Mientras Royd se dedicaba a recomponer la figura del caballero medieval, los niños decidieron echar a suertes el destino, o mejor dicho, el propietario de los objetos adquiridos. Guido se quedó con la bolsita repleta de esferas metálicas, y utilizando un delgado cordel de seda perdido entre los restos de la exposición, se la echó al cuello. Sebastián se adueñó del bastón que llevaba algunos cristales empotrados, y realizó una mueca de desagrado cuando Royd le explicó que desconocía su funcionamiento. César, por último, se alegró de que el escudo de hueso quedase a su cuidado. El mismo era liviano y se adaptaba cómodamente a su brazo.
-¿Para que necesitamos todas estas cosas? –preguntó César-. ¿Estamos preparándonos para una pelea?
Guido contuvo la respiración durante un instante. Aquel sueño que habían tenido y que ahora le resultaba tan borroso y difícil de recordar en detalle, incluía una batalla en un extraño lugar, pero ¿Cuál sería la relación entre este sueño y la realidad que ahora le tocaba vivir? Si para desentrañar el misterio debía visitar la casa de ese tal Altiviades o como se llamase en cualquier otro planeta, se encontraba más dispuesto que nunca a hacerlo. Se sumergió en los ojos de César y Sebastián y se percató de que sus amigos sin decir una palabra y en una suerte de silencioso pacto secreto, estaban pensando exactamente lo mismo.
-No se preocupen niños, Isla Kabal no es un lugar peligroso si sabemos tomar los caminos, y yo me encargaré de eso –respondió Royd.
Luego, apuntando con una de aquellas mágicas velas hacia la gigantesca armadura ahora perfectamente ensamblada exclamó:
-¿Creen que funcionará?
Si alguien le hubiese realizado la misma pregunta una semana atrás, Guido no habría respondido de la misma manera.
-Creo que si, pero, ¿qué pasa si se apaga?
Royd corrió unos pasos hasta alcanzar al pajarraco, y cuando por fin pudo capturarlo, sopló enérgicamente hacia la llama varias veces. La misma se sacudió, pero no se apagó.
-Ni el agua ni el viento podrán apagar esta llama. Solo el tiempo o algún hechizo serian capaces de dar cuenta de ella –respondió Royd–. Cuando la cera se consuma, el espíritu deberá irse aunque no quiera hacerlo. Creo que funciona de esa manera.
Leyó para sus adentros las escrituras talladas sobre la superficie de la vela y la depositó prolijamente sobre una placa ubicada dentro del yelmo de la armadura. Tras envolver el resto de las velas dentro de su envoltorio original y cerrar el yelmo, exclamó:
-¡Janckar Surg Spiritut!
El chispazo se repitió, pero en esta oportunidad el hocico de Royd se hallaba a una buena distancia. Con un aterrador crujir metálico, la armadura dio un paso hacia adelante y levantó sus brazos sobre su cabeza, en un movimiento que acentuó aún más su aspecto de gigante. Arrojó un terrible golpe con su espada y se detuvo a tan solo un centímetro de la nariz de Sebastián, que tartamudeando sólo pudo decir:
-Ho… hola.
César y Guido, caminando en círculos, observaron extasiados la armadura. La misma había recuperado su apariencia de estatua y la llama de la vela resplandecía vigorosamente a través de las ranuras del yelmo.
-¿Entenderá si le hablamos? –preguntó Guido.
La armadura no emitió sonido alguno, pero la llama proveniente de la vela pareció explotar.
–Si va a venir con nosotros deberíamos ponerle un nombre –dijo César.
Sebastián, ya recuperado del susto, murmuró:
-Tiene que ser un nombre de caballero… ¿Qué les parece “Arturo”?
La armadura echó una mirada de costado y pareció congelarse frente al niño.
-Creo que Arturo no va a ser –dijo Sebastián tragando saliva.
Luego, observando los objetos a su alrededor, agregó:
-¡Ya lo tengo!
Con gran entusiasmo comenzó a revisar los restos de la frustrada exposición del museo. Guido y César adivinaron las intenciones de su amigo y lo ayudaron separando los carteles identificadores del resto de la basura.
-¡Este debe ser! –exclamó Sebastián extrayendo un rectángulo de papel prolijamente encuadrado-. Réplica de la armadura perteneciente al periodo… blah, blah, blah… ¡Sir Maurice de Valvia!
La armadura crujió nuevamente al recuperar su posición marcial, y tras envainar la brillante espada cruzó su brazo derecho sobre su pecho.
-Parece que le gusta, o al menos reconoció el nombre –dijo Royd–. Lo llamaremos Maurice. Y pongámonos en marcha, porque sería bueno llegar a casa de Altiviades lo antes posible y para ello deberemos movernos con ligereza. Las afueras de Isla Kabal pueden convertirse en un lugar inadecuado para los viajeros cuando cae la noche.
-¿Quién se va a atrever a hacernos daño con semejante guardaespaldas? -preguntó César señalando a Maurice.
-Esperemos no tener que necesitar de su protección -respondió Royd echando a andar-. Isla Kabal siempre ha funcionado como un gigantesco centro de atracción debido a sus peculiares habitantes y actividades, y es continuamente visitada por personas provenientes de diferentes ciudades y reinos. Eso despertó la atención de algunos delincuentes que salen a aprovecharse de quien sea. Si no logramos llegar a destino antes de que anochezca, desviaremos un poco nuestro camino hasta alcanzar una posada birbuit, y allí pasaremos la noche-
-¿Birbuit? ¿Qué es eso? -preguntó Guido tratando de no disminuir el paso.
-Los birbuits son los adoradores de la serpiente blanca, los creyentes en la teoría del Espíritu Viajero –respondió Royd desconcertando a los niños con toda calma-. La población predominante en Isla Kabal. En su mayoría son núbilos, humanos y mérlidos. Han desarrollado la capacidad de entenderse con casi cualquier criatura viviente.
Sebastián echó una mirada sobre el Tortuguita, y luego sobre Guido.
-Cosa de locos –dijo tomando su cabeza con ambas manos-. Cosa de locos.