-¡Será imposible destruirlo! -bramó Silverado-. ¡Debemos desviarlo!
Siam y Osiris llegaron al límite de sus fuerzas y se precipitaron rumbo al espectro. Orbis se arrojó detrás de ellos y logró sujetarlos justo antes de que impactasen sobre el mismo.
-¡Sal de allí, Silverado! –exclamó-. ¡La barrera! ¡No lo soportarás!
Silverado escuchó atentamente las palabras del Guardián del Fuego y se dio cuenta de que no tardaría mucho en estrellarse de espaldas. Con gran esfuerzo, hundió sus garras sobre la ardiente roca y volteando su cabeza, rugió:
-¡Usaremos la fuerza de la barrera! ¡Norfolk! ¡Tarbo! ¡Maelstrom! ¡Lleven la energía hasta donde puedan!
Norfolk se negó violentamente.
-¡No! –bramó-. ¡No podemos hacerlo! ¡No quedará nada de ti!
El Dragón Astral estalló lleno de ira y luego, en un tono casi imperceptible, rugió:
-Es el llamado de la Tierra, Norfolk. Tú también puedes sentirlo. Sabías que esto sucedería.
Ya sin nada que decir en su defensa, el Guardián del Tiempo cerró sus ojos y aumentó la densidad del espectro tanto como pudo. Desbordado por un sentimiento jamás experimentado anteriormente y que luego reconocería como impotencia, Maelstrom fue capaz de percibir como sus fuerzas lo abandonaban a medida que Silverado se acercaba a su fin.
-¡Es el final! –rugió Tarbo encolerizado –¡Ya no queda nada por hacer!
El bravo líder hizo contacto con aquella protección y soltó un rugido estremecedor. Todo su cuerpo vibró ante la increíble cantidad de energía liberada por sus iguales. El meteoro perdió parte de su masa y fue descascarándose poco a poco, pero aún así sus dimensiones y su velocidad disminuyeron demasiado poco. Para cuando Silverado emergió del interior de aquella oscura barrera, la misma se deshizo en el aire. Los tres dragones que le habían dado origen fueron presa de su propio esfuerzo y cayeron al suelo, exhaustos.
Orbis, tan asombrado como vencido, pudo ver que su adalid todavía se encontraba firmemente sujeto a aquella metálica roca.
-Silverado…
Silverado se hallaba hecho añicos. Múltiples heridas permitían que, junto con su sangre, la vida se escapase de su cuerpo lentamente. Sigmar y Meleagro se arrojaron veloces sobre el mismo, pero éste los apartó hacia un costado con absoluta determinación.
-No va a desviarse –dijo-. Huyan rumbo al hermano pequeño. Llévense a Norfolk y a los demás.
-¿Qué piensas hacer, Silverado? –preguntó Sigmar intuyendo una respuesta.
El Dragón Astral arrojó entonces una última mirada sobre el planeta Tierra. Sin quitarle los ojos de encima, respondió:
-Me queda poco tiempo, pero eso no importa. No tenemos otra razón de ser.
Meleagro bajó su cabeza víctima de un profundo pesar. Muy en su interior, la idea de que los dragones elementales pudiesen compartir una naturaleza efímera similar a la del resto de los seres existentes nubló sus pensamientos.
-TARBO ESTABA EN LO CORRECTO –murmuró-. SOMOS TAN MORTALES COMO EL RESTO DE LAS CRIATURAS…
Silverado cerró sus ojos. Cuando volvió a abrirlos, Meleagro pudo ver reflejado en ellos un impetuoso poderío que ni siquiera cien millones de cometas como el que tenían frente a ellos habrían podido igualar.
-No lo sé –replicó Silverado buscando una respuesta a sus emociones-. Pero nunca estuvimos vivos, hasta ahora. Ahora somos parte de todo. Ahora existimos.
Los Guardianes de la Vida y la Tierra se alejaron del meteorito y recogieron a los tres dragones que se hallaban inconscientes. Con suma dificultad, lograron elevarse lo suficiente como para abandonar la atmósfera y desde allí pudieron observar como un sinfín de hilos dorados y plateados comenzaba a cubrir la superficie terrestre, hasta envolverla por completo.
Un heroico rugido atravesó el espacio y el Universo se vio por completo iluminado en el preciso instante en que los gemelos comenzaron a tomar su propio rumbo y aquel meteorito que había intentado desvanecer la existencia del Tercer Planeta estallaba, junto con el inolvidable Silverado, en millones de minúsculos fragmentos.