-¡Pero él era un hombre, no un perro! –dijo Sebastián gesticulando histéricamente con las manos.
-Si, pero mi madre no era un perro común y silvestre –respondió Royd-. Mi madre pertenecía a una raza diferente. Al igual que otros fue adiestrada desde su nacimiento aquí, en Kabal; poseía la capacidad de hacer muchas cosas, y una de ellas era hablar y entenderse con las personas como cualquiera de ustedes. Se sentó al lado de mi padre, dejando cierta distancia física entre ellos, y comenzó a conversar con él. Primeros fueron algunos minutos, pero luego llegaron a un punto en el que pasaban casi todo el día hablando. Mi padre le contaba hermosas historias acerca de sus vivencias, y ella las escuchaba con admiración, tratando de alimentar sus esperanzas futuras. Como mi padre no podía ver y apenas se movía, creía que estaba hablando con una mujer común, tal vez alguna hechicera ayudante en el hospital. Un buen día, mi padre le contó a mi madre que ya se encontraba lo suficientemente fuerte como para resistir un proceso mediante el cual recuperaría el don de la vista, para luego regresar a su hogar a terminar de sanar sus brazos y su pierna. Temiendo que mi padre la abandonase, mi madre le suplico al joven mago que la convirtiese en una persona, en un ser humano, para poder cuidar de su amado por siempre. El joven mago no pudo negarse ante el pedido de su fiel compañera, y así fue como mi madre, ya transformada en una hermosa mujer, conoció a mi padre. Él ya se había enamorado de ella. Mi madre no tenia en sus planes contarle su “pasado animal” y así vivieron muy felices durante un tiempo en Valeron, pero en una cálida mañana de un día cualquiera nací yo, y se imaginarán el revuelo que se armó. Aquel joven mago era un dujik, un mago sanador que no poseía los conocimientos requeridos para realizar el hechizo a la perfección.
Imaginando aquella situación, Guido sintió un estremecimiento en todo su cuerpo. El híbrido volteó su mirada y se percató de que los niños habían detenido la marcha para dedicarse a observarlo fijamente y en silencio. Los únicos que parecían no alterarse ante aquella historia eran Maurice y el avechucho a medias desplumado.
-Mi padre se puso furioso y estuvo a punto de marcharse –prosiguió Royd-, pero llegado el momento, entendió a mi madre. Todo se arregló cuando nos trasladamos a Nubillette para instalarnos allí definitivamente. Es una enorme isla ubicada al sur de este lugar.
Sebastián, aún incrédulo, sacudió su cabeza hacia ambos lados, cerrando sus ojos. Royd esbozó una sonrisa y continuó hablando:
-No soy un hombre, pero tampoco soy un perro. Soy una mezcla entre los dos: un híbrido. En mi caso eso se nota a simple vista, pero no siempre es así. Hay muchos núbilos de aspecto completamente humano, y otros tantos híbridos de apariencia completamente animal. Espero que eso no sea ningún problema para ustedes, ya que deberemos seguir juntos por un tiempo. Muchas personas detestan a los híbridos y muy especialmente a los núbilos por ser el resultado de la dilución de la raza humana. Creen que somos impuros, ya que los primeros seres de nuestra clase aparecieron cuando los hechiceros se dedicaron a desarrollar nuevas especies y criaturas en Nubillette, adquiriendo lo mejor de las diferentes razas y combinando esas características con prisioneros y rebeldes, para evitar algunas enfermedades y similares, creando nuevas tropas para las guerras.
Guido escuchó atentamente cada palabra pronunciada por Royd. Su cerebro estaba recibiendo demasiada información desordenada a una gran velocidad, y tuvo que esforzarse para no perder detalle.
-No hay ningún problema Royd, nosotros no discriminamos a nadie –dijo el Tortuguita tratando de encontrar sentido en lo que acababa de oír.
Sebastián se alegró de que la criatura hubiese sabido responder a su pregunta sin sentirse herido. Sonrió al darse cuenta de que la repulsión que la misma le causaba había sido reemplazada por una innegable simpatía.
-No te preocupes –agregó en tono amable mientras daba una palmada sobre la armadura-. Maurice es más raro que vos y desconfiamos de él lo mismo.
Sir Maurice de Valvia giró la cabeza y clavó su mirada sobre el niño, que se quedó en silencio. La vela ardía con fuerza en el interior del yelmo. Royd comenzó a creer que Maurice entendía a la perfección todo lo que se decía en su presencia.
Guido echó una mirada al cielo. Ya no faltaba mucho para que los invadiese la oscuridad, y no tenia muchas ganas de pasar la noche a la intemperie en la ladera de una montaña. Casi por accidente, notó que había dejado pasar un detalle llamativo en aquel firmamento.
-Royd –dijo extrañado-, ¿Se puede ver la…?
Se quedó mudo. Y maravillado ante lo que estaba viendo.
-¿Las lunas? –exclamó volteándose-. ¿Hay dos lunas?
El guía híbrido sonrió, y elevó su mirada al cielo a la vez que decía:
-Es curioso. A mí me pareció increíble que ustedes tuviesen sólo una.