto tú como los niños tienen muchas preguntas para hacerme, Royd –dijo pensativo-. Mientras comemos algo, trataré de responderlas. ¿Les parece bien? Una taza de té caliente nos vendrá muy bien a todos. Aunque les cueste creerlo, las sorpresas apenas están comenzando.

Inmediatamente se dio vuelta y exclamó:
-¡Fargo! Lancelot ya está bastante malcriado. Por favor, déjalo en paz y agrega mas leña al fuego.