Los niños tuvieron que esmerarse para no disminuir la marcha. Altiviades caminaba a buen paso y daba muestras de conocer a la perfección cada centímetro del camino. El bosque se hacía más frondoso según iban avanzando, pero la espesura del follaje nunca llegó a bloquear el paso a través del sendero. Unos pequeños roedores que bien podrían haber sido ardillas de no ser por su pelaje rosado, sus ojos azules y su pequeña trompa similar a la de un oso hormiguero, conformaban el único elemento animado en aquel paisaje. Altiviades se detuvo en un sector del camino que se ensanchaba frente a dos árboles particularmente gruesos, ubicados el uno junto al otro y dejando entre ellos un espacio lo suficientemente grande como para permitir el paso de un automóvil mediano. Con el dedo índice de su mano derecha realizó una marca sobre la corteza de uno de ellos y luego repitió la operación con el restante.
-¿Por qué nos detenemos? –preguntó César.
Sebastián se sentó en el suelo, cruzando las piernas.
-No tengo la menor idea –respondió fastidiado-. Pero es mejor así. Ayer tuvimos que caminar mucho y hoy también. No tenemos ni siquiera una bicicleta.
Altiviades lo miró en silencio, despectivo.
-Lancelot no puede ayudarnos en esta ocasión –le dijo-. De todas maneras ya llegamos, así que puedes dejar de quejarte. Éste es el lugar.
Guido y los demás se miraron extrañados. Estaban rodeados de algunos troncos caídos y un sinnúmero de árboles fríos, secos y carentes de vida. Apenas si podía distinguirse el cielo debido a la enorme cantidad de hojas que poblaban las ramas más altas.
-¿Vamos a acampar? –preguntó Sebastián arrojando pequeñas piedrecillas sobre la cabeza de César.
El Tortuguita supo que no podría desalentar a su amigo en su enfadoso divertimento, por lo que simplemente caminó hasta alcanzar una distancia prudencial que lo mantuviese a salvo de los proyectiles. Se ubicó detrás de Maurice, y a continuación todos pudieron escuchar el sonido de las piedras impactando sobre la metálica superficie de la armadura. Ésta, por otro lado, no prestó mayor atención al asunto.
Altiviades echó una mirada llena de compasión sobre Guido y César.
-Vengan aquí, niños –dijo-. Guido, sujeta tu gema y sostén tu brazo en alto, como lo hago yo.
Acatando las instrucciones de Altiviades, Guido elevó la gema misteriosa hacia el cielo. La misma comenzó a brillar mucho mas intensamente de lo que lo había hecho hasta entonces. César y Sebastián presenciaron asombrados el instante en que su amigo se despegaba del suelo durante unos segundos, para luego volver a posar sus pies en tierra firme. Un estallido luminoso proveniente de la copa de los árboles hizo que ambos pedruscos se diluyesen en el aire, pero sin importar cuanto miraron hacia arriba, los niños no lograron divisar la fuente de aquel resplandor.
-Norfolk está dándote la bienvenida, Guido –dijo Altiviades.
Hizo una pausa, y volteándose hacia los demás, añadió:
-Cubran sus ojos y cierren sus bocas.