El escenario se vio modificado nuevamente, y aquella hermosa pradera fue repentinamente reemplazada por el húmedo interior una vieja mazmorra como las que Guido había visto incontables veces en los libros de la biblioteca del colegio. En realidad, ésta era demasiado grande para ser una mazmorra convencional, ya que de lo contrario Norfolk no habría podido alojarse en ella. El dragón parecía estar cansado y a decir verdad, lo estaba. El hecho de mantener los viajeros dentro de aquel espacio inexistente conocido como el Edén demandaba de su parte un esfuerzo desmesurado. Sorpresivamente, emitió un soberbio rugido que dio lugar a un nuevo cambio de escenario. El grupo entonces pasó a encontrarse reunido sobre unas rocas y frente a una fogata, en el lugar preciso donde los niños, Maurice y Royd habían sufrido aquella emboscada déndrida. Pese a no estar envuelto en llamas, el pequeño hotel de montaña pudo ser silenciosamente reconocido por todos.
-Criatura –dijo Norfolk- Quiero que pienses con cuidado tu respuesta: ¿Cuál crees que hubiese sido la mejor forma de proteger a los planetas de un futuro ataque?
Guido intentó analizar la situación lo mas prolijamente posible, aferrándose a la lógica y procurando no dar una respuesta ridícula. En silencio, estrujó sus pensamientos durante varios segundos tras los cuales elevó la vista al cielo nocturno. Sonrió observando aquellas dos pequeñas lunas, sabiendo que había encontrado la respuesta. Se alegró de haber tenido semejante rapto de ingenio, y finalmente respondió:
-Lo mejor habría sido esconderlos en algún lugar donde no pudiesen atacarlos.
-El buen luchador no bloquea el golpe –intervino Royd-. El buen luchador se encuentra lejos del enemigo cuando éste ataca.
Bugen, quizá por compromiso, realizó con la cabeza un gesto afirmativo que bastó para complacer a su alumno. Sebastián y Cesar, por otro lado, propinaron efusivas palmadas sobre la espalda de su amigo en un breve festejo del irrefutable acierto. Altiviades, impasible, se limitó a bostezar.
-Una respuesta casi perfecta. -replicó Norfolk-. Digna de un shojin. Sin embargo, saber el lugar donde escondimos a uno de los hermanos fundamentales es tan importante como conocer el momento en que lo hicimos.
Norfolk detuvo sus palabras tan solo para rascar el hocico de la cabeza del pasado con su garra izquierda. Durante ese pequeño lapso, tanto los niños como los híbridos guardaron silencio sin articular una sola sílaba.
-Un “donde” y un “cuando” –murmuró finalmente Altiviades a la vez que introducía sus manos en los bolsillos de sus pantalones-. Nada más y nada menos.
Los niños se miraron extrañados, dando claras señales de no comprender ni por casualidad a que cuernos podría estar refiriéndose aquel anciano muchachito con aquello de: “Un donde y un cuando”.
-Valiéndonos de la esencia misma de nuestros dones, los Guardianes Elementales nos dimos a la tarea de crear un hueco en la existencia –rugió Norfolk-. Un tiempo y un espacio en los que el pasado, el presente y el futuro se encontrasen comprimidos generando un vacío lo suficientemente grande como para que el más pequeño de los hermanos pudiese ocultarse en él, en otra dimensión ubicada a millones de años de distancia de la Tierra.
-Increíble –murmuró César.
-No lo es tanto –replicó Bugen pensativo-. Todo sucedió de acuerdo a los relatos y leyendas de los mérlidos.