XVI – Responsabilidad Astral

Bugen se acercó a Altiviades, olisqueando el aire a su alrededor.

-Tú llevabas una de estas piedras contigo –le rugió severamente-. Oculta bajo tu camisa. Su aroma y esencia son casi imperceptibles, pero me bastan para saber que son las mismas que despide el Guardián. ¡Maldición! Eres un shojin…

Norfolk cerró sus ojos y un millar de pequeños arcos azules comenzó a manar de su blanco pecho. Del mismo lugar y modo también brotó la gema azul mencionada por el híbrido.
-No todos los espíritus elementales cayeron en control de los Odones –dijo-. Cuando Momenta fue absorbida por la puerta, la energía liberada no pudo desvanecerse y mi cuerpo se fue concentrando hasta tomar la forma de esta gema. Lo único que pude hacer fue empujar esta roca hasta expulsarla del vacío, para utilizar su fuerza y abrir una puerta entre Momenta y el Edén. Altiviades fue el elegido, y ha llevado valientemente sobre sus hombros esa inmensa responsabilidad desde hace muchos años, preparándose para este momento.

Guido, totalmente extraviado en un mar de presunciones y pensamientos, abrió la boca con intenciones de hacer una pregunta. Se detuvo al darse cuenta de que la respuesta a la misma había llegado días atrás y sin hacer el menor ruido.

-Los Guardianes Elementales eligieron su destino –murmuró Norfolk-. Dejaron de ser soldados divinos para convertirse en socorristas de los mérlidos.
Hizo una pausa y continuó diciendo:
-Cuando Yildiray fue el amo del Guardián de la Muerte, el Guardián de la Vida eligió a un poderoso hechicero para que fuese su amo. Éste fue Tudor, un sacerdote que al igual que siete de sus compañeros tuvo en sus manos más poder del que nunca hubiese imaginado.
-Los mérlidos –añadió Altiviades-, carentes de estrategias militares o un nutrido ejército, pasaron a ser la potencia más fulminante que jamás hubiese existido hasta entonces, gracias a las gemas elementales.
-¿Y cómo fue que se empezó la guerra? -interrumpió César-. ¿Los Siete Reinos se enfrentaron a los Guardianes?
-El Guardián de la Vida eligió con sabiduría –intervino Fargo-. Tudor fue un justo y pacífico líder entre los mérlidos. A pesar de que su sueño siempre había sido recuperar las tierras sagradas de los mérlidos, mantuvo su palabra y desistió de la idea de una batalla hasta el último segundo. Los Odones no comenzaron la primer Gran Guerra, fueron los Reinos Aliados quienes lo hicieron, incrédulos del poder de los Dragones Elementales.

Por un instante, Norfolk se quedó en silencio, dando muestras de estar realmente agotado. Altiviades retomó entonces el discurso, diciendo:

-Algunos mérlidos decidieron responder a las devastadoras ofensivas valiéndose de sus dragones: Yildiray y Tarbo fueron acompañados por Osiris y Orbis, bajo las órdenes de sus amos Achiel y Reika. Desgraciadamente, la era de las Grandes Guerras había comenzado. Sigmar, Atalanta y Siam fueron los últimos en unirse a las batallas, y lo hicieron cuando parte del primer grupo quedó imposibilitado de seguir combatiendo.

Una nueva sucesión de imágenes grabadas sobre las paredes comenzó a iluminarse, y los niños pudieron ser testigos, de alguna manera, de aquellos inimaginables choques entre los Reinos Aliados y los mérlidos. Pese a reconocer la gravedad de aquellos enfrentamientos, las miles de muertes acontecidas y todo el sufrimiento padecido por ambos bandos, Guido no pudo evitar sentirse atraído y hasta encantado por la idea de presenciar una refriega entre dragones, magos y artillerías de ensueño. Creyó que teniendo en cuenta su situación, tampoco podría culpársele por ello. Vio que Norfolk lo observaba cuidadosamente con sus tres cabezas e inmediatamente supo cuales eran las palabras que éste tenía para decirle.

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XV – Entre Odones y dragones: Confusiones (III)

La pequeña pandilla formada por los posibles shojins se mantuvo en silencio ante aquel debate surgido entre esos fantásticos seres hijos de los dioses, y se vio sobresaltada cuando una gigantesca sombra cubrió el cielo casi por completo. El inesperado episodio desató una nueva serie de murmullos, sollozos, gritos y plegarias por toda Amnia.

-Calma –rugió el causante del fugaz eclipse.

Era Siam, que aunque un poco apaleado a causa del esfuerzo realizado para crear la gema del agua, se las había ingeniado para volar hasta ubicarse junto al resto de los dragones.

-Si no puedo proteger aunque más no sea a los mérlidos –les dijo en un suspiro-, me habré convertido en un completo inútil. Nosotros cambiamos, y difícil me resulta imaginar la Tierra sin su compañía. ¿Quién se unirá a nosotros?

Osiris y el Guardián de la Muerte se sumaron al grupo formado por Sigmar, Atalanta, Siam y Orbis. Los dos Guardianes restantes, por otro lado, continuaron mostrándose renuentes a asociárseles.

-SIGMAR –bramó Meleagro-. ES TU DECISIÓN LA DE INVOLUCRARTE CON ESTAS CRIATURAS INFERIORES, NO LA MÍA. ESPERO QUE MUCHOS DE USTEDES SOBREVIVAN PARA PRESENCIAR EL FIN DEL MUNDO CUANDO LLEGUE EL MOMENTO INDICADO. HASTA ENTONCES, NO CREO QUE VUELVAN A SABER DE MÍ.

El Guardián de la Tierra desplegó sus alas y echó una última mirada sobre sus compañeros. Dando un rugido absolutamente infernal causó un breve terremoto, seguido de una explosión luminosa que terminó de derribar a todos los Odones de sus pedestales. Los cientos de mérlidos presentes abandonaron Amnia y huyeron despavoridos rumbo a las boscosas sierras aledañas. Meleagro entonces se marchó agitando débilmente sus tres pares de alas hasta fundirse en el horizonte, dejando detrás de él un pequeño y brillante pedrusco esférico que serviría para subyugar al Guardián del Aire.



En poco tiempo, los dragones fueron sometiendo sus poderes a los mérlidos, que hábilmente lograron contener cada uno de los elementos. Tal como lo habían acordado, los hechiceros no forjaron una gema capaz de controlar al Guardián de la Oscuridad y éste, tras prestar sus servicios en la tarea de dominar a Atalanta, se dispuso a partir. Se elevó en el aire, y dirigiéndose a Sigmar exclamó:

-¿Sssabess qué deberíamoss haber hecho en realidad? Deberiamosss haber exssterminado a losss hechisseross y al resssto de la rassa humana. Esso habría sssido lo mejor para la Tierra Interior…

Acto seguido, su gigantesca figura se esfumó, dejando en su lugar tan solo una sombra que se perdió rápidamente entre las penumbras del atardecer en Mellet