XIII – El comienzo (IV)

-¡Será imposible destruirlo! -bramó Silverado-. ¡Debemos desviarlo!

Siam y Osiris llegaron al límite de sus fuerzas y se precipitaron rumbo al espectro. Orbis se arrojó detrás de ellos y logró sujetarlos justo antes de que impactasen sobre el mismo.
-¡Sal de allí, Silverado! –exclamó-. ¡La barrera! ¡No lo soportarás!

Silverado escuchó atentamente las palabras del Guardián del Fuego y se dio cuenta de que no tardaría mucho en estrellarse de espaldas. Con gran esfuerzo, hundió sus garras sobre la ardiente roca y volteando su cabeza, rugió:
-¡Usaremos la fuerza de la barrera! ¡Norfolk! ¡Tarbo! ¡Maelstrom! ¡Lleven la energía hasta donde puedan!
Norfolk se negó violentamente.
-¡No! –bramó-. ¡No podemos hacerlo! ¡No quedará nada de ti!

El Dragón Astral estalló lleno de ira y luego, en un tono casi imperceptible, rugió:
-Es el llamado de la Tierra, Norfolk. Tú también puedes sentirlo. Sabías que esto sucedería.

Ya sin nada que decir en su defensa, el Guardián del Tiempo cerró sus ojos y aumentó la densidad del espectro tanto como pudo. Desbordado por un sentimiento jamás experimentado anteriormente y que luego reconocería como impotencia, Maelstrom fue capaz de percibir como sus fuerzas lo abandonaban a medida que Silverado se acercaba a su fin.

-¡Es el final! –rugió Tarbo encolerizado –¡Ya no queda nada por hacer!

El bravo líder hizo contacto con aquella protección y soltó un rugido estremecedor. Todo su cuerpo vibró ante la increíble cantidad de energía liberada por sus iguales. El meteoro perdió parte de su masa y fue descascarándose poco a poco, pero aún así sus dimensiones y su velocidad disminuyeron demasiado poco. Para cuando Silverado emergió del interior de aquella oscura barrera, la misma se deshizo en el aire. Los tres dragones que le habían dado origen fueron presa de su propio esfuerzo y cayeron al suelo, exhaustos.
Orbis, tan asombrado como vencido, pudo ver que su adalid todavía se encontraba firmemente sujeto a aquella metálica roca.

-Silverado…

Silverado se hallaba hecho añicos. Múltiples heridas permitían que, junto con su sangre, la vida se escapase de su cuerpo lentamente. Sigmar y Meleagro se arrojaron veloces sobre el mismo, pero éste los apartó hacia un costado con absoluta determinación.

-No va a desviarse –dijo-. Huyan rumbo al hermano pequeño. Llévense a Norfolk y a los demás.
-¿Qué piensas hacer, Silverado? –preguntó Sigmar intuyendo una respuesta.

El Dragón Astral arrojó entonces una última mirada sobre el planeta Tierra. Sin quitarle los ojos de encima, respondió:
-Me queda poco tiempo, pero eso no importa. No tenemos otra razón de ser.

Meleagro bajó su cabeza víctima de un profundo pesar. Muy en su interior, la idea de que los dragones elementales pudiesen compartir una naturaleza efímera similar a la del resto de los seres existentes nubló sus pensamientos.
-TARBO ESTABA EN LO CORRECTO –murmuró-. SOMOS TAN MORTALES COMO EL RESTO DE LAS CRIATURAS…

Silverado cerró sus ojos. Cuando volvió a abrirlos, Meleagro pudo ver reflejado en ellos un impetuoso poderío que ni siquiera cien millones de cometas como el que tenían frente a ellos habrían podido igualar.

-No lo sé –replicó Silverado buscando una respuesta a sus emociones-. Pero nunca estuvimos vivos, hasta ahora. Ahora somos parte de todo. Ahora existimos.

Los Guardianes de la Vida y la Tierra se alejaron del meteorito y recogieron a los tres dragones que se hallaban inconscientes. Con suma dificultad, lograron elevarse lo suficiente como para abandonar la atmósfera y desde allí pudieron observar como un sinfín de hilos dorados y plateados comenzaba a cubrir la superficie terrestre, hasta envolverla por completo.


Un heroico rugido atravesó el espacio y el Universo se vio por completo iluminado en el preciso instante en que los gemelos comenzaron a tomar su propio rumbo y aquel meteorito que había intentado desvanecer la existencia del Tercer Planeta estallaba, junto con el inolvidable Silverado, en millones de minúsculos fragmentos.

XIII – El comienzo (III)

Para cuando Silverado alcanzó la posición del gélido Dragón del Agua, éste ya había hecho trizas los primeros proyectiles.

-Se siente bien –rugía Siam-. Es lo que somos…

Algunos resplandores en la lejanía eran buena prueba de que Osiris también estaba haciendo su trabajo con gran determinación. Contaba con más agilidad que fuerza en comparación a sus compañeros, pero no por ello era menos efectivo en sus ataques. Un extraño fulgor seguido de una cálida ventisca provenía del sector custodiado por Orbis, cuyas llamas parecían quemar hasta el infinito creando tormentas de fuego.

Transcurrido un extenso periodo de tiempo, la intensidad del bombardeo terminó por opacar la furia de los rugidos. Los dragones que conformaban la primera línea de defensa a la cual se había incorporado Atalanta comenzaron a retroceder, llevando sobre sus cuerpos el cansancio y las primeras heridas sufridas en millones de años de existencia. Silverado, también unido a la defensa principal, tuvo la impresión de que diez nuevos meteoritos se precipitaban sobre su posición por cada uno que lograba destruir. La barrera espectral sostenida por Tarbo había cumplido su cometido y muchos meteoritos encontraron su fin en la misma, pero pese a ello Sigmar y Meleagro trabajaban a más no poder eliminando una tormenta de pedruscos.

Barruntando el peligro, Norfolk se decidió a hacer un último intento de modificar lo inevitable.

-¡Aún podemos huir, Silverado! –rugió-. ¡Deberíamos hacerlo!

Sus palabras tenían fundamento: la pantalla establecida por los tres Guardianes había perdido su fortaleza original y los proyectiles que la atravesaban eran de un tamaño cada vez mayor, dando origen a una situación descontrolada y carente de cualquier tipo de planeamiento. Silverado, dispuesto a todo, extendió sus alas por completo y se mantuvo inmóvil, suspendido en el espacio durante un par de segundos. De espaldas al sol, su majestuosa figura comenzó a resplandecer cada vez más intensamente.

-¡Nunca! –replicó lacónicamente.

Poderosos ríos de luz dorada brotaron de su hocico, despedazando un centenar de meteoritos y sacudiendo incluso a sus propios compañeros. Milagrosamente, el cielo pasó de estar completamente atiborrado de aerolitos, a hallarse casi despejado.

-Si podemos huir -rugió el dragón Astral-, también podemos luchar.

Agotado pero triunfal, elevó la mirada buscando a Norfolk, pero lo que vislumbró detrás de éste se llevó toda su atención. A lo lejos, una gigantesca roca de tamaño y velocidad inconmensurablemente superiores a las de cualquier meteorito que hubiesen visto hasta entonces hizo su aparición. Supo en su corazón que no conseguiría destruirla aunque quisiese, por lo que sin pensarlo dos veces se arrojó violentamente contra la misma, en un desesperado y estrepitoso intento de detenerla. Siam y Orbis se unieron al líder ubicándose a su lado pero sus fuerzas se hallaban extraordinariamente disminuidas debido a lo prolongado de la confrontación. Así, el diabólico cometa siguió avanzando en su desenfrenada trayectoria hacia la Tierra sin que nadie fuese capaz de alterar su curso. Los ataques arrojados por el Guardián del Aire no fueron la excepción, convirtiéndose en nada más que una inútil sucesión de pequeñas explosiones superficiales.

-¡¿Qué es esto, Silverado?! -exclamó Atalanta uniéndose a la lucha y echando relámpagos desde sus garras-. ¡Es casi tan grande como la Tierra Interior!

XIII – El comienzo (II)

Los nueve dragones rugieron apoyando a su líder. Éste, sin esperar siquiera un instante, comenzó a organizar lo que sería la táctica de defensa del planeta.

-Atalanta –rugió-. Tú serás nuestro vigía. Permanecerás en la Tierra Interior pero deberás acudir en nuestra ayuda cuando sea necesario.

El Guardián de la luz extendió sus alas en un destello, tras el cual desapareció hundiéndose en el azul del cielo.

-Necesitaremos mucha fuerza –continuó Silverado-. Orbis, Siam, Osiris, ustedes tres conformarán la defensa principal. Cuando las rocas se encuentren dentro de su alcance, bastará con que las hagan más pequeñas. Volverlas polvo malgastaría nuestras fuerzas.

Los tres dragones desplegaron sus alas y velozmente se elevaron hasta perderse de vista. Silverado, mientras tanto, prosiguió con su discurso.

-Tarbo, Maelstrom, Norfolk –dijo-. Quiero una barrera de energía, espesa como para detener aquellas rocas que logren traspasar el manto blando del cielo.

Los tres dragones asintieron con la cabeza, a sabiendas de que la combinación de sus poderes constituía la esencia misma de la destrucción. Tal y como lo habían hecho sus compañeros, echaron a volar hacia el infinito, con el Guardián de la Muerte a la cabeza. Sigmar, por otra parte, dio varios pasos en dirección a su líder y preguntó:
-¿Qué has pensado para nosotros?

Silverado guardó silencio durante un instante, pensativo.
-Meleagro, Sigmar –dijo-. Ustedes se quedarán aquí. Deberán detener las rocas que permanezcan pese a los esfuerzos de los demás.
Reflexionó durante un par de segundos y terminó diciendo:
-Todo lo que ustedes no puedan destruir, caerá sobre la Tierra y las criaturas.

El inmenso Meleagro plegó sus alas y descendió a tierra, para luego echarse pesadamente en el piso.
-¿Y QUE HARÁS TÚ, SILVERADO? –gruñó-. NO ESTARÁS PENSANDO QUE NOSOTROS HAREMOS TODO EL TRABAJO MIENTRAS QUE TÚ TE LLEVAS LA GLORIA DE HABER CUMPLIDO CON NUESTRO DESTINO…

El Dragón Astral alzó su cabeza y echó una mirada sobre sus compañeros.
-Las predicciones de Norfolk hablan de muchas rocas, algunas muy grandes como para ser destruidas. Yo me encargaré de esos gigantes.
Una voz resonó dentro de la cabeza del dragón, y éste pudo reconocer de inmediato a su dueño. Era Orbis, el Guardián del Fuego, que decía:
-¡Comenzaremos la defensa, Silverado! ¡Llegó el momento!

El Dragón Astral extendió sus alas y abrió sus fauces soltando un haz de luz desde las mismas.
-¡Comiencen! –bramó-. ¡Meleagro! ¡Sigmar!

En un instante los diez dragones elementales ocuparon sus lugares según lo establecido y Silverado alcanzó la posición de Norfolk. El Guardián del Tiempo observó detenidamente a su líder y murmuró:

-Éste es el principio del fin, ¿Qué haremos si nuestra lucha no basta?

Sin emitir respuesta ninguna, el gran Dragón Astral observó desde lo alto del cielo la increíble fragilidad de aquel extraño planeta que le había dado la vida a cambio de su protección. Se preguntó a si mismo si Norfolk no estaría ocultándole parte de sus vaticinios. Luego ascendió vertiginosamente hasta casi desaparecer, y exclamó:

-¡Maelstrom! ¡Tarbo! ¡Ahora!

Tarbo rugió furiosamente y un poderoso espectro negro comenzó a surgir de su cuerpo formando una densa y perturbadora lluvia de diminutas gotas negras. El Guardián de la Oscuridad imitó el bramido y una nube gris capaz de abarcarlo todo se unió a los arcos azules que Norfolk expulsaba de su cuerpo. Muy pronto, una cortina de aterradora tenebrosidad se halló tendida en el cielo, sumiendo la superficie terrestre y sus habitantes en la más absoluta y embriagante de las penumbras.

XIII – El comienzo

-El Tercer Planeta no sobrevivirá a la lluvia de meteoritos -dijo Norfolk, repartiendo las palabras entre sus hocicos-. Se convertirá en polvo estelar como ya lo han hecho muchos otros. Debemos ocuparnos de su hermano menor; debemos asegurarnos de que la vida no será recuerdo en ambos.

Silverado clavó sus ojos en cielo, pensando en el fatal peligro que se remontaba sobre su cabeza. Aquél maravilloso amanecer podría ser el último. Millones de años de meticulosa evolución corrían el riesgo de verse despedazados en un abrir y cerrar de ojos.

-No puedes pedirme que abandone este lugar, Norfolk –le respondió observando a sus hermanos-. Tú mejor que nadie sabes que somos los únicos en quienes recae esta tarea.

Atalanta, Osiris y Maelstrom descendieron a tierra tras zambullirse desde el cielo a gran velocidad. Finalmente, los diez dragones elementales se hallaban reunidos. No lo sabían, pero esta sería la primera y única batalla que librarían todos juntos, como un equipo.

-Díganme que fue lo que descubrieron –les dijo Silverado.

Atalanta, el dragón de la Luz, grácil y espectacular, inclinó su cabeza ante el gran Dragón Astral.

-Las predicciones de Norfolk fueron bastante precisas –respondió-. Deberemos movernos con suma precaución si es que queremos llevar a cabo lo que has planeado.
-No abandonaré este planeta para dejarlo morir –respondió fríamente Silverado-. Hasta este momento no había podido encontrar un motivo para nuestra existencia, pero ahora todos lo vemos.
-Lass rocass llegarán a gran velossidad. Son muchass, incontablesss -agregó Maelstrom haciendo vibrar su lengua-. La desstrucssión ess inminente ssi no oponemoss resisstenssia.

A sus espaldas, uno de los dragones soltó un bramido. Silverado hizo una mueca de desagrado y giró su cabeza hasta divisar la figura del fiero dragón de la Muerte.

-¿Qué te sucede, Tarbo? –le preguntó-. ¿Tú tampoco puedes ver lo que yo veo?

El dragón dio dos pasos hacia delante y se dirigió a su líder, con algo más que un notorio resentimiento en la voz.

-Mis inquietudes no van mucho más allá de las que puede sentir cualquiera de nosotros –dijo-. Sacrificar el tercer planeta sería malo, pero tal vez no seamos tan diferentes del resto de las criaturas como parecemos. ¿Qué haremos si la inmortalidad no se encuentra entre los dones que hemos recibido?
Realizó una pequeña pausa y luego añadió:
-Si fallamos, ¿Qué sucederá con la Tierra Interior?

En ese momento intervino Osiris, el Dragón del Aire.
-El menor de los hermanos no nos necesita por ahora –dijo-. Las rocas no se dirigen hacia él. Ni siquiera una de ellas.

El Dragón Astral se mostró satisfecho ante aquellas palabras. El hecho de que todos y cada uno de los meteoritos estuviesen apuntando en dirección al tercer planeta se le presentó como una prueba irrefutable de que el momento más importante en la historia de los tiempos se acercaba.

-Si luego sucede lo mismo con la Tierra Interior-preguntó-, ¿Qué nos quedará por hacer?
-Si trabajamos todos juntos, podremos hacerlo -agregó Sigmar-. Sea o no nuestra misión.

Silverado sacudió la cabeza.

-Aún sin enemigos ni batallas que pelear, las fuerzas del principio y el fin nos crearon guerreros. –exclamó finalmente-. Existimos. Somos las rocas más sólidas, el fuego más ardiente y el hielo más cruel, y nunca se nos explicó el porqué, hasta hoy. Somos más fuertes que cualquier otra criatura viviente. Somos diferentes. Si no pudiésemos defender este planeta con la energía que el mismo nos brinda, no tendría sentido que estuviésemos aquí. La decisión fue tomada cuando se creó el Universo: nos convertiremos en lo que debemos ser. Guardianes de la Tierra… esta es nuestra misión. Nuestro destino.

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