César y Sebastián obedecieron. Guido, por el contrario, estaba dispuesto a no perderse detalle de lo que pudiese suceder. Repentinamente, una lluvia de hojas se precipitó sobre los presentes engrosando aún más la crujiente alfombra encargada de cubrir el suelo de aquel bosque, y el mas estruendoso de los vientos se desató entre los árboles, sacudiendo las ramas con locura, levantando una buena cantidad de residuos y adquiriendo finalmente la apariencia de una gigantesca mano. Ante la atenta mirada de Altiviades, aquella garra fantasmagórica levantó uno de los troncos secos que se hallaban a un costado del camino y lo colocó cuidadosamente sobre las ramas de los árboles previamente diferenciados, formando un arco. Cuando el viento desapareció, todos se vieron obligados a sacudir sus vestiduras, cubiertas de polvo, semillas y hojas secas. Guido, aunque maravillado, tosía a más no poder mientras que Sebastián intentaba limpiar a Maurice con una rama. La armadura, no obstante, no daba muestras de preocuparse demasiado por su higiene personal, o más bien fantasmal.
-Parece un arco para jugar al fútbol –murmuró el Tortuguita señalando el inmenso tronco ahora sostenido por las poderosas ramas de los otros dos árboles.
Sus amigos le dieron la razón, aludiendo que al mismo solo le haría falta una red.
-Norfolk se encuentra detrás de este portal -dijo Altiviades-. Crucemos hacia el otro lado antes de que vuelva a cerrarse.
Seguidamente echó un vistazo sobre el caballero andante. Tras meditar unos segundos, agregó:
-No se olviden de la armadura.
Maurice realizó una reverencia. Sebastián, por otra parte, puso toda su atención en su reloj y observó que era casi mediodía. ¿De qué día? ¿Cuánto habían dormido a causa del conjuro de aquel sabio? Mejor, ni preguntarlo. Guido se acercó al supuesto portal formado por troncos hasta pararse frente al mismo, y receloso, lo examinó durante unos instantes. No entendía como podía ser aquello una entrada a otro mundo. Al fin y al cabo, a través del mismo podían verse tanto el resto del bosque como así también la continuación del camino. Incluso podía verse a una de aquellas criaturas comedoras de semillas semejantes a peluches de juguete.
Tal vez por instinto, César extendió uno de sus brazos hacia adelante, solo para descubrir que su mano iba desapareciendo a medida que se adentraba en el portal, como sumergiéndose en un charco invisible. La quitó rápidamente, por si acaso.
Altiviades contempló los ojos de Guido y vio en ellos tanta curiosidad como desconfianza.
-Debes abrir tu mente –le dijo-. ¿Hasta cuándo piensas seguir abrazado a lo que quieran mostrarte tus sentidos? Norfolk esta esperándote y responderá a todas las preguntas que ahora parecen no tener respuesta.
Guido y los demás atravesaron el arco de madera caminando muy lentamente. Cuando el último de ellos hubo desaparecido, el tronco horizontal cayó al suelo, y rodó hasta ubicarse a varios metros del polvoriento y pedregoso sendero.