Altiviades asintió con la cabeza, y presuroso, abandonó la edificación. Norfolk continuó hablando; en esta ocasión fue el rostro derecho, el mas viejo y arrugado de los tres, el que retomó la palabra.
-Mucho tiempo atrás –dijo-, cuando ustedes los humanos ni siquiera eran un sueño, los dragones elementales despertamos en este Universo, obedeciendo los designios de una fuerza omnipotente. Existimos de la misma manera en que existen las estrellas, y fuimos forjados cuando los hermanos fundamentales aún estaban tomando forma, tibios, humeantes, inexplicablemente muertos y llenos de fuerza a la vez. Fuimos testigos del comienzo de la vida; en la forma de una semilla latente… las criaturas pequeñas… como gusanos dentro de otros gusanos… y otras semillas que volvieron verde la tierra que era negra… En lo firme todo se volvió semillas de vida, y aquellos gusanos se volvieron más grandes, y nadaron, y el agua los cambió. Uno de ellos salió del agua y en el lodo cayó para volverse bestia… las bestias aumentaron de tamaño y se durmieron para volver a crecer. Las masas de tierra, los mares, el clima… todo cambió. Todo lo vimos.
Los niños no se habrían animado a interrumpir aquel maravilloso relato por nada del mundo. Norfolk hizo una pausa y un nuevo resplandor los encegueció. Cuando al fin pudieron recuperar la vista, el escenario había sido modificado. Por alguna razón, la catedral había cedido su sitio a lo que parecía ser una pradera completamente desierta. Podían vislumbrarse unas montañas a lo lejos, pero nada más que eso. Guido tuvo la sensación de estar formando parte de uno de esos paisajes de fotografía frecuentemente inmortalizados en los rompecabezas de mil piezas. Tanto el susto como la impresión inicial que lo habían sacudido al entrar al Edén se habían esfumado, y lo mismo podía decirse de los temores de Sebastián y César. Sir Maurice de Valvia lucía algo desorientado, pero mantenía su postura marcial junto a los niños.
-Los dragones elementales éramos poderosos e inteligentes -murmuró Norfolk-. Nuestras capacidades eran distintas a las de cualquier criatura existente por aquel entonces, y lo sabíamos. El más fuerte y sabio de nosotros fue el encargado de conservar el equilibrio, y el responsable de que nos convirtiésemos en Guardianes. Ese fue nuestro gran líder: Silverado, el Dragón Astral.
-¿Dragón Astral? -preguntó Sebastián-. ¿Y cómo es eso?
Lo que podría haber sido confundido con una bomba de luz estalló entonces frente a sus ojos, haciéndole perder el equilibrio. Una alegre carcajada resonó entonces a espaldas de Guido, que giró su cabeza extrañado y pudo comprobar que Altiviades estaba de regreso, esta vez acompañado de Royd, Fargo, y el temible lobo gigante que los había ayudado a salir con vida de la batalla en Isla Xinu. Sebastián clavó su mirada sobre el viejo sabio y le soltó un insulto por lo bajo pero éste pareció no escucharlo, para alivio de sus amigos. Fargo, por otro lado, no tomó asiento hasta después de haber realizado toda una serie de reverencias y emotivos saludos.
-Altiviades –murmuró el lobo aún de pie y con una sombría expresión de desconfianza-. Esta criatura parece ser uno de los dragones elementales…
Royd, mientras tanto, no podía dejar de observar a Norfolk.
-¡Es increíble! –exclamó excitado-. Pero, este no es ninguno de los dragones conocidos.
Guido volvió a preguntarse a si mismo si todo aquello no sería un sueño y se sorprendió al darse cuenta de que su temor mas grande consistía en la posibilidad de que despertase antes de conocer el resto de la historia.
-Por favor –los interrumpió tímidamente-. Hagan silencio.
El Tortuguita y Sebastián lo apoyaron en su intención asintiendo con la cabeza. Norfolk finalmente retomó la palabra y dijo:
-Las cosas podrían haber resultado muy diferentes si en el futuro de La Tierra misma no hubiese estado escrita su ineluctable destrucción.
Se quedó en silencio durante varios segundos, para seguidamente, vociferar:
-¡Esto no es sueño, especulación o profecía! ¡Esto es historia!