Guido se llevó la mano izquierda a la frente. Su cabeza había comenzado a dolerle.
¿Cómo saben que nosotros somos los elegidos para arreglar esto? –preguntó-. ¿Y si están equivocados?
En ese instante, la roca encerrada dentro del bolsillo del pantalón de Guido comenzó a brillar dentro del mismo, aumentando su temperatura velozmente hasta quemar la tela que lo aprisionaba.
-¡Está viva! -exclamó Sebastián muerto de miedo-. ¡Está viva!
-Esto no es real –murmuró el híbrido-. No es posible.
La gema se elevó hasta que el niño la tuvo frente a sus ojos nuevamente. Cuando esto sucedió, éste la tomó entre sus manos y la arrojó hacia el fondo de la habitación, impactando sobre una delgada caña de pescar. Sin embargo, aquella extraña piedra volvió a elevarse. Flotando a través de la habitación y entre destellos, llegó hasta Guido una vez más. Altiviades se apartó de las cenizas y extendió uno de sus brazos hacia el niño.
-Has recibido un don muy especial, Guido -dijo-. Ya no puedes echarte atrás. Eres uno de los shojins.
Royd, azorado y con los ojos como platos, cayó de rodillas sin poder pronunciar palabra.
-¿De qué don estás hablando? -replicó el niño al tiempo que dejaba caer algunas lágrimas-. ¡No te entiendo! ¡¿Por qué estoy llorando?! ¡¿Qué está pasando?!
-Tu espíritu ha comprendido algo que tus ojos todavía no pudieron ver –respondió Altiviades-. Esto es complicado, por supuesto. Mucho más de lo que crees. Debes ser paciente y dejar que las respuestas lleguen a ti.
-¿Va a ser como en el sueño? -preguntó el Tortuguita tratando de manejar las ideas en su cabeza-. ¿Vamos a tener que pelear contra Vatel?
Tembloroso, Guido pudo darse cuenta de que se hallaba a escasos segundos de perder el control de su propio cuerpo. Algo alojado en cada átomo de su pequeña humanidad le decía que estaba siendo poseído por un ente superior y desconocido.
-No puede ser verdad –dijo-. Tiene que ser un sueño.
-¡Nunca fue un sueño! –replicó Sebastián.
Altiviades lanzó un suspiro.
-¿Acaso es tan difícil de imaginar? -preguntó-. ¿Creías saberlo todo, Guido? ¿Creías que el Universo era tan sólo lo que conocías?
-¿Cómo hiciste que soñáramos los tres con la misma cosa? -insistió Guido-. ¿Por qué estuve viviendo en el mismo día durante tres días?
-Yo no poseo el poder necesario para llevar a cabo una acción semejante. –dijo Altiviades severamente-. Todas tus preguntas serán respondidas muy pronto, pero antes debes descansar.
Luego, observando el calamitoso estado en el que se encontraban los niños, agregó:
-Todos deben descansar.
De las manos de Altiviades, un azulado campo energético comenzó a surgir, emitiendo un agudo sonido similar al de las turbinas de un avión. Un segundo después, Guido sintió que algo lo golpeaba fuertemente en la cabeza, dejándolo inconciente.