Los niños saludaron con la cabeza y sin pronunciar palabra. El peligro había desaparecido, pero sus corazones palpitaban aún muy violentamente y quizás por eso, no prestaron demasiada atención al aspecto de aquel fabuloso ser que acababa de salvarlos. No obstante, no pudieron evitar ver que el ojo izquierdo del mismo era de un relampagueante color celeste casi blanco, a diferencia del derecho, que era amarillo y ligeramente más grande. Pasó inadvertido el hecho de que a la pata delantera derecha del lobo le faltaba una garra, perdida ésta en alguna pelea.
-Pude oler a los déndridos cuando ya era tarde –continuó diciendo Royd-. El humo me confundió. Los déndridos de seguro saquearon esta casona y tuvimos muy mala suerte de encontrarlos. ¿Tiene alguna idea al respecto, Maestro?
Lamiendo una de sus patas, el lobo respondió:
-Los déndridos no son ladrones comunes y silvestres, todo el mundo lo sabe. Son asesinos a distancia. Buscan riquezas importantes y esta pensión no ocultaba ninguna. Tú también eres pobre como una rata. Pienso que fueron sometidos por alguien que sospechaba que estos niños pasarían por aquí. ¿Ellos esconden algún tipo de tesoro?
Guido, Sebastián y el Tortuguita negaron con la cabeza. Bugen giró su voluminoso cuerpo, y señalando con el hocico los restos del hotel, añadió:
-Estos demonios iniciaron el incendio para confundir tu olfato. Sabían que podrías descubrirlos; eso quiere decir que del mismo modo estaban al tanto de que tú los acompañarías. Es muy extraño, pero yo si fuera tú, me movería con mucho cuidado. Alguien anda detrás de estos niños y tengo el presentimiento de que no estás siendo absolutamente sincero conmigo.
Royd se mantuvo en silencio durante unos instantes.
-Te acompañaremos hasta la morada del viejo Altiviades –gruñó Bugen severamente-. Lo quieras o no.
-De acuerdo, Maestro –respondió Royd-. Pero eso lo haremos dentro de unas horas. Los niños y los heridos necesitan algo de descanso.
-Que así sea- dijo Bugen complacido-. Parece que tu entrenamiento no fue una total pérdida de tiempo. Te has convertido en un luchador interesante. Esos engendros deberían haber acabado contigo.
Royd suspiró aliviado al percatarse de que el lobo había decidido no insistir en las averiguaciones con respecto a sus acompañantes.
-No habrían podido hacerlo –respondió-. Tuve el mejor de los maestros.
Echó una mirada sobre los niños, y descubrió que los mismos ya se encontraban apilados unos contra otros, dispuestos a dormir. Tenían hambre y sueño, pero en sus cabezas aún retumbaban los sonidos de la batalla. Guido se puso de pie y preguntó:
-¿Qué eran esas cosas que nos atacaron? No sé si eran humanos, fantasmas o monstruos, pero estoy seguro de que maté a uno.
Royd sujetó con suavidad a Guido, mirándolo directamente a los ojos.
-Un déndrido es sombra y arena. El resultado de un sometimiento mágico llevado a cabo por los yabrenes, los hechiceros envenenados; el cuerpo de un individuo que se convierte sin saberlo en anfitrión del demonio que habita en su interior. Ha perdido la conciencia y no le teme a la muerte. Vaga por el mundo escabulléndose entre los humanos, ocultando su verdadera forma física y esperando por el momento en que la voluntad del yabrén decida liberarlo. Si no lo hubieses atacado, él podría habernos asesinado a todos.
El niño prefirió no pensar en ello y sus amigos lo imitaron. Royd terminó diciendo:
-Bueno, ya es muy tarde. Ustedes se han comportado como verdaderos valientes y deben descansar, luego hablaremos.
La túnica del híbrido no era muy cómoda, pero recostado sobre ella Guido cerró sus ojos y se durmió casi de inmediato. Estaba tan cansado y libre de pretensiones como nunca lo había estado anteriormente. Había tenido un día muy largo y por sobre todas las cosas, muy extraño. Curiosamente, sus sueños fueron mucho más melancólicos que fantásticos, e incluyeron a sus padres, su casa y la vida que había llevado hasta entonces, dejando de lado a Vatel, Momenta, la gema del museo o incluso aquel miércoles que parecía dispuesto a no acabarse nunca.
Al amanecer, un desagradable pero familiar graznido lo despertó. Cuando él y sus amigos se hubieron encontrado frente a las puertas de la cabaña de Altiviades, Bugen y el resto de los lobos saludaron y se perdieron entre las montañas. Royd golpeó la puerta y pudo oír el relincho de un caballo, seguido de una voz que lo alentaba a pasar. Todos entraron, a excepción de Sir Maurice. Éste se quedó firmemente parado junto a la entrada, tal y como lo habría hecho de encontrarse en el vestíbulo de algún legendario castillo.